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Stalin llega al poder

Cuando Lenin murió, el 21 de enero de 1924, junto a su féretro se hallaban los miembros del Politburó, ávidos por tomar posición en la inminente lucha por el poder. Estaban allí Grigori Zinoviev, Lev Kamenev, Alexei Rikov, Nikolai Bujarin y Iósif Stalin. Sólo se encontraba ausente León Trotski, que viajaba por prescripción médica hacia la remota ciudad de Sukhumi, en la costa del mar Negro. Las conspiraciones para acceder al poder empezaron a tejerse inmediatamente.

Pero miremos un poco hacia atrás, para comprender el cuadro de situación... En 1919, luego de la dolorosa guerra civil en la que el ejército “rojo” (bolcheviques, liderados por Trotski, ministro de guerra soviético) terminó venciendo al ejército “blanco” (anti-bolcheviques, liderados por Kolchak, Denikin y luego Wrangel), uno de los enemigos más peligrosos del Estado se hizo presente y mató a millones de personas: el hambre. La escasez de comida, las ciudades reducidas a escombros y los campesinos desamparados en los caminos presentaban un panorama desolador.

La política económica para la recuperación soviética que presentó Lenin en 1921 modificaba las doctrinas revolucionarias del líder bolchevique. Desde el punto de vista de Lenin, era un correctivo necesario contra el hambre, la miseria, la infraestructura arrasada y el atraso que sufría el país. Esta “nueva política”, menos ortodoxa, desarrolló una especie de economía mixta de comunismo, producción, agricultura privada y comercio privado aunque limitado. La nacionalización de la industria se retrasó, algunas empresas expropiadas fueron devueltas a sus antiguos dueños, y la “prodrazverstka” (política que confiscaba los excedentes agrícolas del campesinado) fue reemplazada por la “prodnalog” (un impuesto agrícola fijo), lo cual tácitamente reconocía la propiedad privada, ya que los campesinos, y no el Estado, eran poseedores legítimos lo que cultivaban y debían pagar impuestos por ello.

Estas reformas fueron necesarias a causa del hambre que, unida a un precario sistema de transporte y una gran desorganización del sistema de distribución, sumieron al país en una gran pobreza. En resumen: el Estado comunista perfecto tendría que esperar. Aún así, siendo criticado por muchos de sus partidarios, Lenin condujo al país en su difícil reconstrucción.

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Trotski, altivo e inteligente, se había convertido en un íntimo colaborador de Lenin. Fue comisario de Asuntos Exteriores y luego comisario de Guerra, formó el ejército rojo que triunfó en la guerra civil e impidió la intervención económica y militar de potencias extranjeras durante dicha guerra. De todos los posibles sucesores de Lenin, solamente Trotski poseía una masa personal de seguidores ya que era considerado, sobre todo por los jóvenes, como el símbolo de la “pureza revolucionaria”. Trotski era frío, intransigente y juzgaba duramente a los menos dedicados a la causa. Sólo Lenin era digno de respeto para él.

A pesar de que Trotski parecía el sucesor natural de Lenin, los demás miembros del Politburó, transformado a esta altura en un nido de conspiradores, coincidían en que el mismo no debía acceder al poder. El odio que los miembros del Politburó sentían por Trotski era tanto político como personal. Luego de la cierta estabilidad económica que había alcanzado Rusia tras la política no tan ortodoxa llevada a cabo por Lenin atenuando en cierto modo los principios comunistas, los jefes del Politburó temían que el ortodoxo Trotski colectivizara la agricultura, nacionalizara la industria y anulase la política moderada tras la devastadora guerra civil. Sabían que Trotski los despreciaba y que era tan implacable como intransigente.

Stalin le hizo una jugarreta a Trotski, asegurándose de que no acudiera al funeral de Lenin: “...por tu estado de salud deberías seguir en Sukhumi; no llegarás a tiempo al funeral, que será el 26...”. El funeral era el 27 y Stalin lo sabía, por supuesto; especulaba con que la ausencia de Trotski fuera interpretada como una falta de interés por los asuntos del Estado y del Partido.

