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Sylvia Plath, la vida entre las cenizas

Víctima de miles de manipulaciones póstumas, es difícil separar a Sylvia Plath de su mito. A pesar de todo, para bien o para mal, a más de 55 años de su muerte su figura sigue brillando como la de una de las autoras de la poesía más importantes (y perturbadora) del siglo XX.

Hay gente que es recordada por el contenido de su vida y la medida en la que impactaron al mundo. Hay otros que simplemente son famosos por haber muerto. En el caso de Sylvia Plath, sin ánimo de desmerecer su obra literaria, las circunstancias de su muerte opacaron su vida y tiñeron su producción a tal punto que, como en el caso de tantos otros que se quitaron la vida siendo jóvenes, el mito de lo que podría haber sido es visto como una invitación pública para desmenuzar su historia y descubrir qué es lo que salió mal.

Sylvia Plath, nativa de Massachusetts, EE. UU., era realmente una persona de gran inteligencia y sensibilidad. Desde muy joven se había perfilado como escritora, publicando su primer poema cuando sólo tenía 8 años, y, a pesar de las limitaciones económicas de su familia, siempre se esforzó por salir adelante. En los siguientes años, con una mezcla de necesidad y de deseo de hacerse un nombre, sus cuentos y poemas salieron publicados en todo tipo de revistas, ganó premios literarios y consiguió becas, como la que le permitió estudiar literatura en Smith College, entonces la universidad femenina más grande del mundo.

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Sylvia Plath.
Sylvia Plath.

Tenía todo para triunfar, pero su vida interior, como atestiguan las miles de páginas que escribió a lo largo de su vida en forma de diarios, poemas y prosa, era complicada. Su primer gran trauma había sido la muerte de su padre en 1940 por complicaciones relacionadas con diabetes. Años después siguió escribiendo sobre él – “Daddy” (escrito en 1962), es el ejemplo más claro – y es obvio que esta muerte la obsesionaba, al punto que muchos han tendido a ver esto como el disparador de todos sus males posteriores. A todo esto se sumaba el desconsuelo que venía, no sólo de las presiones y los objetivos de perfección impuestos por ella misma y por las convenciones sociales de la época, sino también de su dura batalla contra la depresión y lo que hoy se cree que era un trastorno bipolar. Este es un punto especialmente delicado en su vida, tanto como en su obra, porque se ha romantizado su condición al punto de considerarla como una parte fundamental del ser artístico, pero, en definitiva, leer a Plath es descubrir lo dificultoso que puede llegar a resultar transitar una enfermedad mental sin ayuda. Ella simplemente no sabía cómo lidiar con sus limitaciones y sus inseguridades y, aunque en su vida pública los éxitos no paraban de acumularse, ella sufría por no sentirse lo suficientemente buena. En un contexto de tal fragilidad, a sus luchas constantes se agregó el rechazo cuando, en el verano septentrional de 1953, se declinó su solicitud para participar de un taller literario en Harvard dirigido por el escritor Frank O’Connor. Para paliar la depresión recibió la mejor ayuda que podía recibirse entonces y fue sometida a terapia de electroshock, pero los resultados fueron magros. En agosto de ese año, con apenas veinte años, se intentó suicidar por primera vez.

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Sylvia Plath.
Sylvia Plath.

Después de este episodio y de seis meses de recuperación (que incluyeron nuevas sesiones de electroshock), Plath parece haber renacido. Aunque el fantasma de la enfermedad, la famosa “campana de cristal” a través de la que veía el mundo, seguía presente, para inicios de 1954 retornó a Smith y se graduó con honores, consiguiendo además una beca Fullbright para ir a estudiar a Cambridge, todo, mientras escribía y publicaba.

La llegada de Plath a Inglaterra, a pesar de unos buenos primeros años, para muchos simboliza el principio de su debacle. Especialmente porque allí fue a donde conoció a quien muchos ven como el artífice de su oscuro destino: el poeta Ted Hughes. Antes de conocerlo ella ya admiraba su obra y, después de verse personalmente por primera vez en febrero de 1956, la admiración se volvió mutua. Para junio, ya estaban casados.

Sobre esta relación se ha dicho mucho, quizás demasiado, pero finalmente no termina de quedar claro si Hughes era abusivo, si Plath era realmente difícil de llevar o si se estaban volviendo locos mutuamente. Hay evidencia de violencias de ambas partes, con Hughes deseándole la muerte a su esposa y Plath destruyendo manuscritos de su marido en dos ocasiones, pero de acuerdo con los diarios de Sylvia, su relación fue relativamente estable en los primeros años. En 1957 vivieron entre Estados Unidos, donde ella trabajó como docente en Smith, y para 1959, harta de no tener tiempo para escribir, se retiraron a Inglaterra para dedicarse a su literatura.

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Plath y Hughes.
Plath y Hughes.

