MúsicaMaria Theresia Von Paradis | Antonio Salieri | Karl Stoerk | Anton Mesmer | Wolfgang Amadeus Mozart | María Antonieta | Louis Braille

Maria Theresia Von Paradis: la compositora ciega

A pesar de que desde los tres años perdiera por completo la vista, esto no fue impedimento para que la producción y obra de esta gran pianista, cantante y compositora no dejara de destacar. Sus aportes fueron fundamentales para la educación musical de su época, especialmente para los invidentes.

Nació en Viena el 15 de mayo de 1759, en el seno de una familia acomodada, culta y con cierta capacidad de poder, ya que su padre, Josef Anton Von Paradis, era el Secretario Imperial de Comercio de la Corte de la emperatriz María Teresa I de Austria, y su madre, doña María Rosalía Von Paradis, era la hija del Director del Ballet de la Corte de esta excepcional mujer que gobernó sobre los dominios de los Habsburgo. Ya desde muy pequeña, María Theresia, demostró una increíble sensibilidad melódica y un virtuosismo innato para el piano, razón por la cual sus progenitores se encargaron de que recibiera una excelente educación musical por parte de notables músicos de la época. Tomó clases con el pianista Leopold Koželuch, entrenamiento vocal con Vincenzo Righini y Antonio Salieri, y teoría compositiva con los maestros Abbé Vogler y Carl Friberth. Con tan solo once años de edad debutó tocando el órgano y cantando en la iglesia de los Agustinos de Viena ante la emperatriz María Teresa, quien movida por la curiosidad del rumor que corría por toda la ciudad de que una niña ciega tocaba con formidable talento había decidido asistir al evento. María Theresia, al percatarse de que la gran soberana del imperio austrohúngaro estaba presente en su concierto, le dedicó fragmentos del Stabat Mater de Pergolesi arreglados por ella misma (cuya partitura se encuentra actualmente en el Museo Tiflológico de Viena). Las notas musicales que iban desprendiéndose de los dedos de la virtuosa impúber, provocaron en la archiduquesa de Austria tal impresión al escucharlas que decretó el otorgamiento de una beca vitalicia de 200 florines para que no dejara nunca de ejercer sus habilidades artísticas y creativas (dádiva que fue retirada tras el fenecimiento de la misma por su sucesor José II, quien no vio la necesidad de donar el óbolo a la concertista). Para sus dieciséis, María Theresia ya era reconocida por los círculos artísticos vieneses como una cantante e intérprete virtuosa. Pocos años más tarde, respaldada por su virtuosismo y notoriedad, comenzó a componer piezas para piano y para voz, las cuales fueron sumamente bien acogidas y celebradas tanto por el público entendido como por afamados músicos que le eran contemporáneos.

