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Oona O'Neill, la hija de un premio Nobel que enloqueció a Salinger y se casó con Chaplin

Sufrió el abandono de su padre. Y fue la chica del momento en la Nueva York de los años '40.

Si alguien visita el cementerio de Corsier-sur-vevey, en Suiza, encontrará dos tumbas idénticas, paralelas, de cemento rectangular, emergiendo de un espeso macizo floral que está siempre cuidado, en cualquier estación del año. Son los últimos refugios de Charles Chaplin y Oona O’Neill, fieles esposos hasta la muerte, el del payaso inolvidable con las fechas 1889-1977, el de su mujer con las de 1925-1991. Un monumento a esa pareja que permaneció extrañamente junta, con ocho hijos de por medio, exilio en Suiza, y, sobre todo, la figura de Chaplin con su merecida fama de mujeriego, déspota, pequeño dictador de su casa capaz de absorber y manipular a alguien hasta volverlo su esclavo. Se llevaban, además, treinta y seis años. Todo indicaba que ese matrimonio terminaría rompiéndose, pero ahí está su tumba, como el gris testimonio de que bien (o mal) siguieron juntos hasta el fin, treinta y cuatro años después de su boda.

Oona O’Neill nació de casualidad en las Bermudas. Era hija del dramaturgo Eugene O’Neill, premio Nobel de Literatura, hombre de tieso bigote y alto grado de seducción, que no soportaba a los niños (“mis hijos son mis personajes”, dijo alguna vez) y que la abandonó cuando ella tenía dos años, marcándola para siempre.

O’Neill era un experto en el arte de “marcar” de ese modo a la gente a su alrededor: Eugene O’Neill Jr., su hijo, un importante especialista en Letras Clásicas de Yale, se suicidó a los cuarenta años, al igual que Shane, otro de sus hijos, adicto a la heroína.

Oona no vio a su padre en los siguientes cuatro años. Agnes Bolton, su madre, se hundió en la depresión y en el alcohol, y no le prestó demasiada atención hasta que una tarde de 1938 la vio emerger de su cuarto, a los trece, con el cuerpo y el pelo y la deslumbrante sonrisa y sensualidad que tendría a los dieciocho, y quedó impactada. ¿En eso se había convertido su hija? Después la escuchó hablar, con la desenvoltura y el desenfado de cualquier adolescente de la historia del mundo, y su estupor creció. Su hija se había convertido en eso, sí: una niña atractiva, de largo y encrespado cabello negro, que tarde o temprano empezaría a generar a su alrededor una nube de hombres zumbantes y serviles como moscas, pero con turbios corazones de ladrón de gallinero.

Como siempre, las madres no se equivocan. Cuando un par de años después Oona apareció como de casualidad en el primer club nocturno de Nueva York, a los hombres se les cayó la mandíbula hasta el piso. ¿Quién era esa chica? No tardó en saberse: era la hija de Eugene O’Neill, una pequeña diosa que partía la tierra a cada paso.

Oona comenzó a frecuentar el Storks Club, uno de los más famosos de la época, donde llamó la atención del mismísimo Truman Capote, que brindó con ella y sus amigas al grito de “¡Scotch Fitzgerald!”. En cierta medida, su generación fue la primera que no buscó “hombres para toda la vida” sino relaciones casuales, un preludio a la primer ola feminismo de los años ‘60.

La obsesión de Salinger

Para esa época un joven muy alto, tostado, de modales gentiles y una especie de rabia contenida que burbujeaba bajo la cordial superficie, se cruzó con ella. Se llamaba Jerry Salinger, y pocos años después se transformaría en un gurú de su generación con la publicación de El guardián entre el centeno.

No podía haber una diferencia mayor entre ellos. Salinger, que (antes de su reclusión voluntaria en una cabaña de Cornish) se movía cómodo en ese mundo de frivolidad, lo detestaba profundamente. Para Oona, ese mundo de apariencia, tragos y charla ligera era su hábitat natural.

Oona se mostraba porque su íntimo deseo era ser actriz, y la exposición dio sus frutos. En 1942 es elegida “debutante del año”, el equivalente a nuestro noventoso “chica del verano”, y sus fotos figuraban permanentemente en la sección de sociedad de los diarios.

Salinger le escribió a una amiga que Oona estaba profundamente enamorada de ella misma, como Salinger lo estaba de él mismo: “Oh, qué dos romances tan hermosos”, terminaba su carta.

En las sucesivas biografías de Salinger, el tema de su relación con Oona es sucesivamente tratado con delicadeza. Se dice que, como mínimo, era una relación casta, que no llegó a consumarse. Se veían en los clubes, salían a caminar, y eso era, probablemente, todo.

