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Primer Triunvirato

Después de los conflictos suscitados en la Primera Junta y la inoperancia de la Junta Grande, se decidió instituir un poder ejecutivo compartido como el que utilizaban los romanos: el Triunvirato. Después de los intentos fallidos de instaurar el Triunvirato, se recurrió a la figura directorial, forma que también fracasó hacia 1820, dejando al país en la anarquía y cada provincia librada al gobierno de su gobernador.

Manuel de Sarratea se encontraba fuera del país durante los días de mayo. Volvió semanas después de la muerte de su cuñado, sin que esta relación fuese un obstáculo para que la Junta Grande decidiera asignarle una delicada misión, negociar un armisticio con el príncipe Juan a fin de detener la invasión portuguesa a la Banda Oriental y el levantamiento del bloqueo de Buenos Aires. Su gestión contó con el invalorable apoyo de Lord Strangford.

Sarratea logró que el conde de Linhares detuviera el auxilio solicitado por Elío para romper el sitio y a su vez se comprometió a procurar que la Junta porteña suspendiera las hostilidades. Ante esta situación, Lord Strangford propuso al virrey Elío un armisticio garantizado por Inglaterra: la Junta retiraría las tropas del Uruguay y los españoles el bloqueo de Buenos Aires.

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Manuel de Sarratea.
Manuel de Sarratea.

Elío, acorralado en Montevideo, aceptó el armisticio pero la victoria de Las Piedras fortaleció la posición de los criollos. La Junta Grande, envalentonada, rechazó la propuesta de Sarratea. El promotor de este rechazo fue el mismo Dr. Campana, quien se expresó claramente: “Estas provincias exigen solamente ser manejadas por si mismas…”. A fin de no dejar dudas sobre sus intenciones, el gobierno de Buenos Aires accedía a asistir a España en su lucha contra Napoleón “siempre que se reconozca nuestra independencia civil”. Obviamente, la nota puso fin a las tratativas con el príncipe Juan y Sarratea volvió rápidamente a Buenos Aires para manejar desde aquí el asunto.

Liberados del armisticio, el ministro español en la Corte de Río, el marqués de Casa Irujo, aceptó el apoyo portugués que le ofrecía la Infanta Carlota, mujer de reputación vulnerada por su escandalosa conducta y de escaso crédito pecuniario por sus incontenibles despilfarros, pero que aún no perdía las esperanzas de verse coronada como Reina del Plata. A fin de aliviar las estrecheces de los sitiados, envió sus joyas a los jefes de Montevideo para reducirlas a metálico. La dádiva resultó exigua pero popularizó la figura de la princesa española entre los habitantes de la Fidelísima.

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Carlota Joaquina Teresa Cayetana de Borbón y Borbón.
Carlota Joaquina Teresa Cayetana de Borbón y Borbón.

El 6 de junio, el general Diego de Souza penetraba territorio oriental al frente de tres mil soldados portugueses, mientras Elío ceñía el bloqueo de Buenos Aires y la flota española cañoneaba a la ciudad.

Ante la desastrosa situación en el Alto Perú, Saavedra, desoyendo el consejo de sus amigos, decidió ponerse al frente del Ejército del Norte y hacia allí se dirigió mientras sus opositores tramaban su defenestración. Los morenistas, los carlotistas, los comerciantes afectados por el bloqueo y los jóvenes ilustrados que se reunían en el Café de Malco, es decir, el porteñismo más rancio, luciendo cintas[1] celestes y blancas en las solapas de sus trajes y las copas de sus sombreros, solicitaron un nuevo Cabildo Abierto, en el que se logró la destitución del secretario Campana y del alcalde Grigera. Ambos fueron alejados de sus puestos y desterrados. El nuevo Cabildo Abierto cursó mil invitaciones a la “parte principal y sana de la ciudad”, que no incluía precisamente a los orilleros.

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Francisco Javier de Elio.
Francisco Javier de Elio.

Para evitar intromisiones indeseables, el Regimiento de la Estrella, creado por French en apoyo a Moreno, cuidó la entrada de la Plaza de las Victorias como lo habían hecho los chisperos en mayo de 1810. La Junta Grande se vio obligada a entregar el poder a un Triunvirato conformado por el recién llegado Sarratea, el conocido Juan José Paso y Feliciano Chiclana, todos ellos porteños, morenistas, y centralistas. Si bien estas designaciones marcaban una tendencia, esta era confirmada por la presencia de Bernardino Rivadavia como Ministro de Guerra[2], el nuevo hombre fuerte del movimiento que pudo entonces dar curso a su soberana vanidad. Ya Mariano Moreno había advertido las ínfulas de este hombre que “sostiene un estudio abierto sin ser abogado y usurpa el aire de los sabios sin haber frecuentado sus aulas”. Al parecer, el casamiento con la hija de un virrey le había abierto más puertas de las que su talento lo hacía acreedor. Hombre de una energía avasalladora, sumado a un altísimo concepto de sus facultades, Rivadavia pronto se convertía en el centro de las empresas que acometía.

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Juan José Paso.
Juan José Paso.
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Feliciano Chiclana.
Feliciano Chiclana.

Los triunviros y sus secundones rápidamente derogaron algunas medidas proteccionistas dictadas por la Junta Grande. Por ejemplo, el carbón de piedra importado fue exento de impuestos en desmedro del carbón de leña producido aquí. El metálico se pudo extraer con más libertad y el British Commecial ejerció presiones para rebajar las tarifas aduaneras de los productos que importaba. De esta forma las mercaderías británicas, una vez más, pudieron venderse con escasos impuestos aduaneros en las calles de Buenos Aires y demás ciudades de las Provincias Unidas.

[1] Es aquí y no en los días de mayo de 1810 en que aparecen los colores patrios, es decir, como símbolo de la facción centralista o unitaria.

[2] Pocos días más tarde, por renuncia de los demás secretarios, Rivadavia fue nombrado Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, mientras Nicolás Herrera asumía en Guerra y Hacienda.

Extracto del libro Artigas: un héroe de las dos orillas de Omar López Mato (Ed. El Ateneo)

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