Medicina

Médicos Reales

Algunos médicos son más reales que otros. No porque los primeros no existan o los segundos estén constituidos por materiales más tangibles (habrá quien dirá, con espíritu filosófico, que no es necesario tocar algo para que ese algo sea parte de la realidad), sino porque estos últimos tuvieron reyes, reinas, príncipes, zares y emperadores como sus pacientes.

Fueron sacrificados profesionales, sometidos a caprichos reales (tan reales que lindaban con lo fantástico) o a furias principescas, sacados de sus camas a horas impiadosas. Sus opiniones fueron sometidas a las pasiones extemporáneas, propias de los siniestros personajes que siempre rodean al poder.

Vituperados, malinterpretados y hasta mal pagos, los médicos reales sufrieron tanto o más que sus colegas de menor alcurnia.

Todos sabemos quiénes fueron los Luises de Francia, o los Carlos de Inglaterra. Sabemos también quién fue la recatada Reina Victoria o la lujuriosa Catalina, pero pocos médicos recordamos a estos humildes servidores que pusieron su ciencia al servicio de monarcas caprichosos, en el mejor de los casos; despiadados y sanguinarios las más de las veces. Sus aciertos podían conducirlos al Olimpo hipocrático, pero sus fracasos terminaban, con suerte, en una muerte rápida y poco dolorosa, en lugar de interminables torturas, tormentos o desprecios.

A ellos, este homenaje.

Andreas Vesalio (1514-1564)

Aunque nacido en Bruselas (a pesar de lo que su nombre nos induce a pensar), estudió en París y fue profesor de Anatomía en Padua, donde Ticiano lo inmortalizó en un relato.

Vesalio tuvo la osadía de desdecir a Galeno. La mandíbula era un solo hueso, y tanto el hombre como la mujer lucían la misma cantidad de costillas, aunque el Creador hubiese tomado prestada una de Adán, para su eterno desconsuelo. Fueron sus servicios reclamados por los monarcas más poderosos de su tiempo, ya que su fama había traspasado toda frontera.

Carlos I de España y su hijo Felipe II lo llamaron a su lado para asistirlos en la lucha contra la gota, una más de las pesadas herencias familiares. Enfermedad de reyes, pero enfermedad al fin, la gota regía los designios del rey del medio mundo conocido. Sus noches de dolor dejaban a Felipe tan deprimido como la pérdida de la Gran Armada a manos de las picardías de Drake (o Draquez, como gustaban llamarlo los españoles entre maldiciones a su ascendencia y descendencia). Allí estaba Vesalio, solícito y atento, ofreciendo todo lo que sabía y hasta lo que se imaginaba que debía saber. En los momentos en que la gota e indigestiones de Felipe lo dejaban libre, Vesalio seguía escarbando entre los cadáveres que el monarca tan generosamente le proveía, para continuar acumulando conocimientos sobre la anatomía humana, volcados después en su monumental De Humana Corporis Fabrica.

A veces, algún grande de España osaba molestarlo para saber qué opinaba sobre esas bubas o aquellos chancros. Ciertos personajes eran tan morosos en la consulta que ya llegaban muertos. Esto le pasó con una dama de la más alta alcurnia, cuya familia dio en llamarlo cuando, en opinión del gran Vesalio, la dama ya había pasado a mejor vida. Ya sea por curiosidad científica o como excusa para saber qué la había arrojado a los reinos de los cielos, Vesalio propuso a la familia una autopsia. Para no contrariar al magnifico Vesalio y de paso saber realmente qué había matado a tan noble dama, acordaron que Vesalio procediese con la necropsia. Cuál no sería la sorpresa de todos al incidir Vesalio el abdomen de la dama de rancio abolengo, cuando esta se incorporó de su supuesto lecho mortuorio con un grito de dolor, para quedar exánime pocos instantes después. Tan exánime como Vesalio al constatar que el corazón de la “occisa” aún latía.

La Historia, apiadada de tan magnifico escolástico, dice que Felipe II lo envió al extranjero en misión diplomática (al igual que cuando nuestros políticos meten la pata). Vesalio emprendió el camino hacia Jerusalén, donde podría expiar sus pecados.

