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Manuel Godoy: La historia de un arribista

Nadie puede explicar cómo este joven extremeño, sin otra virtud que su apostura haya llegado a ser árbitro de los destinos de un imperio. Su impericia militar e inexperiencia diplomática no fueron obstáculo para un ascenso meteórico, solo impulsado por la simpatía que había despertado en la Reina María Luisa de Parma y su marido, el Rey Carlos IV de España. Mucho se ha dicho sobre el vínculo que unió al joven y apuesto militar con la desabrida soberana, pero por más que existan comentarios de testigos, no hay un testimonio fidedigno, una carta, un documento que demuestre la relación que todos sospechaban. Sin embargo era el comentario en la corte de las frecuentes visitas del teniente a los aposentos reales, era el pincel de Goya quien resaltaba la similitud de los rasgos de algunos hijos de la pareja con el oficial que de a poco se hizo con los hilos del poder. Dicen que la Reina posó su real mirada en Manuel cuando en un viaje al Palacio de La Granja, el caballo del guardia se encabritó y arrojó al jinete. Éste, a pesar de estar herido, se repuso, dominó al corcel y continuó el viaje. Al día siguiente María Luisa se interesó por el estado del joven y fue a visitarlo. Desde entonces la carrera de Godoy fue incontenible, más cuando por orden de los monarcas se pone al frente del gobierno español, al tiempo que los reyes de Francia ascendían al patíbulo. Carlos IV deposita su confianza en este “hombre nuevo” de la política española y le confía los destinos de la nación y su futuro como monarca.

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 Francisco de PaulaDetalle del cuadro: La familia de Carlos IV - de Goya

Francisco de Paula

Detalle del cuadro: La familia de Carlos IV - de Goya

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Retrato de Manuel Godoy por Goya
Retrato de Manuel Godoy por Goya

No fue culpa ni ambición de parte mía”, escribió Manuel en sus memorias, ya que al estar libre de influencias y relaciones anteriores era, a los ojos de Carlos, el hombre ideal para tomar los hilos del poder en una corte intrigante y llena de prejuicios y rencores. En apenas 7 años el extremeño hacía una fulminante carrera. En signo de reconocimiento el Rey le cedió el palacio del marqués de Grimaldi, donde Godoy acumularía una selecta colección de arte (entre las que se destacaban pinturas eróticas como la de la célebre maja que se vestía y desnudaba por sólo el accionar de una palanca).

Godoy no solo sedujo a la pareja real sino a gran parte de la sociedad española que vio con buenos ojos al joven ministro que declara la guerra a la República Francesa en 1793.

Con ese pragmatismo que lo caracterizó, Godoy pudo sortear el desfavorable curso de la guerra que había iniciado y convertirlo en un logro personal al firmar el tratado de Basilea. Por obra y gracias de los Reyes, Manuel pasó a convertirse en el nuevo Príncipe de la Paz y lograr el tratamiento de alteza real. Una derrota lo llevó a la cúspide del poder.

La paz de Basilea también conllevó un total replanteamiento de la política exterior, que en 1796 concluyó con el primer tratado de San Ildefonso. Este acuerdo establecía la alianza hispano-francesa y Napoleón lo renovó en 1800. Para el emperador galo, el apoyo de la marina de guerra española resultaba vital en su lucha a muerte contra Inglaterra, en la que se jugaba la supremacía en el continente.

A partir de entonces, la política de Godoy, supeditada a los intereses napoleónicos en la península, se convirtió en una sucesión imparable de fracasos. Su mayor exponente fue el descalabro de la armada hispano-francesa en Trafalgar (1805), que consagró a la flota británica como hegemónica en el Atlántico cortando el vínculo con las colonias españolas de ultramar (circunstancia que Inglaterra aprovecharía un año más tarde en el Río de la Plata).

La mayor parte de los historiadores coinciden en que Godoy no estaba a la altura de los grandes estadistas del momento, como el inglés Pitt o el francés Talleyrand. Sin embargo, al extremeño no le faltaba capacidad de trabajo ni cierta visión política. Simpatizante de corrientes culturales progresistas, como la de los ilustrados, frenó la censura efectuada por el tribunal de la Inquisición e impulsó la construcción de obras públicas y la creación de instituciones culturales y benéficas. Pero el acercamiento a los sectores más progresistas se truncó en 1798 cuando Godoy fue destituido. Francia no se fiaba del ministro razón por la cual había presionado a Carlos IV para que le apartase del poder. Sin embargo, el príncipe de la Paz conservaba la confianza de los reyes (y al decir de las malas lenguas, algo de intimidad )razón por la cual recuperó las riendas del gobierno tan solo dos años después, en 1800.

