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Vikingos en Vinòland

Cinco siglos antes que Colón, los vikingos fueron los primeros europeos en establecer un asentamiento en América. Leif Eriksson (el hijo de Erik El Rojo), llegó con su hermana Freydís, su hermano Thorvald y su cuñada desde Groenlandia, donde su padre había establecido una colonia vikinga en el año 985.

Desde Groenlandia hasta Terranova había mil seiscientos km en línea recta; sin embargo, la travesía vikinga entre ambos puntos era de casi el doble de distancia, ya que los vikingos navegaban en forma segura siguiendo la costa. Como eso les llevaba seis semanas de navegación, hacer un viaje de ida y vuelta (aún en la estación de verano) les dejaría poco tiempo para explorar nuevos territorios antes de tener que emprender el regreso. Por eso los vikingos establecieron un asentamiento en Terranova, en el que pasaban el invierno para dedicarse a explorar en el verano. Con tales fines, llevaban consigo ganado en sus barcos (drakkars), como para definir un asentamiento duradero. Hicieron más de cinco viajes en una década, nunca con más de dos naves a la vez, salvo en el último viaje, en el que se movilizaron en tres barcos.

El movedizo Leif llegó a un territorio que llamó Vinòland (Vinland, Vinlandia), posiblemente por las uvas silvestres que crecían en el lugar. Ese es el nombre que figura en las narraciones escritas y orales de las sagas nórdicas (“La saga de los groenlandeses” y “La saga de Erik El Rojo”), y corresponde a lo que hoy es la isla de Terranova, la península del mismo nombre y las zonas costeras del golfo de San Lorenzo, regiones de New Brunswick y Nova Scotia, en lo que hoy es Canadá. También visitaron otros lugares, que fueron nombrados como Helluland (isla de Buffin), Markland (Labrador), Leifsbudir, Straumfjord y Hop. Los hallazgos arqueológicos, sin embargo, sólo han encontrado hasta ahora evidencia de un campamento vikingo en L'Anse aux Meadows, en la costa de Terranova, cuya localización parece coincidir con Leifsbudir.

Comparados con las tierras inhóspitas de Groenlandia, desde donde venían, los bosques y frutos de Vinland debieron parecerles fantásticos a los vikingos, que decidieron establecer allí una colonia. El clima era más benigno, había hierbas altas en las que el ganado podía pastar a su antojo y no tenían que cosechar heno en verano para alimentar a los animales en invierno. Había bosques de buena madera, salmones grandes en lagunas y ríos, especies de caza como venados y caribúes, además de muchas aves y sus huevos.

Los vikingos llamaron “skraelings” a los aborígenes de Groenlandia y del norte de América, fueran estos beothuks, algonquinos o incluso inuits (que llegaron desde Siberia a través de Alaska). Por desgracia, sus perspectivas de comerciar con los aborígenes locales se vieron más bien mermadas por lo ocurrido la primera vez que se encontraron. El resumen de ese primer encuentro entre vikingos y aborígenes americanos es simple: los vikingos encontraron a nueve nativos durmiendo bajo sus canoas dispuestas boca abajo y asesinaron a ocho de ellos. Eso no parecía un comienzo prometedor.

Como era de esperar, después de esa carta de presentación los nativos no estaban muy a favor de comerciar con los vikingos, eran habituales las peleas entre ambos grupos. En una de las más notables batallas, según el relato de las sagas nórdicas, los nativos utilizaron lanzas y palos con vejigas de animales rellenas con piedras atadas en un extremo que volaban sobre las cabezas de los vikingos, armados con espadas. Esa arma novedosa sembró incertidumbre en los vikingos, que podrían haber perdido el combate si no fuera porque Freydís Eiríksdóttir, la hermana de Leif, no hubiera asombrado y hasta asustado a los nativos mostrándoles sus pechos desnudos. En otra de esas batallas, los nativos mataron a flechazos a Thorvald Eriksson, el hermano de Leif.

A pesar de todo y algo más calmados los ánimos, se establecieron algunos intercambios comerciales: tejidos y leche de vaca vikingas a cambio de pieles de animales que traían los nativos. Hasta que un vikingo mató a un nativo que trataba de robarle armas. Otra vez sopa. En el siguiente encuentro violento los vikingos mataron muchos nativos, pero ya se iban convenciendo de que seguirían encontrando problemas indefinidamemte, dada la enorme cantidad de nativos, muy superior a la propia, con los que no lograban hacer buenas migas.

Como consecuencia de estas batallas más y menos estrafalarias, el asentamiento en Vinland nunca llegó a consolidarse y los vikingos lo abandonaron al cabo de algo más de una década. Las sagas cuentan: “la expedición descubrió entonces que, a pesar de todo lo que esa tierra podía ofrecerles, sufrirían la constante amenaza de los ataques de sus habitantes originarios; así, se dispusieron partir hacia su tierra” (es decir, Groenlandia). Tras abandonar Vinlandia,los vikingos siguieron explorando el norte de la costa de Labrador, donde había mucho menos nativos, y recogían allí madera y hierro.

La colonia vikinga en Vinlandia fracasó porque la colonia de Groenlandia era demasiado pequeña, carecía del hierro y la madera para mantener a la nueva colonia, estaba demasiado lejos, disponía de pocos barcos para conectarse con ella, y porque algunos cargamentos de vikingos no igualaban en número a las hordas de nativos como para sostener las hostilidades durante un largo plazo.

Más aún, hacia el año 1000, el propio asentamiento de Groenlandia (que surgió porque Erik El Rojo tuvo que exiliarse allí por matar gente) no superaba las quinientas personas. Esta colonia vikinga sobrevivió mucho más tiempo y fue languideciendo hasta desaparecer hacia el año 1450.

Posiblemente, si las cosas hubieran ido por otro camino, con menos matanzas y violencia, la historia podría haber seguido un rumbo diferente. Una ruta comercial estable entre Europa y América, con todo el intercambio de conocimientos y habilidades que eso implica, podría haber supuesto que la brecha en materia de tecnologóia y capacidad militar de la colonización europea siglos después no hubiera sido tan desigual, y a la vez podría haber dado a los americanos más tiempo para ir desarrollando poco a poco una mayor inmunidad a las enfermedades infecciosas europeas, que terminaron siendo un “arma de destrucción masiva” para los aborígenes americanos.

Pero la naturaleza humana hizo su parte una vez más, y la historia fue para otro lado.

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