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Niní Marshall, la reina de la comedia

En un nuevo aniversario de su muerte recordamos a Niní Marshall, una de las comediantes más relevantes de la historia del espectáculo en la Argentina que, además de romper varias barreras en su ámbito, fue creadora de algunos de los personajes más icónicos de nuestra historia.

En un ámbito como la comedia, que históricamente ha tenido una marcad presencia masculina, es un placer descubrir que existieron intérpretes como Niní Marshall, que aún hoy es considerada una de las reinas del medio local. Recordada por sus caracterizaciones humorísticas de diferentes tipos de personajes que pululaban por el ámbito porteño a principios del siglo XX, a veces es fácil perder a la verdadera protagonista de esta historia.

Su nombre era Marina Esther Traverso y nació en el barrio porteño de Caballito un 1ero de junio de 1903. Llamada “Ninita” por su familia, era la menor de cuatro hijos de una pareja de asturianos que se habían conocido en la Argentina. No llegó a conocer a su padre ya que él murió sólo dos meses después de su nacimiento, pero ella recordaría a su infancia como un momento feliz. Aparentemente era tímida y le iba mal en la escuela, pero cuando llegaba el momento de lucirse podía ser una niña muy expresiva. Se interesó por todo tipo de actividades artísticas como la música, el dibujo, la danza y la actuación, y, si bien sus hermanos mayores lo desalentaban, su madre siempre le dio rienda suelta a su creatividad.

Quizás por eso, cuando terminó la escuela en 1921, se inscribió en la carrera de Letras, pero los mandatos de la época la obligaron a abandonar sus estudios en 1924 para casarse con Felipe Edelmann. Durante los primeros años del matrimonio intentó ensayar una tradicional vida doméstica y, además de seguir a su marido a La Pampa, tuvo su primera y única hija, Ángela, en 1926. Al poco tiempo, sin embargo, la relación se vino abajo debido a la ludopatía de Felipe que endeudó a la familia. Niní lo toleró hasta donde pudo, pero finalmente eligió privilegiar el bienestar de su hija y abandonó a su marido.

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Ahora madre soltera, se refugió en la casa de una de sus hermanas en la ciudad de Rosario, pero no tardó demasiado en convencerse de que debía poder valerse por sí misma y volvió a Buenos Aires a buscar trabajo. En 1933, con gran ayuda de su entorno, consiguió empleo en la revista Novela Semanal como redactora de una columna de temas femeninos auspiciada por General Electric. Con esta experiencia, de allí Niní rápidamente pasó, con el pseudónimo Mitzi, a las páginas de Sintonía, semanario dedicado a los sucesos radiales, y desde la columna “Alfilerazos” comentaba chismes de las personalidades del medio.

Considerando la importancia que la radio estaba comenzando a adquirir en el contexto argentino de la década del treinta, no sorprende que Niní se sintiera atraída a ella. Con muy poca experiencia y bastante suerte, en 1934 ganó un concurso y llegó al éter con el título de “cantante internacional”, bajo el nombre artístico de Ivonne D’arcy. Con este acto circuló por diferentes emisoras, pero un día Pipita Cano, conductora del programa El chalet de Pipita en Radio Municipal, la escuchó bromeando con los músicos y haciéndose pasar por una mujer española. Sabiendo ver el potencial de Niní y buscando agregar una nota humorística a su programa, Cano la invitó a participar de la emisión con un rol menor como la mucama gallega del “chalet” imaginario al cual iban sus invitados.

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Niní aceptó encantada y asumió su nuevo papel bajo el nuevo nombre de “Marshall”, inspirado por las primeras sílabas del nombre de su nuevo marido, Marcelo Salcedo. Por su parte, el personaje de la mucama, que ahora se llamaba Cándida, una gallega ingenua pero querible, se fue transformando en un suceso. Además de inspirar todo tipo de productos promocionales, logró abrirle puertas a su creadora. Niní se esforzó por lograr que la dejaran escribir sus propios sketches y, después de mucho insistir, logró derribar el mito de que sólo los hombres podían escribir para la radio y conseguir un espacio de cinco minutos libres en el programa de Juan Carlos Thorry en Radio El Mundo. Niní fue desarrollando nuevos personajes que incluso llevó al teatro, como Catalina “Catita” Pizzafrola, muchacha exótica basada en las chicas poco pulidas que venían de los barrios para encontrarse con los galanes a la salida de la radio, y resultó tan exitosa que, para 1937, ahora con su propio programa de media hora, fue reconocida como “Sensación Radiofónica” por la revista Sintonía.

Candida Niní Marshall
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<div>Niní con Juan Carlos Thorry.</div>
Niní con Juan Carlos Thorry.