Estando en Inglaterra, al poco tiempo de nacer su hija, Frieda, Plath publicó su primera colección de poemas (la mayoría de los cuales ya habían aparecido en revistas) titulada El coloso (1960) con gran aclamación de la crítica británica. El poemario tuvo una edición estadounidense dos años después, pero la recepción no fue tan entusiasta. Así y todo, esta nueva fama la animó a aplicar una vez más a la beca Eugene F. Saxton – la cual le había sido negada dos años antes – para recibir ayuda económica mientras escribía su novela La campana de cristal.

Esta obra – que años después llegaría a ser una de sus más famosas – era fuertemente autobiográfica y estaba basada, especialmente, en las experiencias de Plath en 1953, incluida su internación en un psiquiátrico y su intento de suicidio. Aparentemente ya tenía algo escrito desde finales de 1957, pero su momento de mayor actividad en la escritura coincidió con el año 1961, período en el que experimentó un aborto espontáneo, una apendicitis y el embarazo de su segundo hijo, Nicholas. Con todo esto sucediendo en su vida, cosas que la afectaron fuertemente, resulta impresionante descubrir la seriedad con la que asumió el compromiso con su literatura y con las personas que le estaban pagando por escribir. Cumplía religiosamente con todas sus fechas de cierre y durante todo el proceso fue dejando bien delineados sus progresos.

Para agosto de 1962 envió su último reporte a la gente de Saxton asegurando que la novela ya estaba en la recta final. Su vida personal, sin embargo, estaba cayéndose a pedazos. Luego de un viaje a Irlanda en familia, para el otoño septentrional, se separó de Hughes. Durante el verano había descubierto que él le era infiel con Assia Wevill, la mujer a la cual le alquilaban el departamento en el que vivían en Londres, y, después de un nuevo intento de suicidio en el que manejó su auto hacia un barranco, tomó la decisión de irse a vivir sola con sus hijos.

Aunque debía estar en agonía, este momento coincidió con una nueva ola de actividad y en los meses finales de 1962, además de relocalizarse a un nuevo departamento en diciembre, exorcizó sus males y redactó los que serían sus poemas más celebrados, que luego saldrían editados bajo el título Ariel. Para enero de 1963, las cosas se salieron definitivamente de control. Al invierno helado, el más frío desde 1813, que hizo que ella y sus dos hijos se contagiaran de gripe, se sumó la recepción fría que siguió a la publicación de La campana de cristal en Inglaterra. En este punto ella ya estaba fuertemente medicada, había bajado mucho de peso y el desconsuelo era constante. En la madrugada del 11 de febrero, finalmente, perdió su larga batalla contra la depresión y se suicidó.

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Sylvia Plath.
Sylvia Plath.

Esa mañana, cuando la niñera de sus hijos la encontró muerta a los treinta años con su cabeza metida en el horno, la historia de Sylvia Plath como la conocemos hoy comenzó a definirse. Su suicidio disparó el interés en su obra e, incluso en Estados Unidos, dónde no había gozado de mucha popularidad, todos empezaron a hablar de ella. El suicidio y la muerte, parece, estaban de moda y la tragedia de Plath encajaba perfectamente en esta tendencia.

Ted Hughes, que todavía era legalmente su marido, heredó los derechos de su obra literaria y dedicó el resto de su vida a publicar sus textos inéditos, según su hija Frieda, porque veía en el cuidado de su trabajo “una forma de tributo y una responsabilidad”. Este hecho no es menor ni está desprovisto de controversia, ya que, además de realizar el cuidadoso trabajo de armar ediciones como la de Ariel (1965, GB/ 1966, EE. UU.) y de la versión norteamericana de La campana de cristal (1970), tomó decisiones, cuanto menos, sospechosas como la de destruir los últimos diarios de Plath, según él, porque no quería que sus hijos vieran lo que estaba allí escrito. Esta actitud, sumada a las ya conocidas polémicas alrededor de su matrimonio y al hecho de que su amante se suicidó de la misma forma que su mujer, terminó volviéndose parte del mito de Plath como mujer sometida que se armó dentro de las filas de los movimientos feministas de la década del setenta. La visión, ciertamente, fue pregnante e inspiró críticas en contra de Hughes por enriquecerse a costa del trabajo de Plath, vandalismo dirigido al nombre de casada de la autora que su marido decidió incluir en su lápida e, incluso, acusaciones públicas de asesinato. En definitiva, mucho de lo que sucedió permanece en la oscuridad, perdido entre los ribetes de la relación personal entre Hughes y Sylvia. En este punto, especialmente con todo lo que la misma Plath documentó de su vida, vale la pena recordar lo que Frieda, única heredera de Plath después de la muerte de su padre en 1997 y el suicidio de su hermano en 2009, advirtió acerca de los usos de su madre: “Desde que murió (…) ha sido disecada, analizada, reinterpretada, reinventada, novelada, y en algunos casos completamente falsificada. Todo se resume a esto: sus propias palabras son las que mejor la describen.”

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