Salinger tuvo, a lo largo de toda su vida, una debilidad bastante manifiesta por la juventud, incluso por la infancia, y es razonable suponer que fue eso (la ingenuidad, la chispa, el encanto de Oona) lo que lo enamoró.

En cuanto a ella, bueno: él era escritor, y punto. Todavía no había publicado nada de peso (en esa época logra vender su primer cuento al New Yorker), pero había algo en él que indudablemente presagiaba que lo sería.

Lo cierto es que él se estaba tomando las cosas en serio cuando estalló la guerra y se alistó en el Ejército y a pesar de (según los cotillos) disponer de un solo testículo, fue aceptado y estuvo en el desembarco de Normandía, se dedicó a tareas de interrogatorio y contraespionaje y quedó marcado para siempre.

En medio de la locura de la guerra comprendió que la amaba como a ninguna otra cosa en este mundo, y le escribía continuamente, cartas de hasta doce carillas de longitud. Entonces, un día, sin que mediaran explicaciones, abrió el diario y se enteró de que Oona había contraído matrimonio con Charles Chaplin. Para peor, la niña de sus sueños protagonizaba publicidades en los diarios dedicada a los soldados que estaban luchando en el frente.

La suma de la guerra y el abandono de su mujer bien pueden explicar el espíritu rebelde y nihilista de Holden Cauldfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, un espíritu puro que odia la vida en sociedad, especialmente la de los clubes nocturnos, detesta el cine y tiene una relación ambivalente con las mujeres.

Para ese momento, la actividad social de Oona, por llamarlo de alguna manera, no había menguado. Siguió saliendo con hombres de lo más variopintos. El más famoso fue Orson Welles, que también era joven e impetuoso, y que una noche, en un bar, le leyó las líneas de la mano, especialmente la línea del amor, y le dijo que iba a conocer a un hombre y que iban a casarse y a tener muchos hijos. Le dijo, también, que ese hombre sería Charles Chaplin, lo que produjo en Oona una carcajada musical.

Meses después, sin embargo, la profecía se cumplió. Oona se había mudado a Hollywood para buscar trabajo como actriz. Chaplin estaba buscando protagonista para una de sus películas. Se conocieron y enseguida hubo chispa. Chaplin esperó a que Oona cumpliera dieciocho años para casarse con ella. Ya no volverían a separarse. Enterado del casamiento de su hija, Eugene O’Neill no le dirigió nunca más la palabra.

Señora de Chaplin

Pronto Oona quedó embarazada de su primer hijo, y luego del segundo, el tercero, el cuarto. Llevaba al quinto en el vientre cuando el tristemente célebre senador Joseph McCarthy comenzó a ocupar un lugar cada vez más poderoso en la política norteamericana, y acusó a Chaplin, sobre quien ya pesaban dudas desde hacía rato, de comunista, de violador y de muchas otras cosas.

La pareja tuvo que exiliarse rápidamente a Suiza. En los Estados Unidos había quedado el dinero familiar, guardado en una caja fuerte y en varias cuentas bancarias. Fue la todavía joven Oona la que tuvo que volver a California, retirar todo el dinero de las cuentas y de la caja fuerte, y llevarlo de nuevo a Suiza, escondido en su propio cuerpo, debajo de un gigantesco tapado de visón.

Oona no volvería a los Estados Unidos hasta 1967, a visitar a su madre, que estaba gravemente enferma, y que moriría poco después. En su Autobiografía, Chaplin recuerda con ternura y tristeza que en esa época descubrió las primeras canas en el pelo de su mujer, a quien siempre había visto como una niña.

La función de Oona en el libro (y en la pareja) dista mucho de la imagen que había entregado al mundo en su juventud. Fue, como se dice, una “esposa devota”, que prácticamente vivió embarazada, sirviendo a los caprichos de su marido y de sus hijos. Un apéndice del genio, dispuesta a acompañarlo en los homenajes que, con el paso del tiempo, no dejó de tener, como cuando la Academia de Hollywood le entregó un Oscar especial por su trayectoria.

Cuando Chaplin murió, ella se quedó desolada por un tiempo, rodeada de sus hijos y sus nietos. Se volvió alcohólica, tuvo algunos amantes ocasionales, más jóvenes que ella esta vez, y se fue apagando hasta morir de cáncer de páncreas.

Oona vivió una vida larga, rodeada de personajes intensos, que se cuentan entre los más interesantes de su época, pero su luz brilló en público en esos dos años en los que fue “la chica del momento” para la sociedad chic neoyorquina, y luego se apagó. Fue el paso de un cometa de extrema belleza que los dejó a todos enceguecidos un instante, y desapareció para siempre.

Esta nota fue publicada originalmente en Clarín

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