En este periplo encontró la muerte, sin que nadie haya hurgueteado entre sus entrañas para saber por qué las Parcas habían usurpado su alma. Vesalio está enterrado en la isla mediterránea de Zante.

Ambroise Paré (1510-1590)

Otro grande de la medicina que sirvió no solo a uno sino a cinco reyes fue el celebre Ambroise Paré, llamado “El Padre de la Cirugía”. En esos tiempos los cirujanos tenían como de buena práctica la costumbre de echar aceite hirviendo sobre las heridas de bala. Durante el sitio de Turín, Paré, cirujano de los ejércitos del rey francés Francisco I, se quedó sin aceite en medio de la contienda. Esto hubiese sido un mayúsculo inconveniente para un médico de menores recursos, pero no para Ambroise Paré, quien pudo poner en práctica sus propias ideas. Aplicó entonces una mezcla de huevo, agua de rosas y trementina, vendó a los enfermos y se fue a dormir. No sabemos cómo durmió Paré esa noche, pero los soldados curados con su emplasto pudieron conciliar el sueño y al día siguiente estaban mucho mejor, mientras que aquellos tratados con aceite hirviendo estaban, obviamente, fritos.

Como ya dijimos, Paré fue médico de Francisco I, muerto a los 53 años, (para esos años, y con la vida que llevaba, era un verdadero longevo) y de Enrique II, muerto en 1559 por una astilla clavada en la órbita ocular durante un torneo amistoso con Lord Montgomery. Paré no se resignó a la impotencia y estudió, en cuatro cabezas generosamente donadas por el verdugo local, la mejor forma de tratar la herida del dolorido monarca. A pesar de sus esfuerzos, el rey no tuvo suerte y terminó con sus ancestros en las criptas de Saint Denis.

Después sirvió a Francisco II, aunque fue por poco tiempo, ya que un absceso de oído se lo llevó a los 17 años a la tumba. Carlos IX pasó a mejor vida a los 24 años, consumido por la tuberculosis. Poco pudo hacer por él don Paré: el remedio para la tisis recién llegaría cinco siglos más tarde.

Por último, Enrique III fue eficientemente asesinado. Para cuando Paré fue convocado, solo restaba firmar el parte de defunción.

A pesar de ser Paré un hugonote, su tísico paciente Carlos IX lo mantuvo protegido durante la trágica noche de San Bartolomé, donde miles de protestantes franceses pagaron con sus vidas por sus creencias. “Es razonable que un hombre que vale lo mismo que todo un mundo de hombres sea protegido”, afirmó Carlos mientras Paré esperaba en los aposentos reales.

El afecto que Carlos le tenía a Paré no se debía solamente a sus antecedentes. Se le atribuye la siguiente anécdota. Carlos IX creía en los poderes del bezoar (concreción pétrea que se encuentra en el intestino de los rumiantes y al que los persas le daban poderes de antídotos contra cualquier veneno). El rey estaba muy contento con su piedrita y se creía inexpugnable. Paré expresó su incredulidad y le sugirió un experimento. Uno de los cocineros de palacio había robado un tenedor de la vajilla del rey y por eso condenado a la horca (es lo que hoy llamamos “tolerancia 0”). Llevado ante el rey, le dio a este la oportunidad de ingerir un veneno para después ser desintoxicado con el famoso Bezoar. De más esta decir que el reo aceptó gustoso. La poca vida que le quedaba no le alcanzó para arrepentirse. Murió poco después entre terribles dolores ante la impotencia del bezoar. El rey guardó la piedrita en una vitrina y nunca más habló del tema.

El triste fin de Don Lópes

Menos suerte que Ambroise Paré tuvo Don Rodrigo Lópes (no es un error de ortografía: así se escribía el apellido de este médico sefaradí nacido en Portugal hacia 1520). Perseguido por la Inquisición, buscó nuevos horizontes en Inglaterra. Sus méritos lo convirtieron en médico de la Reina Virgen (como les gustaba suponer a los inocentes súbditos de Isabel I).

