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Walter Gropius, a la medida humana

Amado, odiado o desestimado como un individuo rígido y ascético, en estos días donde la mítica Bauhaus está cumpliendo 100 años el nombre de Walter Gropius, su fundador, está en todos lados. Ya fuera como brillante docente o en su rol de diseñador, él se acercó a cada proyecto que encaró con la misma seriedad y logró transformar este mundo.

A inicios del siglo XX el mundo del arte y la arquitectura en Occidente estaba en plena conmoción. Desde hacía décadas, a partir de la emergencia de la producción industrial a gran escala, el rol del artista (y especialmente del artesano) había comenzado a quedar relegado frente a los productos baratos que inundaban el mercado. Reclamando algún tipo de solución, por toda Europa surgieron movimientos con propuestas que buscaban integrar a todos estos actores desplazados en los nuevos modos de producción, pero pocos se destacarían más que la Bauhaus y su referente más importante, Walter Gropius.

Actualmente, en el momento en el que se están cumpliendo 100 años de la fundación de esta mítica institución, el nombre de su fundador está en boca de todos, para bien o para mal. Sin embargo, hoy, en el aniversario de su nacimiento, resulta interesante internalizarse más en la vida de este paladín del diseño, más allá de su lazo con esta escuela.

Abundan las razones para pensar que, años antes de que la Bauhaus fuera una realidad, Gropius ya estaba interesado en la renovación y el desafío que planteaba el auge industrialista. Prueba de esto es que, tras completar sus estudios formales en arquitectura en Múnich y en Berlín, en 1907 pasó a formar parte del estudio del innovador Peter Behrens y participó activamente de la Deutsches Werkbund, la primera iniciativa estatal que trató de poner a los artistas en contacto con los procesos industriales.

En esta etapa – además de empezar su tórrido amorío con la esposa de Gustav Mahler, Alma, con quien se casaría en 1915 – Gropius abrió su propio estudio en 1910 y se asoció con Adolf Meyer, armando una dupla que llegaría a ser reconocida en todo Europa. Ambos estaban convencidos de que la función no debía determinar la forma de un objeto, y se lanzaron a la exploración de las posibilidades existentes en el diseño industrial, desarrollando todo tipo de productos, desde mobiliario hasta locomotoras. En tanto arquitectos, diseñaron dos edificios pioneros: la fachada de la fábrica de zapatos Faugus (1911), notable por ser uno de los ejemplos más tempranos de una construcción moderna de acero y vidrio, y la oficina y fábrica modelo que presentaron en la exhibición de la Deutsches Werkbund en Colonia (1914).

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Todo esto, sin embargo, se vio interrumpido por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Gropius fue enviado al frente como oficial de Caballería y resultó herido dos veces, experimentando los horrores del conflicto en primera persona. Todo esto fue vivido por él como un trauma, y cuando volvió a la vida civil, lo hizo convencido de que aquello había sido un punto de quiebre. Gropius se separó traumáticamente de su mujer y se dejó embeber por los aires revolucionarios, uniéndose a grupos de tinte utópico y corta vida como el Novembergruppe (Grupo de Noviembre), el Arbeitsrat für Kunst (Soviet de Artistas) o la Cadena de Vidrio, que en general proponían la socialización del arte para que éste pudiera ser disfrutado por las masas y no sólo por una elite de estetas. Mucho de este espíritu, readaptado, luego sentaría las bases de los programas de la Bauhaus, especialmente en aras a lograr que este “nuevo” arte pudiera ser disfrutado por un hombre igual de renovado.

