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René Goscinny, el historietista universal

En el aniversario de la muerte de René Goscinny, probablemente el guionista de historietas francés más reconocido y padre de Astérix, realizamos un pequeño recorrido por sus raíces, su obra y, especialmente, la forma en la que aquellas influyeron sobre esta.

Hay pocas cosas más francesas que Astérix, el comic que hizo ganar a sus creadores, René Goscinny y Albert Uderzo, un lugar emblemático en la historia de la historieta universal. Sin voluntad de negar esta fama, resulta interesante abrir un poco más el campo y pensar en esta historieta como el resultado de un trabajo colaborativo entre dos personas que eran primera generación de inmigrantes, judíos de Europa del Este, en primer caso, e italianos en el segundo.

En el caso de Goscinny, de cuya muerte hoy se cumplen 41 años, resulta especialmente fundamental, ya que los estudios más modernos de su obra prestan especial atención a su biografía y el impacto que esta pudo haber tenido sobre aquella. Notablemente, fue recién a partir de 1974, casi hacia el final de su vida, cuando Goscinny empezó a reconocerse públicamente como judío, frente a las acusaciones de intentar justificar cierto chauvinismo y racismo “típicamente” franceses a través de sus comics.

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        <p>Albert Uderzo y René Goscinny.</p><p></p>

Albert Uderzo y René Goscinny.

Lejos de esa exaltación nacionalista, en lo que se refiere a él, aunque nació en París, Francia, en 1926, sus padres eran judíos emigrados de Polonia y Ucrania que sólo habían obtenido sus ciudadanía francesa algunos meses antes. Habiendo cumplido los dos años René, la familia abandonó Paris y partió a la Argentina, lugar donde su padre consiguió un trabajo como ingeniero químico especialista en temas agrícolas gracias a los auspicios de la Jewish Colonization Agency (agencia creada por el barón Hirsch para fomentar la inmigración de los judíos desplazados de Europa del Este). Su infancia y juventud, entonces, transcurrieron en un idilio, según el recordaría, entre la casa en Retiro y las escuelas francesas de Buenos Aires – dónde pasaba más tiempo dibujando y haciendo reír a sus compañeros que prestando atención – y los viajes constantes a Europa para visitar a la familia.

Para 1943 una sombra oscura cayó sobre la familia Goscinny cuando su padre murió inesperadamente de una hemorragia cerebral. Para peor, la Segunda Guerra Mundial se estaba desarrollando en Europa y el avance del nazismo todavía era un flagelo que, aún a la distancia, los afectó: ese mismo año, su abuelo y varios de sus tíos maternos murieron en los campos de Pithiviers y Auschwitz.

Cuando terminó la guerra, con su madre sola y sin planes, la familia decidió trasladarse a Nueva York, ciudad donde vivía Boris, uno de sus tíos. Sin embargo, Goscinny no pasó demasiado tiempo allí inicialmente ya que para 1946 debió partir a Francia a realizar el servicio militar. Acabada esta experiencia, viendo que Europa no tenía más que ruinas para ofrecer en ese momento, volvió a Nueva York, ciudad a dónde buscó trabajo como dibujante y hasta soñó con trabajar para Walt Disney, pero no tuvo demasiado éxito. Para 1948 las cosas empezaron a mejorar cuando conoció a grandes figuras del ambiente, como Harvey Kurtzman (quien fundaría la revista MAD), John Severin y Will Elder, pero su lazo más importante fue con el dibujante belga Jijé (Joseph Gillain), instalado entonces en Connecticut. A través de él, Goscinny empezó a contactarse con otros historietistas franco-belgas y, especialmente, logró que Georges Troisfontaines lo llamara en 1951 para trabajar en la oficina parisina de World Press Agency (WPA), empresa que colaboraba con las editoriales de comics más reconocidas del momento. Allí conoció a quien sería su socio más memorable, el dibujante ítalo-francés Albert Uderzo, con quién escribió en esta época varias tiras como Sa Majesté mon mari (1952) o Jehan Pistolet (1952).