No solo aprovechaba Isabel los conocimientos científicos del doctor Lópes: como este era políglota, la asistía en algunas tareas diplomáticas. Tiempos difíciles para esto ya que, derrotada la Gran Armada, se discutía en la corte la posibilidad de firmar la paz con España. Para complicar más el panorama, se encontraba en Inglaterra Don Antonio, hijo ilegítimo del rey de Portugal, desplazado este por Felipe II de España. Un buen día un embajador de Felipe II le ofreció a Don Lópes diamantes y rubíes a cambio de envenenar a Antonio. Horrorizado, Lópes le contó lo sucedido a Isabel, quien no lo tomó en serio (vaya uno a saber por qué; quizás desde entonces los médicos ya teníamos fama de pánfilos en las lides políticas). Los españoles subieron la apuesta y le ofrecieron 50.000 coronas para terminar con Antonio. Indudablemente, una buena cifra. Pero el doctor Lópes era hombre de honor. Mientras Lópes se resistía, se enteró de esta conspiración el pérfido Duque de Essex, que hacía las veces de Ministro de Relaciones Exteriores. El duque apresó a los españoles y les hizo confesar lo que fuere mediante sofisticadas torturas. A continuación lo apresaron a don Lópes, con solo mostrarle el potro y el látigo, el doctor Lópes, por ese entonces en sus setenta, firmó lo que le pedían a cambio de no sufrir. Llegó a admitir su participación en una conspiración para eliminar a su querida Reina Virgen.

Moraleja: terminó en la Torre de Londres con un juicio sumario que lo condenó a la muerte. La reina se resistió a creer esto de su fiel Lópes, pero el Duque de Essex pudo más. Mandó a colgarlo. Estando aún vivo, fue destripado y castrado.

Isabel lloró a su sabio galeno y usó hasta el fin de sus días el anillo que el buen doctor le había dado, además de asistir a su familia en cuanto pudo. Triste final para Don Lópes.

El médico enamorado

John Radcliffe (1652-1714) fue médico de Guillermo II —el borracho y cascarrabias marido de la Reina Ana, inmortalizada en un juego de comedor—. Ardua tarea la de Radcliffe, que debía pedir permiso al Consejo Privado del Rey cada vez que tenía que aplicar algún tratamiento a su regio paciente, circunstancia que le ocasionó múltiples disgustos.

“Jamás he leído a Hipócrates en mi vida”, se ufanaba Radcliffe frente a sus alumnos. Y no mentía: el buen doctor leía poco y lo pregonaba a los cuatro vientos. Sin embargo, atesoró una enorme biblioteca que más tarde donó a la Universidad de Oxford. “Es como un eunuco en un serrallo”, se mofaban de él los envidiosos de siempre al verlo entre tantos libros que no usaba.

Al buen doctor se le dio por enamorarse a los sesenta años. Aparentemente, este idilio lo hizo descuidar a sus regios pacientes y así se lo recriminaron cuando murió la Reina Ana. “¡Solo Radcliffe podría haberla salvado!”, exclamaron sus enemigos por no haber estado en el momento en que se lo necesitaba. Cuando fue acusado de la muerte de la Reina por los parlamentarios, alegó haber sufrido un severo ataque de gota. El doctor Radcliffe falleció al mes siguiente, quizás demasiado viejo para estar jugando al enamorado.

Médicos vacunadores

Después que Jenner descubrió su famosa vacuna contra la viruela, los médicos ingleses ganaron fama de inoculadores.

Todo el mundo quería un médico inglés para que le infundiese la inmunidad contra esos males que, de no matar, le dejaban a uno pocos vistosas marcas de por vida. Aun así, el procedimiento no era inocuo. Por esos años la mortalidad por la vacunación ascendía a un 4%.

