Nunca antes pensamos que en nuestra existencia nos tocaría experimentar lo que vivimos este año.

Nacimos en tiempos de la poliomielitis, vivimos los últimos años de la viruela (erradicada en 1978), sufrimos todas las enfermedades de la infancia – desde la rubeola a las paperas, pasando por las enfermedades virósicas que solo llevaban el nombre de un numero (la quinta, la sexta…). Vivimos el lento triunfo sobre la tuberculosis, la sífilis (que a pesar de su sensibilidad a la penicilina ha sufrido un rebrote). Fuimos testigos del auge, la contención y cronicidad del SIDA, con 60 millones de afectados en el mundo.

Sufrimos la gripe porcina, la aviaria y la de Hong Kong. El virus del ébola creó pesadillas y hasta películas. El dengue y la fiebre amarilla volvieron a hostigarnos como antaño.

Todo esto vivimos en el último siglo y mucho más, pero nunca llegamos a ver el mundo detenido en la forma que lo sufrimos este año. Algo impensado 13 meses atrás.

Cuando supimos lo de este virus de Wuhan pensamos que sería como el SARS o el MERVS, algo extraño a nosotros, que estaba en las antípodas y que tardaría en llegar o lo haría lentamente.

Cuando hace un año se declaró la pandemia, aún lo veíamos como algo lejano, pero de un día para el otro, como nunca antes había ocurrido, el mundo se paralizó. Las familias se separaron, la economía se frenó y todos vivimos en una burbuja. Miles de millones de personas quedaron confinadas a sus hogares. Antes debíamos salir de casa con la billetera, los documentos y las llaves de casa. Ahora, con el barbijo y el alcohol. Ya estamos acostumbrados al paisaje urbano de enmascarados caminando por calles semi desiertas.

Nos cambiaron la vida. El turismo sucumbió. La fantasía de conocer países lejanos, se esfumó. Viajar en barco o en un crucero será un deseo insatisfecho por los años que vendrán.

Todo se redujo a nuestra burbuja social y refugio digital. Estos medios nos permitieron comunicarnos, estudiar, seguir trabajando, seguir atendiendo e informándonos (a veces con exageración). A cada instante consultamos nuestros celulares que nos informan sobre el número de contagiados, de muertos, las vacunas que llegan o no llegan, su efectividad, cuantos han sido inoculados y el peligro de las nuevas cepas que nos acechan.

Ya muchos hablan de nuevas pandemias que, obviamente, llegarán en algún momento, como lo vienen haciendo desde hace siglos, miles de siglos…

El mundo reaccionó rápidamente (¿hiper-reaccionó, deberíamos decir?) y, una vez más, la ciencia vino al rescate – con altruismo y con intereses económicos – que terminó ganando la contienda, como siempre.

La gripe española en 1918 mató a 100 millones de personas (la cifra real no se conoce y esta es la peor estimación). Muchos más de los que murieron en las trincheras.

El SIDA mató a 50.000.000 de personas. El COVID produjo hasta ahora 2.500.000 de víctimas.

Sin embargo, el mundo sufrió un parate como nunca antes. Quizás por este parate se evitaron muchas muertes por el virus, lo que no podemos saber es cuantas víctimas se cobrará por causa del compromiso económico. Tampoco podremos conocer cuantas depresiones habrá, ni cuantos suicidios, ni las secuelas de violencia familiar (hay un femicidio por día).

También desconocemos los reclamos sociales que seguramente se harán más elocuentes a medida que la gente se vacune (aunque el reciente reclamo que vivió el país fue multitudinario, justamente por no estar vacunados).

Después de cada epidemia hay un período de litigiosidad, de reclamos sociales, de enfrentamientos porque cambian los paradigmas. Todos somos iguales ante el virus, así que deberíamos ser iguales ante la Ley o el Estado ... y cuando vemos que no es así, empiezan las revueltas como pasó con los campesinos europeos después de la Peste Negra.

Después de las pandemias la gente huye de las grandes ciudades. Los rascacielos que parecíanla solución a los problemas habitacionales, hoy están abandonados porque se convirtieron en focos sépticos. Hoy huyen de los rascacielos, abandonan los locales y las oficinas. Vivir en las afueras de la ciudad y evitar el aglomeramiento, es una necesidad que surge después de esta pandemia.

Esto traerá más necesidad de transporte, aunque no será el aumento directamente proporcional, porque de acá en más el trabajo a distancia será la regla. Menos tiempo de viaje, más tiempo en un medio hogareño. Esto aumentará los conflictos familiares por aumentos de las fricciones (divorcios, violencia familiar, trastornos psicológicos ...)

Habrá también cuestionamientos religiosos, pero más que revueltas como la protestante, la humanidad marcha hacia un agnosticismo generalizado.

La atención médica cada día será menos presencial y en el acto médico la auscultación y la palpitación, partes esenciales de la semiología clínica, quedarán postergados. Todo será interpósita persona. Los médicos raramente tocaran a sus pacientes.

Las vacunaciones masivas se harán por los próximos dos o tres años. Para entonces conoceremos bien los efectos colaterales de las inoculaciones y su real capacidad de protección.

La identidad será nuestro e-mail o nuestro celular o facebook o Instagram o el medio digital que fuera. Viviremos conectados, relacionados por la red que, aunque nos lleva un exceso de información, también nos permite mantenernos alejados del aislamiento y la soledad.

Ante el avance de la prepotencia estatal, argumentando una biocracia (todo es válido para mantener la salud), debemos defender con resolución nuestros derechos a la intimidad, a la confidencialidad que, hoy más que nunca, está ligada a los medios digitales, los grandes actores de esta pandemia.

Y todo esto comenzó hace un año ...

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