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Una elección disputada

A 56 años de una de las elecciones más polémicas de la historia argentina recordamos las circunstancias que llevaron a que el 7 de julio de 1963 Arturo Illia se alzara con la presidencia de la nación.

El 7 de julio de 1963 Arturo Umberto Illia se alzó como el triunfador en unas elecciones presidenciales que ya venían siendo duramente cuestionadas y que darían de que hablar durante los siguientes años. El contexto nacional, la línea partidaria dentro de la UCR dividida y sus circunstancias personales son fundamentales para entender cómo, con sólo el 25% de los votos, este candidato terminó llegando a la presidencia.

En primer lugar, queda claro que el contexto argentino de 1963 no era uno propicio para los grandes consensos ni para los liderazgos sólidos. Sirviéndonos del análisis efectuado por la investigadora Ana Virginia Persello, para entender la política en el período post 1955 hay que tener en cuenta tres grandes factores: el estatus incierto respecto al peronismo (expulsado de la arena política sin perder su condición de mayoría ni su capacidad de presión), las urgencias y presiones militares para evitar su retorno, y la precariedad de las reglas de juego que se iban definiendo en este momento.

Todos estos elementos, naturalmente, ya habían jugado un rol en el ascenso y caída de Arturo Frondizi, famosamente secundado en 1958 por el tan deseado voto peronista, pero en 1963 a estas cuestiones había que agregar una creciente conflictividad al interior de las fuerzas en disputa. Dentro del radicalismo, por ejemplo, a finales de los cincuenta ya se había institucionalizado la fractura entre la UCRI (Intransigente, línea frondicista) y UCRP (del Pueblo, liderada por Ricardo Balbín). Ésta última, sin embargo, también estaba entonces dominada por los sectores del “sabattinismo” – radicalismo de raíces cordobesas impulsado en la década del treinta por el gobernador mediterráneo Amadeo Sabattini, que se auto percibía como heredero del yrigoyenismo – a los que pertenecía un personaje como Illia.

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Él, nacido en 1900, había empezado su carrera como médico en Cruz del Eje y había ido recorriendo todos los escalafones partidarios hasta llegar a la cúpula del radicalismo cordobés. En las elecciones de marzo de 1962, a un par de años de la muerte de Sabattini, él se alzó con la gobernación de la provincia y, aunque la elección luego fue anulada, según la impresión del historiador César Tcach “los resultados electorales pusieron de manifiesto la fortaleza de un radicalismo renovado en la figura de Arturo Illia”.

En este nuevo escenario abierto por la llegada de Guido al poder, propiciada por los militares, y por las luchas dentro de las FF.AA. entre “azules” (integristas) y “colorados” (golpistas), Illia adoptó una posición cautelosa y, a diferencia de otros de sus correligionarios, tomó distancia del conflicto. En cambio, aún sin tener elecciones previstas, él lanzó su campaña presidencial aprovechando el impulso dado por su triunfo en marzo y, ya para junio de 1962, su nombre resonaba como una opción posible para cuando llegara el momento de elegir un nuevo líder.

Esta progresión de los hechos, es menester señalar, va un tanto a contramano de la impresión generalizada de que Illia sólo llegó a ser un candidato viable porque Balbín se bajó de la carrera. Tal cómo ha probado Tcach en sus análisis de la época, el histórico líder radical, si bien admitía estar abierto a ser nominado a una posible candidatura, no buscó activamente llegar a esa posición. En cambio, consciente de la profunda escisión generada por la cuestión peronista, prefirió contribuir en la construcción de una opción sólida que representara los ideales de la UCRP y se distinguiera de la línea frondicista sin que, además, resultara hostil a las FF.AA. La opción natural, parecía ser, era Illia, acompañado por un unionista entrerriano, Carlos Perette, para darle un sesgo más federal a la fórmula.

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Mientras se dirimían estas cuestiones dentro del partido, en el ámbito nacional la situación estaba lejos de ser pacífica. El gobierno de Guido, marcado por la inestabilidad, se preguntó una y otra vez acerca del destino del peronismo y, en paralelo, intentó definir un régimen electoral que no habilitara su resurgimiento, como había sucedido en marzo de 1962. Así fue que, para junio, el ministro del Interior Carlos Adrogué presentó un nuevo Estatuto de Partidos Políticos que se retrotraía a la dureza del sancionado por Aramburu en 1956 y requería, entre otras cosas, que los candidatos presentaran programas y declaraciones de principios consignando su disposición a evitar “el retorno al régimen subsistente hasta septiembre de 1955”. Además, en cuanto al procedimiento electoral se mantuvo la derogación de la elección directa, que había sido introducida por la reforma constitucional de 1949, y se instituyó que, por primera vez, se usaría el sistema proporcional D’Hondt para elegir presidente. De esta manera, empleando el mismo método que se utiliza hoy para repartir cargos legislativos, los partidos más chicos podían aspirar a participar efectivamente y los mayoritarios (con el fantasma peronista a la cabeza) veían mitigada una parte de su influencia avasalladora.

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Aún con todo esto decidido, quedaba el problema de los llamados partidos “neoperonistas” que habían comenzado a surgir por esos años y que fundaron el Frente Nacional y Popular en vistas a intentar captar y unificar el voto justicialista en la elección del ’63. La movida en sí resultó inquietante para muchos actores a lo ancho de todo el espectro político, especialmente por la sospecha de que todo esto estaba dirigido desde Madrid, pero su clausura definitiva llegó recién a pocos días de producirse las elecciones, con la anulación de la candidatura del partido más importante del frente, la Unión Popular, y la restricción a la de Raúl Matera, pretendiente del Partido Demócrata Cristiano. Sin posibilidades de participar de modo alguno, el 4 de julio, tres días antes de los comicios durante un acto del Frente, Augusto Vandor, por las 62 Organizaciones, y Delia Parodi, en representación del justicialismo, convocaron al electorado peronista a votar en blanco.

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Así, el 7 de julio de 1963, 49 partidos compitieron a nivel nacional. Finalmente, la UCRP se alzó como ganadora con el 25,15% de los votos (2.441.064, en términos concretos), superando al voto en blanco ordenado por el peronismo (19,72%, o sea 1.888.435 sufragios) y a otros partidos como la UCRI de Oscar Alende (16,40%), UDELPA (7,49%) – partido nuevo presidido por Aramburu –, el Partido Demócrata Progresista (6,8%), el Partido Demócrata Cristiano (4,48%) y el Partido Socialista Argentino (2,48%), que había llevado al histórico Alfredo Palacios como candidato. Al no contar con el número de electores necesarios para alzarse con la presidencia, cuando el Colegio Electoral se reunió el 31 de julio se produjo una negociación encarnizada que logró demócratas cristianos, socialistas y conservadores se encolumnaran detrás de la UCRP y coronaran a Illia y a Perette como líderes del Poder Ejecutivo.

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El consenso con estas otras fuerzas, sin embargo, no se tradujo en concesiones concretas, en parte porque Illia – por su tradición yrigoyenista – no estaba dispuesto a darlas y en parte porque se consideró que, al proclamarse el gobierno de la renovación y la transparencia institucional, no haría falta transar con nadie. Hoy sabemos que estos lazos débiles, sumados a la ya precaria estabilidad de la coyuntura, años más tarde contribuirían a su derrocamiento el 28 de junio de 1966.

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