Catalina, la libidinosa zarina rusa, contrató a un médico inglés, Thomas Dimsdale (1712-1800), para que inoculase, en ella y en el gran Duque Pablo, el virus atenuado de la viruela. Esto fue sugerido por Voltaire (no solo estaba versado en filosofía y literatura, sino que tenía el buen sentido de anticiparse a los problemas). “Es curioso —diría después Voltaire— cómo los médicos usamos tratamientos de lo que pocos sabemos, para curar enfermedades de las que conocemos aun menos en seres humanos que nos son completamente extraños. Sin embargo, tantos desconocimientos funcionan”.

El doctor Dimsdale —cuáquero, para más señas— recibió en compensación 10.000 libras, más 2000 libras en concepto de gastos, 500 libras como pensión y un titulo de barón ruso que no debe haber utilizado mucho.

De las 200 personas que inoculó, Catalina eligió a un niño al que humorísticamente rebautizó como “Vaccinof ” (chiste ruso).

Un toque de distinción

A todo esto, muchos reyes se sentían también tocados por poderes divinos, que no solo les permitía gobernar a “piacere” a sus súbditos, sino también, cada tanto, impartirles bendiciones terapéuticas.

Parece que esta costumbre nació entre los franceses con el rey Clovis (494 a. C.). Este creía que, tocando las escrófulas (ganglios linfáticos del cuello agrandados por la tuberculosis), estas retrogradarían inmediatamente. Que los reyes creyesen en sus poderes vaya y pase, pero que lo hiciesen sus súbditos suena ridículo.

Ante los “éxitos” terapéuticos de los franceses por este “toque real”, los reyes ingleses decidieron imitarlos. Carlos II, vuelto de su destierro, era un fanático de este rito. El mismo año de su retorno tocó a 6725 súbditos. A lo largo de su reinado fueron más de 92.000 los regiamente manoseados, sin que estadista alguno demostrase la efectividad del toque monárquico. La costumbre persistió. La reina Ana posó sus dedos sobre el sabio Sammuel Jonhson cuando este solo tenía dos años. De por vida lució sus cicatrices en el cuello.

La costumbre subsistió hasta 1824, año en que se enunciaba la segunda ley de la termodinámica. Conocíamos cómo funcionaba el universo, y Guillermo III, para no desilusionar a sus súbditos, dejaba caer sus dedos sobre aquel que le pidiese tal dispendio real. Acompañaba su toque, diciendo con un dejo de resignación: “Dios te conceda mejor salud y más discernimiento”.

Después de esto vino Mesmer con sus magnetos, y no hicieron falta más reyes. Le siguieron la guerra napoleónica, y con el Gran Corso murieron millones de personas (más por el tifus que por las balas). Lo sucedió su sobrino con la intención de cumplir los sueños imperiales de la familia.

Todo hubiese sido perfecto para Napoleón III y su hermosa emperatriz española, la sublime Paris, embellecida por Haussman, y sus conquistas (tanto geográficas como femeninas). Pero dos cosas se interponían entre él y la felicidad: Bismark y un cálculo en la vejiga. El primero terminó con sus ilusiones épicas en la batalla de Sedan. El segundo le arruinaba sus conquistas mundanas en el lecho imperial. A esto debemos agregarle estrecheces por uretritis gonocóccicas mal curadas. Nuestro galán no la pasaba nada bien. Estas le impidieron gozar de su momento de gloria durante la apertura del canal de Suez. La emperatriz Eugenia de Montijo debió escuchar sola el estreno de Aída por la indisposición del emperador.

Liberado de sus pesados trabajos imperiales, después de haber perdido la guerra francoprusiana, tenía Napoleón (ex III) tiempo para su salud. Las buenas migas que había hecho con su vecina Victoria le permitieron un dorado exilio en Inglaterra. Bueno, no tan dorado mientras tuviese esa piedra que le molestaba cada vez que orinaba… cuando debía cumplir con sus funciones maritales, al verse privado de tantas amantes.

La reina Victoria le presentó al urólogo Henry Thompson (1820-1904), que había tenido el buen tino de ensayar esta cirugía diez años antes en Leopoldo I de Bélgica. Napoleón se entregó a los sueños del nuevo cloroformo, y Thompson pudo reducir el cálculo exitosamente... aunque no debe haber calculado todo bien, porque tres días después el ex N.º 3 de los Napoleones pasó a unirse con su tío y su primo (léase: el N.º1 y el N.º2).

