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Santa Evita

Murió a la edad de 33 años, el 26 de julio de 1952. A las 21:36, el locutor J. Furnot leyó por la cadena de radiodifusión: «Cumple la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 horas ha fallecido la Señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación. Los restos de la Señora Eva Perón serán conducidos mañana, en horas de la mañana, al Ministerio de Trabajo y Previsión, donde se instalará la capilla ardiente..»

A pesar del tratamiento y de las habilidades de un cirujano estadounidense, rodeada por los mejores especialistas del país, María Eva Duarte de Perón falleció de un cáncer de cuello uterino, ocasionando una de las más multitudinarias muestras de dolor en la historia del país, aunque también algunos escribieron: «Viva el cáncer», en las paredes de la ciudad. Evita despertaba odios y amores.

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Por cinco días, las emisoras radiales solo dejaron oír música sacra. Por un mes, se escuchó música clásica. La CGT declaró tres días de paro general y el gobierno estableció un duelo nacional de treinta días. Su cuerpo fue velado en la Secretaría de Trabajo y Previsión hasta el 9 de agosto, cuando fue llevada al Congreso de la Nación para recibir honores oficiales. La procesión comenzó ese domingo a las 10:15 de la mañana. La cureña que transportaba el ataúd, envuelto por la bandera argentina, fue conducida por tres filas de hombres y mujeres pertenecientes a la CGT y al partido peronista. Tras el carruaje, al frente de su gabinete, el general Perón seguía el cortejo. El cadáver de Eva permaneció dos días en el Congreso. El 10 de agosto, siete oradores pronunciaron oraciones de despedida. Desde allí, el cadáver fue conducido a la CGT. Fue entonces cuando el ministro del Interior, Ángel Borlenghi, se refirió a la primera dama como una santa, Santa Evita.

Su cuerpo, embalsamado con las artes del doctor Ara, médico español especializado en la preservación de cadáveres, fue expuesto por trece días, cuando originalmente solo se habían considerado tres días de exequias. Las ofrendas florales se acumularon hasta llegar a casi diez metros de altura. Dos mil personas resultaron heridas, entre los dos millones que desfilaron ante el cadáver de la señora de Perón.

En el edificio de la calle Azopardo de la CGT, el profesor español había montado un laboratorio para preservar el cadáver de la señora en permanentemente exposición. Había comenzado su trabajo en el mismo momento de la muerte. Cada día inyectaba sustancias para su conservación y la sumergía en acetato y nitrato de potasio; recubría su piel con finas capas plásticas transparentes. Tardó un año en terminar esta tarea. Por su trabajo cobró más de cien mil pesos[1] de esos años (en la actualidad, serían más de un millón de dólares). El cadáver de Eva, ahora imperecedero, esperaba su ubicación en el gigantesco mausoleo programado sobre la avenida Figueroa Alcorta, el Altar de la Patria. Impresionadas las autoridades por el impecable trabajo, le pidieron al doctor Ara que tratase otros cuatro cadáveres para servir como portadores del ataúd de cristal. Este declinó el ofrecimiento ya que solo podía tratar un cadáver al año.

Llegada la Revolución Libertadora en 1955, todo culto personalista fue abolido y, entre ellos, estaba la veneración al cuerpo de la señora de Perón. Algunos oficiales de la Revolución no podían creer que realmente estuviese embalsamada. El profesor español fue convocado por los altos mandos y debió mostrarle a una junta de notables médicos una radiografía de la señora para convencerlos. Escépticos aún, decidieron cortarle un dedo para cerciorarse de que era un cuerpo y no una muñeca.

Confirmada la presencia del cadáver de la primera dama, se planteó qué hacer con su cuerpo. La familia Duarte, en el exilio, no podía acogerlo. La Iglesia prohibía, en ese entonces, la cremación. Algunos miembros de la Armada aconsejaron llevarlo a una lejana isla en el Atlántico Sur. Mientras tanto, los custodios del cadáver veían el cuerpo desnudo de Eva Perón... y el Capitán Gandhi jugaba con la cabeza de Juancito Duarte –muerto misteriosamente, simulando un suicidio–. ¿Acaso Juancito sabía algo que no debía saber?

Las autoridades decidieron enterrar a la señora de Perón en un cementerio suburbano como NN. El cuerpo embalsamado fue removido en un camión del Ejército, en el mayor secreto, bajo la supervisión del coronel Moori Koenig. Sin embargo, todos los días, aparecían flores y velas bajo el camión: ofrendas a Santa Evita. La idea de un entierro secreto se desvaneció después de dos años de encuentros y desencuentros que terminaban con flores alrededor del lugar donde la escondían. Por mucho tiempo, el cadáver de Eva descansó frente a las puertas de una de las oficinas de la Side, en Callao y Viamonte. Aún allí aparecían flores.