Durante buena parte de su niñez y adolescencia, María Theresia fue sometida a los tratamientos del médico oficial de la Corte, Karl Stoerk, para curar su ceguera, hasta que se enteró de la existencia de Anton Mesmer (cuya fama se había extendido desde el año 1773, cuando con unas barras de hierro imantadas curó, milagrosamente, al profesor Osterwald, presidente de la Academia de las Ciencias de Múnich, de una parálisis crónica) y lo hizo llamar para devenir su paciente. Las pocas sesiones que se dieron entre Mesmer (inventor de la terapia de magnetismo animal y precursor de la hipnosis moderna) y María Theresia fueron impactantes para ambos. Mesmer, quien ya utilizaba música y atmósferas lumínicas en sus terapias, quedó profundamente impresionado por la música de la joven compositora ciega, mientras que ella quedó a su vez muy conmovida con la vivencia casi mágica y milagrosa que sus encuentros produjeron sobre su capacidad visual. En apenas siete sesiones con los imanes, efectos sonoros y lumínicos como ondas vibratorias emitidas por campanas y coro de voces de niños, ella recuperó parcialmente la vista, llegando no a poder distinguir nítidamente las figuras de los otros, pero sí los colores que emanaban de sus cuerpos, la luz que albergaba el interior de los seres (efecto que duró el tiempo en el que Mesmer se mantuvo en Viena). En una carta dirigida a su exprofesor y amigo Antonio Salieri, María Theresia, para finales de 1779, escribió: “Todos estamos hechos de un color. ¿Lo sabes? No homogéneo, porque nada es completamente blanco ni negro en el mundo. ¿Pero entendes lo que son los colores? El azul, dicen los demás que es el cielo. Para mí es la tranquilidad de una mañana tras un sueño reparador en el que nuestros miembros parecen haber vuelto a nacer, y suena delicioso y sereno. El verde, no son solo los campos. Es la sonrisa pícara que en silencio nos dirige alguien a quien queremos, pero cuyo cariño la sociedad nos obliga a mantener en secreto. Un verde que reluce cuando sabemos que, en breve, quizás esa tarde o al día siguiente, volveremos a encontrarnos entre la gente sin poder tocar nuestras manos; es como una melodía sensual y vivaracha. El rojo es una boca abierta, jugosa como la cereza que apenas se deshace en la yema de los dedos con una pequeña opresión. Naranja son las manos que acarician castamente, como las de mi abuela cuando se despertaba en su lecho de enferma y me atraía hacia sí. Y el violeta es el aroma de los días de fiesta y los vestidos nuevos, los zapatos que todavía aprietan el pie y los caramelos de los niños el día de su santo”. María Theresia, sin escudriñamiento alguno había convergido en lo que casi un siglo más tarde se denominaría “música impresionista”.

Stoerk, celoso de la fama y de la pujante notoriedad de Mesmer, comenzó una intensa y boicoteadora campaña en su contra (bajo las acusaciones de brujería y magia negra), la cual culminó de manera trágica y terrible (especialmente para la compositora). El enamoramiento surgido entre Anton y María Theresia resultó la excusa perfecta para que Stoerk (quien había descubierto el acaecimiento durante uno de sus incontables asedios a su colega galeno) previniera al padre de la artista acerca del hecho y que este estallase en colérica furia, y que el asunto deviniera en un duelo a espadas entre Von Paradis y Mesmer, instancia absolutamente abrumadora para la versada música, cuyo impacto la dejó nuevamente completamente ciega (y esta vez para siempre). Mesmer tuvo que abandonar Viena y María Theresia no tuvo otra opción que resignarse a ello, pero guardando en lo más interno de sí la presencia viva, sanadora y contenedora de Mesmer, y al decir de sus propias palabras en su diario escritas: “Su imagen me plena, me soporta, me mantiene viva… Nada más merece la pena ser visto. Solo es esencial esta fuerza invisible que me traspasa y que me toca el corazón, mi mente y mi alma”. Con Mesmer, después de diecinueve años bajo el sometimiento del padre, María Theresia cambió su carácter, se transformó en una mujer extrovertida y divertida, desarrollando su capacidad de empatía y de relacionarse socialmente. Fue gracias a esta transformación psicológica que comenzó a componer sus propias obras y a dar conciertos de las mismas. En uno de esos conciertos, en 1783, entre el público se encontraba Wolfgang Amadeus Mozart, el cual quedó impresionado no solo por las composiciones de la artista sino también por la maravillosa interpretación y ejecución instrumental que ella había hecho de sus obras. Al finalizar el espectáculo, el célebre músico se acercó a felicitarla y entre ellos nació una veraz amistad que duraría toda la vida (y tras la muerte). Al año siguiente de ese transcendental encuentro para ambos, el ingente compositor le dedicó el Concierto para piano nº 18 en si bemol mayor (del cual ella había sido parte de su creación, aportando arreglos a pedido del autor). Casi una década más tarde, en 1791, ella le dedicó La Cantata en la mayor (pieza creada catárticamente, a modo de consuelo por la muerte de su querido amigo).