Habiendo triunfado en este medio, no sorprende que por entonces también pegara el salto al cine, después de mucho rezongar, por pedido del director Manuel Romero. Su primera experiencia fue Mujeres que trabajan (1938), película para la cual pudo escribir sus diálogos y encarnar a Catita en el rol de vendedora. Considerando la fama del personaje, no sorprende que la cinta haya sido bien recibida, inspirando al año siguiente una película de Cándida (1939), además de la filmación del famoso “tríptico” que volvió a unir a Niní con Romero, Divorcio en Montevideo (1939), Casamiento en Buenos Aires (1940) y Luna de miel en Río (1940).

NiNI MARSHAL CATITA

En los siguientes diez años la filmografía de Niní sobrepasó las veinte películas y, en conjunto con su actividad radial y teatral, no dejó de cosechar éxitos. Con gran disciplina creadora, a lo largo de los años fueron apareciendo varios de los que serían sus personajes más reconocidos como la cantante de ópera Giovanina Regadeira, la judía ropavejera doña Pola, la niña Jovita, eterna solterona, y Doña Caterina, la abuela italiana de Catita que no había logrado adaptarse a la Argentina. Todas estas caracterizaciones, en conjunto, fueron el resultado de una composición basada en la aguda observación de Niní que, al darles una actitud y un lenguaje propio a cada una, terminó logrando crear, como señalaba el periodista Ricardo Warnes en la década del sesenta, “una imagen fiel y viva de Buenos Aires”.

El camino del éxito, sin embargo, se topó con la censura producto de los vaivenes políticos de la República Argentina. En 1943, por orden de los flamantes gobernantes militares del Grupo de Oficiales Unidos debió abandonar la radio. La razón, según el comunicado que se le envió, era que sus personajes “deformaban” el idioma del pueblo. Vedada en este medio, Niní siguió trabajando en teatro y, en la medida de lo posible, dadas las restricciones que caían sobre el celuloide en los años de la guerra, en el cine nacional y latinoamericano. Así y todo, con la llegada del peronismo al poder, la situación empeoró para ella. Aunque no se definía políticamente, nunca se mostró a favor del régimen y no resulta difícil imaginar que a esta apatía se sumara un cierto desdén hacia su representación caricaturesca de los sectores populares. Fuera o no querida, por lo menos, pudo seguir trabajando hasta 1949. Ese año, aparentemente por orden expresa de Eva Perón, se cancelaron todos los proyectos cinematográficos de Niní debido a que había llegado a los oídos de la Primera Dama que la cómica había hecho una imitación poco favorecedora de ella en una fiesta privada. Niní decidió entonces exiliarse en México, donde conoció a quien sería su tercer marido y realizó nuevas películas con gran éxito, pero no retornó al cine nacional hasta 1956, luego de la caída de Perón.

El regreso de Niní al ámbito nacional fue feliz, pero palidecía en comparación con lo que habían sido sus años de auge a fines de los treinta. En esta instancia, sin embargo, ella dio forma también a nuevos personajes, como la aristocrática Mónica Bedoya Hueyos de Picos Pardos, y logró encontrar éxito en la televisión. Para alguien que se tomaba tan en serio el trabajo previo de escritura, el medio le parecía demasiado improvisado, pero eso no quitó que sus apariciones en el ciclo Sábados Circulares de Pipo Mancera en 1967 le sirvieran para acercar su trabajo a toda una nueva generación de espectadores.

A este resurgimiento se sumó su último gran espectáculo en el ámbito del café-concert, Y… se nos fue redepente, hecho bajo los auspicios del productor Lino Patalano en 1973. Esta obra unipersonal, escrita en la década del cuarenta, pero juzgada demasiado oscura entonces, retrataba el ficticio funeral del zapatero del barrio y permitía a Niní, en un perfecto resumen de lo que había sido su carrera, retratar a todos sus personajes más conocidos. El espectáculo resultó tan exitoso, que terminó siendo representado más de 1500 veces en la Argentina y en otros países.

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Niní Marshall recibiendo el premio Podestá a la Trayectoria.
Niní Marshall recibiendo el premio Podestá a la Trayectoria.

Después de unas últimas apariciones a inicios de la década del ochenta, Niní decidió después de muchos amagues retirarse definitivamente, convencida, como ella decía, de que no quería “asistir a sus propios funerales”. Según su hija, le costó muchísimo tomar la decisión, pero entre su retiro y su muerte el 18 de marzo de 1996, junto con decenas de homenajes y reconocimientos, pudo, por lo menos, ser testigo de la trascendencia que habían tenido sus creaciones. Hasta el último momento se mostró agradecida por el amor de su público y, humilde como siempre, repitió que ella simplemente quería ser recordada como “una señora de su casa que se hizo la graciosa”.

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Sombrero perteneciente a los vestuarios de Marshall en el Museo del Cine.
Sombrero perteneciente a los vestuarios de Marshall en el Museo del Cine.

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