Por último, en una operación encabezada por el coronel Cabanillas, y en estricta confidencia con el general Pedro Eugenio Aramburu (1903-1970), presidente en ejercicio, el cadáver fue trasladado al Cementerio Monumental de Milán, vía embajada argentina en Bonn, bajo el nombre de María Maggi de Magistris, una emigrada italiana, muerta en Argentina. Para despistar a los seguidores, cuatro ataúdes iguales fueron despachados a distintas embajadas. Ningún detalle fue obviado. Hasta se encomendaron misas en recuerdo de la señora de Magistris. Por catorce años, el cuerpo de Evita permaneció en paz, aunque sin flores, en el cementerio de Milán (curiosamente, no hay ninguna placa recordatoria donde había sido enterrada).

Las políticas siempre cambiantes de los argentinos hicieron recuperar al general Perón (1895-1974) sus fuerzas de antaño, convertido en el interlocutor popular para evitar nuevos desórdenes sociales en la convulsionada Argentina. Entre los desmanes de la guerrilla urbana, el general Aramburu fue secuestrado el 29 de mayo de 1970 por la organización político-militar Montoneros. En cautiverio, fue acusado por su accionar durante el golpe de Estado de 1955, la muerte del general Valle y los fusilamientos de José León Suárez de 1956. Se le realizó un “juicio popular” entre los integrantes de la organización clandestina y se lo fusiló. Otros dicen que Aramburu murió de un infarto durante su cautiverio, que no fue planeado por los subversivos, sino por miembros del gobierno militar ya que se planeaba un golpe cívico-militar para derrocarlo... Lo cierto es que los secuestradores no estaban dispuestos a entregar el cadáver del general hasta que no fuese retornado el de Eva Perón.

Documentos dejados por el general Aramburu y la asistencia del coronel Cabanillas permitieron recuperar casi intacto el cadáver de la señora, que fue entregado al general Perón y guardado en Puerta de Hierro, su casa en Madrid. Allí, el doctor Ara –que, a la sazón, vivía en España– fue convocado para inspeccionar el cadáver, que estaba tan lozano como en 1952, aunque lucía el deterioro propio del tiempo. El profesor reparó el cuerpo embalsamado mientras el inefable López Rega, el mayordomo de la residencia y futuro ministro de Bienestar Social, practicaba conjuros esotéricos para transferir los dones de Evita a la nueva esposa del general, María Estela Martínez de Perón, más conocida como “Isabelita”.

El general retornó a Argentina, pero dejó en Madrid los restos de la señora. Después de la muerte de Juan Domingo Perón, en 1974, durante su tercera presidencia, los Montoneros –el mismo grupo armado que había asesinado al general Aramburu y al jefe de la Cgt, José Ignacio Rucci, mano derecha de Perón– secuestraron su cadáver y reclamaron la presencia del de Eva en el país. El de ella volvió a Buenos Aires (más precisamente, a la Quinta de Olivos) y el de Aramburu, al cementerio de La Recoleta.

Como siempre, proyectos faraónicos se tejieron alrededor de Eva y del general Perón; se resucitó la idea de hacer un nuevo Altar de la Patria. El nuevo golpe militar de 1976 cambió los planes y los restos de la primera dama fueron entregados a su familia. Sus hermanas decidieron enterrarla en la bóveda familiar, en el cementerio de La Recoleta, bajo toneladas de cemento, que desalentaran toda idea de una nueva peregrinación póstuma. A pocos metros, siguiendo las laberínticas callecitas del cementerio, descansan también bajo cemento los restos del general Aramburu.

Después de la muerte del general Perón, su cuerpo fue inyectado con formol, pero no fue embalsamado como eran sus deseos. Fue enterrado en la Chacarita, en la bóveda que pertenecía a su abuelo, el doctor Tomás Perón (el mismo que investigara las tendencias criminales de Juan Moreira en su cráneo). En 1987, su sable ceremonial y sus manos fueron robadas de dicha bóveda. Los vándalos reclamaban ocho millones de dólares por su restitución. La carta de rescate, junto a un poema escrito por Isabel Martínez (que esta había dejado en la tumba), estaba firmada por “Hermes Iai y los 13”. Aunque se barajaron las hipótesis más insólitas, lo cierto es que a la fecha las manos permanecen desaparecidas y el motivo de este robo insólito, desconocido. Curiosamente, al cabo de un año, murió el juez de la causa, el doctor Jaime Far Suau, y cuatro personas más relacionadas con el caso.

El 17 de octubre de 2006, los restos del Juan Domingo Perón fueron trasladados a la quinta de San Vicente en la provincia de Buenos Aires, no sin antes tomar una muestra para comparar el Adn con el de la supuesta hija del general, Marta Holgado, quien no resultó ser su descendiente. Durante el traslado, se produjeron disturbios entre distintas facciones del sindicalismo peronista. Escenas de pugilato, ataque de pandillas, gritos, puteadas, disparos, heridos. Todo fue un caos.

Mientras tanto, la tumba de Evita, en el cementerio de La Recoleta, se ha convertido en lugar de peregrinación no solo partidaria, sino turística, después de que una obra musical y una película difundieran su historia por el mundo.

En su tumba recoleta, siempre hay flores. Siempre.

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[1]. Los últimos cincuenta mil pesos los recibió el mismo día que el general Perón abandonaba el gobierno precipitadamente.

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