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Salvadora: la descentrada que supo devenirlo todo

Salvadora Medina Onrubia nació en La Plata el 23 de marzo de 1894 y murió en Buenos Aire 78 años más tarde, después de haber escrito mucho (poesía, obras de teatro, reliquias epistolares, notas periodísticas mordaces y denuncias socio-culturales de magnánima relevancia), de haber sido maestra rural, parido 4 seres (el primero como madre soltera), de haber dirigido un afamado diario, militado fervorosamente el anarquismo y profesado intensamente el feminismo.

Fue una de las primeras mujeres en dar un discurso en una manifestación política multitudinaria con apenas 20 años y, 16 años más tarde, fue la primera en darle una cachetada literaria al presidente de facto que en aquel entonces gobernaba el país y que la había mandado a arrestar por diferencias ideológicas junto a otros 30 periodistas.

Carta al general Uriburu, Cárcel del Buen Pastor, 5 de julio de 1931

Gral. Uriburu, acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo magnanimidad para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado en este momento de cobardía colectiva al atreverse por mi piedad a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido … Magnanimidad implica el perdón de una falta. Y yo ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.

Señor general Uriburu, yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente. Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama karma, no es un explosivo, es una ley cíclica. Esta creencia me hace ver el momento por que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal, pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ello. Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no la más dura de las que mi destino es una larga cadena. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy, en este momento, como un símbolo de mi Patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidad.

En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado, me siento más grande y más fuerte que Ud., que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables y a denigrar e infamar una mujer ante los ojos de sus hijos ... y eso que tengo la vaga sospecha de que Ud. debió salir de algún hogar y debió también tener una madre. Pero yo sé bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo, en este inverosímil asunto de los dos, el degradado y envilecido es Ud. y que usted, por enceguecido que esté, debe saber eso tan bien como yo.

General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta como, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio.

Salvadora fue, también, la primera autora en la literatura argentina en escribir cuentos lésbicos y proabortistas y en financiar fugas de presos políticos de la talla de Simón Radowitzky (con quien mantuvo un brioso intercambio epistolar). Fue compañera y amiga de Emma Barrandeguy, de América Scarfó, de Alfonsina Storni y de Severino Di Giovanni. Fue amante, numen y, luego del nacimiento de su tercer vástago y primera hija mujer, esposa de Natalio Botana (el fundador y director hasta el día de su muerte del celebérrimo diario “Critica”) y abuela del insigne escritor neobarroso Copi.

Transgresora, sibila, autodidacta, mecenas, propulsora de la causa sufragista, contestataria de sepa, visionaria radical, La venus roja fue: “oveja negra entre la burguesía e inmaculada entre las ovejas negras”. Como escribió en su obra teatral más ponderada, “Las descentradas”: “un bicho antisociable y salvaje que tiene la desgracia de ver cosas raras q nadie ve (…) Una mujer que se dio el lujo de tener ideas boxeadoras, ideas que se dan directas y crosses y swings con la vida”.

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Para Salvadora la palabra era su mejor arma y el teatro constituía “la más pura manifestación del arte”. Escribía sin descanso ni tutía, expresaba siempre lo que pensaba y sentía, denunciaba y cuestionaba sin perífrasis alguna, se decía y contradecía incesantemente sin vergüenza ni tapujos. La unicidad era su sello, la insurrección su naturaleza primera; era substancial e inequívocamente ELLA.

Inigualable, inolvidable, eminente, fascinante, lumbrera... Una personalidad trascendental para la historia del siglo XX argentina. Un ejemplo de militancia, autonomía, osadía, altruismo y libre albedrío. Una anarco feminista de avanzada inconmensurablemente loable e inmarcesible. Una ARTISTA con mayúscula y círculos sobre la primera y última “A” de esa palabra.

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Salvadora Medina Onrubia hablando en un acto anarquista, a principio de siglo XX.
Salvadora Medina Onrubia hablando en un acto anarquista, a principio de siglo XX.

Salvadora fue, también, la primera autora en la literatura argentina en escribir cuentos lésbicos y proabortistas y en financiar fugas de presos políticos de la talla de Simón Radowitzky (con quien mantuvo un brioso intercambio epistolar). Fue compañera y amiga de Emma Barrandeguy, de América Scarfó, de Alfonsina Storni y de Severino Di Giovanni. Fue amante, numen y, luego del nacimiento de su tercer vástago y primera hija mujer, esposa de Natalio Botana (el fundador y director hasta el día de su muerte del celebérrimo diario “Critica”) y abuela del insigne escritor neobarroso Copi.

Transgresora, sibila, autodidacta, mecenas, propulsora de la causa sufragista, contestataria de sepa, visionaria radical, La venus roja fue: “oveja negra entre la burguesía e inmaculada entre las ovejas negras”. Como escribió en su obra teatral más ponderada, “Las descentradas”: “un bicho antisociable y salvaje que tiene la desgracia de ver cosas raras q nadie ve (…) Una mujer que se dio el lujo de tener ideas boxeadoras, ideas que se dan directas y crosses y swings con la vida”.

Para Salvadora la palabra era su mejor arma y el teatro constituía “la más pura manifestación del arte”. Escribía sin descanso ni tutía, expresaba siempre lo que pensaba y sentía, denunciaba y cuestionaba sin perífrasis alguna, se decía y contradecía incesantemente sin vergüenza ni tapujos. La unicidad era su sello, la insurrección su naturaleza primera; era substancial e inequívocamente ELLA.

Inigualable, inolvidable, eminente, fascinante, lumbrera... Una personalidad trascendental para la historia del siglo XX argentina. Un ejemplo de militancia, autonomía, osadía, altruismo y libre albedrío. Una anarco feminista de avanzada inconmensurablemente loable e inmarcesible. Una ARTISTA con mayúscula y círculos sobre la primera y última “A” de esa palabra.

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Salvadora
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