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Varegos: los otros vikingos

A diferencia de los daneses, que desembarcaron en Normandía y en la Bahía Negra (Dublin) irlandesa, y de los noruegos, que se fueron aún más lejos haciendo un viajecito suave hasta la península de Labrador con escalas en Islandia y Groenlandia, los vikingos suecos decidieron expandirse hacia el sudeste. Estos vikingos... son los Varegos.

Fueron los Rus (eslavos habitantes de lo que hoy es Rusia) quienes denominaron “varegos” a los invasores vikingos suecos. El término “varego” tiene en realidad más de un significado, y es curiosa la diferencia del mismo de acuerdo al idioma del cual se trate. Para ellos mismos (los vikingos, en su idioma nórdico), “varego”, que proviene de “varar”, significa “garantía comercial, palabra de honor”. Para los rusos, en cambio, varego (“variag”) significa “buhonero”, o sea, mercachifle, algo cercano a un vivillo o a un truhán. Claramente, todo es según el color del cristal con que se mira.

Siendo los amos del mar Báltico, para estos expertos navieros cruzar hasta la orilla de enfrente era un trámite. Cruzaron el Báltico y desembarcaron en lo que es hoy Estonia, Letonia y Lituania. De allí a Rusia, un paso. Los varegos llegan a Rusia en el siglo IX al mando de su jefe, Rusik. Estos vikingos suecos eran algo (algo, eh) menos violentos que sus colegas daneses y noruegos. Se instalaron en tierras rusas con un perfil predominantemente comercial, pero su afán expansivo y (hay que decirlo) su naturaleza fueron más fuertes, y terminaron sometiendo a los eslavos rusos, lo que no les resultó especialmente difícil.

De hecho se instalaron a sus anchas en Rusia “invitados” formalmente por las tribus eslavas rusas. La “Crónica rusa original”, escrita por monjes ortodoxos en el siglo XII, relata esa “invitación”, hecha en 862 D.C. : “nuestro país es rico e inmenso, pero víctima del desorden. Venid a gobernar y reinar en nuestra tierra”. Ante tal convite, el amigo Rusik y los suyos ya se sentían como en casa. Rusik fundó el principado de Nóvgorod, en el norte de Rusia, y gobernó allí por veinte años. Nóvgorod se transformó en el epicentro de la vida de los varegos en Rusia, y a su vez se generó a partir de allí una fluida comunicación con el Imperio Bizantino. La dinastía de Rusik continuó con su hijo Igor, pero fue el tutor de este, Oleg, también de la familia, quien acrecentó aún más la expansión de los varegos.

Oleg remontó el Dniéper con embarcaciones más livianas que sus imponentes drakkar marítimos, y llegó a Kiev (hoy capital de Ucrania, ciudad en la que se creó el Reino de los Rusos en 882 D.C.). La cercanía del Mar Negro impulsó el desarrollo de un “corredor” dedicado al comercio (Nóvgorod – Kiev – Bizancio) que fue muy bien aprovechado, y fue muchísimo el intercambio comercial con el Imperio Bizantino y, a través del mismo, el acceso a Oriente a través de La Ruta de la Seda. No debe uno imaginarse que el trayecto desde el norte a Rusia hasta el Mar Negro fue un cómodo paseo, de ninguna manera. Si bien es cierto que la veta comercial de esta rama vikinga parece ser predominante respecto de los normandos de Rollon o los noruegos de Erik, tampoco tenían mucha paciencia ni diplomacia ante los ocasionales adversarios que pudieran presentarse. Si hay que pelear se pelea, y así lo hicieron abriéndose paso a sangre y hachazo limpio, digamos; y si bien hubo enfrentamientos reiterados entre varegos y bizantinos, mantenían relaciones comerciales relativamente pacíficas.

Los varegos eran organizados y meticulosos como comerciantes; celosos de sus mercancías (que incluían desde pieles hasta esclavos), construían “gorods”, unas fortificaciones que protegían los depósitos y almacenes de sus bienes transables y alojaban también en ellos a sus viajantes y comerciantes. Llegaron a comerciar con la gente de Oriente y los musulmanes, de costumbres claramente diferentes, describían con desagradable sorpresa y hasta estupor los “tugurios infectos, en los que se bebía y se fornicaba descaradamente” existentes en aquellos fuertes.

Los varegos encargados de la vigilancia y la seguridad de los gorods a menudo eran solicitados para intervenir en rencillas locales de los pueblos; algo así como “llamen a los grandotes-pesados”, para resolver en plano físico disputas insolubles desde el diálogo. Y muchos varegos prestaron sus servicios como mercenarios en las tropas bizantinas. De hecho, Basilio II (emperador bizantino todopoderoso, conocido como “el asesino de búlgaros”, sobrenombre de por sí esclarecedor) eligió varegos para su guardia personal, ya que le inspiraban más confianza y seguridad que los bizantinos más cercanos, y hasta llegaron a constituir una especie de guardia de élite, la “Guardia Varega”.

Con la caída del Imperio Bizantino (entre los siglos XI y XIII), progresivamente los varegos van asumiendo la herencia cultural griega tan influyente en Bizancio y sus alrededores. Quizá por eso se ha dicho que los rusos son, en realidad, “suecos con cultura helena”.

La historia de los pueblos vikingos es tan extensa como impresionante. Llegaron también a Bizkaia, Galicia, Andalucía, el sur de Italia, el norte de África… recorridos que no han sido reseñados en estas breves crónicas. Donde fueron se impusieron, donde fueron hicieron lo que les vino en gana. Gente de pocas palabras, la historia los conoce por sus viajes, su indomable bravura y su temible manera de resolver problemas. Por cierto, los varegos, como acabamos de comprobar, no fueron la excepción a la regla.

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