Más allá de esta colaboración puntual, en la década del cincuenta Goscinny empezó progresivamente a hacerse un nombre como guionista y dejó de dibujar, algo que nunca se le había dado bien, como atestiguan algunos de sus primeros comics como Dick Dicks (tira de 1950 que transcurría, no por búsqueda de efecto, en una Nueva York casi vacía). En esta nueva figura, realizó otros trabajos notables, especialmente en la revista belga Le journal de Tintin, pero también como independiente en el caso de Le petit Nicolas (originalmente una tira hecha entre 1955 y 1956 junto con Jean-Jacques Sempé) o su participación como redactor de guiones para la tira de de Morris, Lucky Luke (que ya existía desde 1946).

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Morris y Goscinny.
Morris y Goscinny.

Hacia 1956, sin embargo, Goscinny fue despedido de la WPA por intentar formar un sindicato que permitiera reconocer a los dibujantes como autores y no como “editores” de sus propias obras. Su amigo Uderzo renunció en muestra de solidaridad y juntos fundaron una nueva editorial llamada Édipress/Édifrance. En el marco de este emprendimiento desarrollaron la revista para adolescentes Pilote, aparecida por primera vez en 1959 y que Goscinny dirigió entre 1963 y 1974.

La importancia de Pilote, más allá del resto de su contenido, es inestimable para la historia del cómic, ya que en su número inicial apareció Astérix por primera vez. Esta tira luego tuvo un compleja historia propia, pero la llave de su éxito inicial fue la de haber sido atractiva para público de todo tipo. Con gags y referencias anacrónicas a la sociedad actual, las aventuras de los héroes galos entretuvieron a varias generaciones y contribuyeron a formar una idea de un pasado mítico francés, pero Astérix fue mucho más que una exaltación nacionalista, como a veces se cree. En la línea más conspiracionista, existen infinidad de artículos en internet que creen ver a Astérix como una copia (o por lo menos un “homenaje”) de Patoruzú de Dante Quinterno, tira a la cual seguramente Goscinny estuvo expuesto durante su infancia en la Argentina y con la que, de hecho, se puede establecer un paralelismo. Entre la idea del plagio y el patrioterismo, sin embargo, hoy son muchos más los teóricos que, como se ha indicado, a la luz de la biografía de Goscinny, prefieren ver en la tira una fuerte presencia multicultural y cosmopolita que, lejos de actuar como una expresión de la identidad francesa, hacía un comentario sobre una sociedad desde la posición privilegiada del outsider. Desde el punto de vista que sea, el atractivo de la aventura en Astérix era innegable y cada álbum se vendió de a millones.

Como no todo pasaba por los galos, en la década del sesenta Goscinny también participó en otras tiras, siendo las más notables Iznogoud (1962), dibujada por Jean Tabary para la revista Record, y Les Dingodossiers, aparecida en 1965 y dibujada por Gotlib para Pilote. En paralelo, empezó a incursionar en el cine como guionista de las primeras aventuras de Tintín de Hergé – Tintin et le Mystère de la Toison d’or (1962) y Tintin et les Oranges Bleus (1964) – además de escribir junto a Sempé el guión de Tous les enfants du monde (1964), cortometraje basado en las historias de Le petit Nicolas.

En los últimos años de su vida, hacia la década del setenta, más allá de sus compromisos previos con la historieta, el cine se mantuvo como una ocupación central de Goscinny. Se encargó junto con Uderzo de llevar a Astérix a la gran pantalla (de forma legítima, no como la película de 1967 que se hizo sin su autorización), haciendo en paralelo lo mismo con Lucky Luke.

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René Goscinny en su máquina de escribir.
René Goscinny en su máquina de escribir.

Aunque estaba en el apogeo de su esplendor, la muerte llegó inesperadamente a la vida de Goscinny el 5 de noviembre de 1977, irónicamente, cuando volvió preocupado de Jerusalén y estaba yendo en bicicleta a ver al cardiólogo. La presencia del gran guionista francés no se desvaneció ya que mucho de su material inédito fue publicado póstumamente y Uderzo lo homenajeó manteniendo su nombre como creador en las tapas de los nuevos Astérix que fue haciendo, aún muchos años después de fallecido.

Al día de hoy, Goscinny y su obra más paradigmática, Astérix – traducida a más de 100 idiomas y de la que se estima que se vendieron entre 300 y 500 millones de libros –, se mantienen como símbolos , ya sea de la esencia francesa o de las bondades del multiculturalismo, y continúan convocando a los lectores de todo el mundo.

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