En 1785, tras el fallecimiento de su padre y liberada del yugo que el mismo había sabido –patológicamente– ejercer(le), María Theresia emprendió una gira europea que duró tres años y estableció su residencia en Paris. Viajaba acompañada por su madre y por su compañero, amanuense y letrista de algunas de sus óperas, Johann Riedinger, quien había creado para ella el “musicógrafo” (tabla de composición que consta de cinco tablillas horizontales a modo de pentagrama con la notación musical en relieve, lo que permite que no solo las personas con ceguera puedan leer música sino también las personas con visión), y con una máquina de escribir para ciegos ideada por Wolfgang von Kempelen. Durante el principio de su estadía parisina, entabló amistad con la reina María Antonieta y se convirtió en artista de la Corte (tesitura que duró hasta la abolición de la monarquía francesa, el 21 de septiembre de 1792, cuando la familia real fue encarcelada en la torre del Temple). Mientras su fama crecía, su vocación docente también, pulsión que la llevó a que la escritora alemana, Sophie La Roche (con quien había entablado amistad después haberla impresionado por sus habilidades como persona con ceguera), la presentara con Valentin Haüy (un profesor entusiasta con la idea de crear un colegio para niños y niñas no videntes), con quien terminó compartiendo la fundación de la primera escuela para ciegos, La Institution National de Jeunes Aveugles, a la cual asistió un alumno al que más tarde se le reconocería mundialmente como al creador del método de lecto-escritura para personas con ceguera, Louis Braille, quien cuando conoció a María Theresia quedó impresionado por su capacidad y sus métodos de aprendizaje. (Louise Braille estudió música, formándose hasta conseguir ser violonchelista y organista de la iglesia Santa Ana de París, comisión que le permitió recaudar el dinero para el desarrollo del método que lleva su apellido y que fue inspirado por el método que utilizaba María Theresia para recordar sus estudios, el cual consistía en una especie de almohadilla donde pinchaba unos alfileres con un cierto orden, indicando la altura y duración del sonido y utilizando caracteres romanos).

Posteriormente a haber tocado en Londres junto al Príncipe de Gales (quien era una gran violonchelista y amante de las fugas de Handel), con el rey Jorge III como parte de los espectadores, su gira europea se extendió a Hamburgo (donde conoció a Carl Philipp y Emanuel Bach), a Berlín y Praga (ciudad a la que volvió en 1797 para la producción de su ópera Rinaldo und Alcina -partitura perdida-). Para mediados de la última década del siglo XVIII, Maria Theresia decidió reinstalarse en su ciudad natal y dedicarse a la enseñanza casi exclusivamente. En 1808 fundó su propia escuela para niñas en Viena, donde ejerció como profesora de piano, canto y teoría musical, especializándose en personas no videntes, y en la que solía compartir conciertos con algunas de sus alumnas más destacadas. Paralelamente, durante esa época, desarrolló una serie de obras didácticas para ayudar a sus alumnas a entender y ejecutar la música, y compuso sus Fantasías para piano en Sol mayor y Do mayor –partituras también extraviadas-. La dama vienesa continuó enseñando y dando conciertos dominicales en su propia casa hasta que murió en Viena un 1º de febrero de 1824 y fue enterrada en el cementerio de Sankt Marx, próxima a la tumba de su gran amigo Mozart.

Links a interpretaciones contemporáneas de algunas de las piezas musicales compuestas por María Theresia von Paradis:

gvg
Concierto en la Lauderdale House de la chelista Susanne Beer junto al pianista Frederic Bager interpretando "Sicilienne".
gggvvg
Concierto del pianista Perry Mears interpretando "Fantasie for Pianoforte".
tgttgt
Concierto de la mezzosoprano Natalia Kawalek y la pianista Joelle Bouffa interpretando "Morgenlied eines armen Mannes".

Dejá tu comentario