Esta institución – creada a partir de la combinación de la Gran Escuela Ducal Sajona de Artes y Oficios y la Academia de Bellas Artes de Weimar que Gropius había sido llamado a dirigir en 1919 – fue pensada por él como un espacio de creatividad y debate. Tomando “la vida como un todo”, en palabras de Gropius, los estudiantes eran entrenados por grandes maestros de las ramas del arte y la artesanía que, a través de talleres, lograban conjugar el ideal artístico con la producción concreta. Lejos de la imagen que hoy nos hacemos del estilo despojado de la Bauhaus, todo esto estaba enmarcado, especialmente en los primeros años de existencia de la institución, por un tono cuasi esotérico que habilitaba la exploración desde una estética fuertemente expresionista. En esta línea, se destacan proyectos pensados por Gropius, como el Monumento a los Caídos en Marzo (1919-22) [destruido por los nazis en 1936 y luego reconstruido] o la Casa Sommerfeld (1921-22), diseñada con Meyer.

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Modelo del Monumento de los Caídos en Marzo.
Modelo del Monumento de los Caídos en Marzo.
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Interior expresionista de la Casa Sommerfeld.
Interior expresionista de la Casa Sommerfeld.

En los siguientes años se produciría un giro hacia la producción netamente industrial y, tras la mudanza por razones políticas a Dessau en 1925, la escuela entró en una nueva etapa. Gropius, quien diseñó el flamante edificio de la Bauhaus en lo que pasaría a ser conocido como “Estilo Internacional”, en esta década también vio transformarse a su vida. Se casó con Ise Frank en 1923 y tuvo un pico de productividad, concentrándose cada vez más en desarrollar una filosofía de la arquitectura que contemplara al espacio de forma global, intensificando su diseño de objetos y soluciones a la medida humana. Por diferencias internas en la Bauhaus, sin embargo, a finales de los veinte abandonó la institución para dedicarse a sus proyectos individuales. A partir de 1928 reabrió su propio estudio y participó en el desarrollo de viviendas colectivas como las de Dammerstock en Karlsruhe (1928-29) o las de Siemensstadt en Berlin (1929-30), proyectos que, con sus fachadas amplias y regulares, denotan una obsesión por la uniformidad que Gropius llegaría a desdeñar años después.

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Bauhaus de Dessau.
Bauhaus de Dessau.

Con el advenimiento del nazismo en Alemania, aunque nos queda un diseño de 1933 para el Reichsbank que años después lo haría merecedor de ser tildado colaboracionista, por su asociación a las estéticas “degeneradas” a Gropius se le dificultó encontrar trabajo y partió por la vía del exilio hacia Inglaterra. Su paso por este país terminaría siendo breve y, si bien llegó a colaborar con Maxwell Fry en el desarrollo del Village College en Impignton, Cambridgeshire (1936), en 1937 se trasladó a Estados Unidos cuando fue convocado por la Universidad de Harvard para actuar como profesor.

Instalado en Lincoln, Massachusetts en una casa de su propio diseño, Gropius trabajó con Marcel Breuer, otro ex alumno de la Bauhaus, hasta 1940. Ambos desarrollaron actividades docentes y Gropius – quien adoptó la nacionalidad estadounidense en 1944 – llegó a ocupar la posición de director de la Facultad de Arquitectura en Harvard entre 1938 y su retiro en 1952. Desde allí contribuyó a difundir en su nueva patria la filosofía del diseño asociada a la Bauhaus y, para bien o para mal marcó a generaciones enteras de arquitectos. Algunos de sus trabajos norteamericanos fueron duramente criticados, como el infame edificio de PanAm (hoy Met Life) que diseñó con Pietro Belluschi, pero su trabajo también mereció halagos, especialmente a partir de la creación de The Architects’ Collaborative en 1946. Con este estudio, además de nuclear a arquitectos que alcanzarían fama mundial en la segunda mitad del siglo XX, desarrolló proyectos de gran calibre como el Centro de Graduados de Harvard (1949-50), la embajada de Estados Unidos en Atenas (1960) y la Universidad de Bagdad (1960).

Cuando murió en 1969 a la edad de 86 años, aún sin haber alcanzado la espectacularidad de otros de sus contemporáneos, su influencia en el mundo – la inquietud por resolver problemas de la forma que hiciera falta, ya sea diseñando un barrio o un picaporte – se había dejado sentir de manera fundamental.

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Gropius.
Gropius.

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