Médico y amigo

La reina Victoria contó con un médico y amigo a lo largo de su largo reinado. Sir James Reid (1849-1923) había nacido en Escocia y estudiado en Alemania. Quizás esto le hiciese recordar el idioma de su amado Alberto y el acento de su devoto Highlander John Brown (el amante de la Reina, después que Alberto pasó a mejor vida).

Victoria abusó de su derecho real a la hipocondría. Ya fuese en Balmoral o en Windsor, el doctor Reid era llamado hasta seis veces por día para atender las ñañas reales. No había día libre o vacaciones para esta monarca preocupada en exceso por el estado de su economía corporal, y hasta llegó a escribirle al buen doctor Reid durante su luna de miel a fin de informarle sobre el funcionamiento de sus intestinos.

Esta regia intimidad dio al doctor Reid un enorme poder, al extremo de sugerir cuál primer ministro era más adecuado para el bienestar de la reina.

Fue el doctor Reid quien convocó a Lister, promotor de la asepsia quirúrgica, para drenar el absceso que comprometía al regio glúteo de Victoria.

Como el divertimento real era ver niños llegar a este mundo y almas partir de este valle de lágrimas, el doctor Reid era el acompañante adecuado para “bienvenir” a vástagos reales al mundo y despedir a aquellos que partían con un solo boleto, sin pasaje de vuelta. Todos los funerales eran por él preparados, contemplando detalles infinitesimales. Aun las propias exequias de la reina fueron organizadas por el mismo doctor Reid, quien introdujo subrepticiamente en el sarcófago la foto del amante real, su caballerizo John Brown.

El doctor Reid comentó orgulloso que, durante los años que había atendido a la reina, jamás la había visto sin ropas. Nos cabe preguntar si de lo mismo podía ufanarse el tal John Brown.

Muerta Victoria, le tocó el turno de ascender al trono al cincuentón Eduardo, que por poco no llegó a utilizar por séptima vez ese nombre entre los reyes de Inglaterra. Después de haber esperado por tantos años su coronación, Eduardo sufrió una apendicitis. Un psicoanalista hubiese tenido para dos años de terapia con este acto fallido. Lo cierto es que Lister hizo el diagnóstico y llamó como cirujano al que más experiencia tenía en esa técnica en Inglaterra. Esto que hoy nos parece tan vanal (una apendicitis), casi un acto de vulgaridad, era una operación terrible hacia el 1900, más tratándose de una panza real y con toda la nobleza europea que estaba esperando para la coronación. El cirujano llamado a cumplir esta misión era el doctor Frederick Treves (1853-1923). Este célebre cirujano, aquel que describió al Hombre Elefante y contó su trágica historia, puso su dedo sobre el abdomen imperial en un punto debajo y al costado del ombligo, que poco antes había descripto un americano llamado McBurney (1845-1913), de obvia ascendencia escocesa. Eduardo —casi VII— estalló en un grito:

“Hay que operar, su majestad. ¡Ya!”, anunció el doctor Treves.

“Pero ¿que vamos a hacer con los reyes, reinas, duques y princesas que esperan la coronación?”, preguntó Eduardo.

“Hay que operar, Sire”, insistió Treves.

“¿Y que haremos con las langostas, el caviar, los faisanes y los ciervos listos para el convite?”, preguntaron los ministros.

“Operar ya, su majestad”, contestó Treves, impasible.

“Dígame, doctor Treves —atinó a preguntar el dolorido Eduardo—, ¿no podemos posponer esto unos días?”

“Entonces, Sire, llegará a Westminster Abbey no como monarca, sino convertido en cadáver”.

El cuasi rey fue operado exitosamente en su casa. Los monarcas, príncipes y duques de Europa volvieron a sus casas desilusionados por haberse perdido la fiesta.

Ese día en los hospitales de Londres los felices pacientes comieron Consomé de faisán aux, querelles y cotellote de Beucasines a la Souvarof

Una forma muy elegante de redistribuir la riqueza.

Dejá tu comentario