Asegurada la ausencia de Trotski en el funeral de Lenin, Stalin acaparó la atención haciendo declaraciones de lealtad a la memoria del fallecido, que hallaron amplio eco en la prensa, totalmente controlada, y en el pueblo soviético. El triunvirato Stalin-Kamenev-Zinoviev había logrado un amplio control del Partido. A pesar de que el mismo Lenin había escrito, en 1922, “...el camarada Stalin ha acaparado un poder exorbitante... No estoy seguro de que sepa siempre ejercerlo con la debida prudencia...” y otros párrafos en los que mostraba su reserva ante la acumulación de poder por parte de Stalin, cuando el XIII Congreso del Partido Comunista Soviético planteó esto citando las palabras del difunto Lenin, el triunvirato contestó “...nos complace decir que los temores de Lenin eran infundados...”. Ni siquiera Trotski protestó, aunque no podía digerir que ese “triunvirato de segundones” se sostuviese.

Stalin-Kamenev-Zinoviev emprendieron una virulenta campaña contra Trotski con críticas y ataques varios, tanto políticos como personales. Finalmente, lo destituyeron como comisario de Guerra en 1925. Apartado Trotski, Stalin procedió a eliminar también a sus hasta entonces aliados. Aprovechó entonces el ámbito del Komintern (Tercera Internacional), en el que Trotski, Kamenev y Zinoviev abogaban por “la revolución mundial” comunista, que en algunos países no llegó a producirse y en otros fue aplastada. Stalin buscó diferenciarse y en 1925 comenzó a sostener el “socialismo en un solo país”; este lema tuvo eco favorable en los más conservadores del Politburó y en los nacionalistas rusos. Stalin se alió entonces con Rikov, Bujarin y Tomski (jefe de los sindicatos) y formaron un nuevo gobierno colegiado, desplazando a sus dos compañeros del triunvirato. Los desplazados Zinoviev y Kamenev se aliaron entonces con Trotski (no los unía el amor sino el espanto, obviamente), pero Stalin ya tenía mucho poder. La consecuencia fue que los tres fueron expulsados del Partido en 1927.

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Pero a Stalin no le alcanzaba con eso: ahora tenía que eliminar a Rikov, Bujarin y Tomski. Lo que hizo Stalin fue apropiarse de las ideas de Trotski y mostrarlas como suyas. Los tres mencionados no estaban de acuerdo, pero Stalin consiguió los apoyos necesarios y sus tres adversarios fueron destituidos y condenados al ostracismo. Ahora Stalin poseía el dominio supremo.

En 1928, controlado el Partido Comunista, Stalin comenzó a extender su tiranía, al tiempo que anunciaba el primer plan quinquenal que pretendía transformar a Rusia en una potencia industrial nacionalizando todas las empresas privadas rurales y urbanas. El objetivo de Stalin se logró a costa de la vida de millones de personas, pequeños empresarios despojados y mayorías campesinas que se resistían a la colectivización de sus granjas.

Mientras tanto, la propaganda del Partido Comunista mostraba a Stalin como “el nuevo Lenin”, y quienes protestaban eran detenidos y deportados a campos de trabajo (“gulags”). Trotski marchó al exilio en 1929. Uniendo el engaño al absurdo, Stalin acusó a Trotski de conspirar contra la URSS. Además, todos los antiguos rivales de Stalin fueron encarcelados y se los procesó públicamente. Para sorpresa del mundo, todos (incluidos Kamenev, Zinoviev, Rikov y Bujarin) admitieron ser parte de una conspiración trotskista. Se los obligó a solicitar a la justicia la pena de muerte (retorcido recurso de humillación); Stalin (o sea, “la justicia”) accedió más que gustosamente, y así fue como los antiguos camaradas de Lenin y de Stalin fueron uno a uno eliminados con un disparo en la nuca.

Como para asegurarse de que Trotski (el único adversario que quedaba vivo, aunque lejos) nunca tuviera un “regreso triunfal” (ni de ningún otro tipo), Stalin lo mandó asesinar, cosa que ocurrió en 1940 en México a manos de Ramón Mercader.

Ya no quedaba nadie que le hiciera sombra. Poder absoluto, que le dicen.

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