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Ricardo Gutiérrez, el médico poeta

Un médico de niños pasaba todas las mañana camino del hospital, por un conventillo en cuya puerta jugaba cotidianamente un grupo de chicos. Un día su ojo experto echó de menos a uno; volvió a notar su ausencia al día siguiente y se detuvo a inquirir. "¿Y el rubio?", preguntó. "Está enfermo, señor". Y en efecto: conventillo abajo, en la última pieza, tirado sobre unos trapos, pálido, enfermo, estaba el rubio. Al lado, la madre. -¿Quién cuida a este niño? 
-Un curandero... 
-Desde hoy lo cuido yo, Ricardo Gutiérrez. Horas más tarde, el generoso médico volvía trayendo él mismo los remedios: los remedios eran juguetes, muchos juguetes, una profusión de juguetes, y cuando se retiró, dejando al niño sano, dio este diagnóstico que sólo podía inspirar su doble alma de sabio y de filántropo: -Su hijo no estaba enfermo, señora. Estaba triste. Anécdota fue contada por Belisario Roldán en junio de 1907.

¿Quién eres tú, celeste criatura,

que descansas el vuelo

sobre la cárcel del linaje humano,

para abrir una fuente de ternura

y una puerta del cielo

donde se posa tu bendita mano?

Estos versos pertenecen al doctor Ricardo Gutiérrez y fueron inspirados en un triste episodio que le tocó vivir cuando uno de sus jóvenes enfermitos pidió a una hermana de La Caridad que lo abrazase para no sentir que moría solo.

Nuestro médico y poeta nació el 10 de noviembre de 1838 en el pueblo de Arrecifes. Cursó sus estudios en el Colegio Nacional como alumno del célebre Amadeo Jacques, aquel que inmortalizara Miguel Cané en Juvenilla.

Inició estudios de abogacía pero la jurisprudencia no era lo suyo y después de un poco glorioso transito por la Facultad de Derecho, siguió la carrera médica. Eran tiempos de guerra y el joven estudiante se ofreció como practicante para asistir a los soldados en el conflicto con el Paraguay. Por cinco años prestó servicios en ese infierno tropical. Basta imaginar esas enormes carnicerías en medio de un calor agobiante, lleno de insectos, pestes, amputando piernas y brazos y cerrando los ojos de esos jóvenes que dejaban su vida en medio de atroces sufrimientos apenas paliados por un puñado de médicos… Allí encuentra Gutiérrez la musa de sus cantos, en medio de la muerte, el sufrimiento y el deber, siempre el deber. Fue condecorado por los tres países de la Alianza apenas cumplidos los 30 años.

Terminada la contienda, Ricardo Gutiérrez fue premiado con un viaje a Europa donde perfeccionó sus conocimientos. A su vuelta fundó el hospital que hoy lleva su nombre y cuyos destinos dirigió por 25 años. Fue un adelantado en el estudio y tratamiento de lo que hoy llamamos afecciones psicosomáticas y halló en los juguetes aliados insospechados en la lucha contra la enfermedad. “Solo tenía tristeza”, les decía a las madres cuando con solo un muñeco o una pelota de trapo recuperaba la sonrisa de un niño.

Podríamos hablar de las notables curaciones de este eximio pediatra, de sus diagnósticos acertados, de sus artículos científicos, pero me gustaría destacar en estas páginas al poeta, al joven que a los 22 años publica La fiebre salvaje, antes de conocer las trincheras guaraníes. Gutiérrez cultivó un romanticismo exótico, aunado con pasión al tronco nacional. Sus obras eran recitadas por los jóvenes entusiasmados por su lirismo exaltado. Entre sus obras era especialmente conocida La Victoria, palabras de dolor por el vencido en esa guerra cruel, que salidas de la pluma de Gutiérrez adquieren un significado tremendo, humilde y glorioso a la vez.

La Victoria

¡Ah¡ No levantes canto de victoria

en el día sin sol de la batalla

que has partido la frente de tu hermano

con el maldito golpe de la espada.

Cuando se abate el pájaro del cielo

se estremece la tórtola en la rama;

cuando se postra el tigre en la llanura,

las fieras todas aterradas callan….

¿Y tú levantas himnos de victoria

en el dio sin sol de la batalla?

¡Ah! Solo el hombre sobre el mundo impío

en la caída de los hombres canta.

Yo no canto en la muerte de mi hermano,

márcame con el hierro de la infamia,

porque en el día que su sangre viertes,

de mi trémula mano cae el arpa.

Erigido en una de las más reconocidas plumas de la literatura nacional, descolló junto a Olegario Andrade, Rafael Obligado, Carlos Guido Spano, entre otros. Su hermano Eduardo fue el popular folletinista que escribió Juan Moreira. Ricardo Rojas, al expresarse en su Historia de la pediatría argentina acerca del espíritu de Ricardo Gutiérrez, sintetizaba su labor expresando que: “su profesión más absorbente fue el ejercicio de la medicina y el amor con que la ejerció entre niños dolientes y madres atribuladas”.

Vale señalar que en 1879, aún cuando gran parte de su tiempo lo pasaba en el hospital y la atención de sus pacientes, Gutiérrez fundó con Eduardo el diario La Patria Argentina, para extender su difusión cultural. Su prestigio era tal que Estanislao del Campo le dedicó su poema “Fausto”, obra fundamental de la literatura gauchesca.

La vida le había dado muchos golpes al Dr. Gutiérrez, pero aun le faltaba la muerte de su querida hermana Elena. Fue tal el dolor por su desaparición que dejó de lado las letras para concentrarse en su profesión.

Ricardo Gutiérrez murió el 23 de septiembre de 1896 con apenas con 60 años. Sus amigos se reunieron frente a su tumba recoleta para recordar al poeta con palabras elocuentes, al colega como un apóstol de la profesión y al hombre como un gigante. Fue “el poeta de la tristeza” y también lo fue del amor. Fue el médico de niños y el héroe de la guerra. Paul Groussac, ese pintor de hombres y costumbres, lo despidió diciendo:

“Era un espíritu superior que envolvía un alma noble y vehemente y su luz externa no era sino la llama de un foco interior.. Ha muerto llorado, después de vivir bendecido”.

Guido Spano, el vibrante poeta con quien compartía esa pasión de las rimas, puso sobre su tumba estas sentidas palabras que sirven como epitafio del médico poeta:

“Soldado, trovador, luz de ciencia

le lloran la poesía y la inocencia”.

Ricardo Gutierrez

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