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Manuel Godoy, joven Guardia de Corps, pintado por Francisco Folch de Cardona,
Manuel Godoy, joven Guardia de Corps, pintado por Francisco Folch de Cardona,

Una vez más al frente del Estado, buscó aliados en los que apoyarse. Ya no podía contar con los ilustrados, a los que había decepcionado con el corto alcance de sus reformas. Entonces intentó aproximarse a los sectores más conservadores de la sociedad. Pero los mismos que le habían aplaudido como militar capacitado y enérgico defensor de la monarquía pasaron a ser sus mayores detractores. Pueblo y nobles, al considerarle el prototipo de cortesano venal, le volvieron la espalda y pusieron sus ojos en el príncipe Fernando convertido en "El deseado ", la esperanza de España

Alentado por su esposa, María Antonia de Nápoles, y por el que fuera su preceptor, el canónigo Escoiquiz, Fernando profesaba un odio visceral hacia el valido, al que acusaba de pretender usurpar los derechos que por nacimiento correspondían al heredero.

Los bandos enfrentados tenían un punto en común: las negociaciones con Napoleón, que jugaba al mismo tiempo con los dos grupos para conseguir sus propios fines.

En 1807, Godoy llegó a un acuerdo con el emperador francés para invadir Portugal, un tradicional aliado de Inglaterra que se negaba a cerrar sus puertos al comercio británico, de acuerdo con el “bloqueo continental” impuesto por el Gran Corso.

En virtud del tratado de Fontainebleau, España y Francia decidieron dividir en tres partes el reino lusitano. La del sur pasaría a manos de Godoy, que se convertiría en príncipe de los Algarves. Para ejecutar el plan previsto, las tropas napoleónicas comenzaron a entrar en la península.

Los partidarios del príncipe de Asturias aprovecharon la situación para difundir el rumor de que los franceses iban a derrocar a Godoy. En tal estado de cosas, el descubrimiento en El Escorial de un plan urdido por Fernando y su camarilla contra los monarcas y el valido sirvió de pretexto para destapar el odio de la corte hacia Godoy.

El rey ordenó detener a su hijo y le obligó a confesar su participación en el complot. El príncipe, haciendo gala de su mezquindad, delató a todos sus cómplices. Sin embargo, ante la opinión pública apareció como un mártir perseguido por el favorito envidioso.

El partido fernandino aprovechó el encono popular para organizar un movimiento revolucionario –el motín de Aranjuez– con el propósito de derrocar a Carlos IV y elevar al trono a Fernando.

El proceso pasaba por acabar primero con su valido, y el 17 de marzo de 1808 se tomó al asalto la mansión que Godoy tenía en Aranjuez. Cuando la multitud llegó a las puertas del palacio del príncipe de la Paz, arrasó con cuanto encontró a su paso. No hallaron al valido, pero sí a su esposa, María Teresa de Borbón y Vallabriga, a la que liberaron por cuanto la consideraban su primera víctima (era de dominio público la relación que Godoy mantenía con su amante Pepita Tudó desde antes de su matrimonio y la modelo de las majas de Goya)

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Pepita Tudó La maja vestida (1800 - 18005) - Goya
Pepita Tudó
La maja vestida (1800 - 18005) - Goya

Temiendo por su vida, Godoy se había escondido entre las alfombras del desván. No apareció hasta tres días más tarde, cuando la sed le obligó a abandonar su escondite y a ofrecer joyas y dinero a un soldado a cambio de agua. Conducido entonces ante el príncipe Fernando, entre los vituperios de la muchedumbre, este declaró que le perdonaba la vida mientras le anunciaba la celebración de un juicio justo. Poco después, asustado y solo, Carlos IV abdicó en su hijo. Curiosamente Carlos confiaba mucho más en Manuel que en Fernando ? Acaso no veía en la relación escandalosa con María Luisa la infidelidad tan comentada ? Carlos siguió confio en Godoy hasta el final de sus días ....

A Godoy se le incautaron sus bienes y se le encarceló, primero en Pinto y luego en Villaviciosa de Odón. El juicio no llegó a celebrarse por la parodia que tuvo como actores a la familia real.

La entrada la dio Carlos IV cuando, tras su forzada abdicación, escribió a Napoleón suplicándole la intervención de Murat, general en jefe del ejército en España, a favor de Godoy: “Quieren matar al príncipe de la Paz –escribió–. Su único crimen es el de haberme sido leal toda su vida. Su muerte será la mía”. Y la reina añadió: “Que el gran duque obtenga del Emperador que nos den al Rey mi esposo, a mí y al príncipe de la Paz lo necesario para vivir los tres juntos en un lugar que convenga a nuestra salud sin autoridad ni intrigas”. Una singular menage a Trois...

Las presiones francesas consiguieron que el nuevo rey, Fernando VII, dejara en libertad al prisionero y, por indicación de Bonaparte, se trasladara con él a Bayona, donde se reuniría con la familia real para, en presencia del emperador, dirimir juntos sus diferencias.

Allí acaba la comedia y comienza el drama. Tras un sinfín de reproches, Fernando devolvió la Corona a su progenitor, que a su vez abdicó el 5 de mayo de 1808. Con su renuncia, Carlos IV reconocía a Napoleón como el único capaz de mantener el orden en la península.

Solo le imponía tres condiciones para disponer del trono español: garantizar la integridad territorial del país, asegurar su independencia y mantener el culto católico. A cambio de la renuncia de sus derechos, Carlos recibió los castillos de Compiègne y Chambord, una dotación anual de seis millones de francos y la promesa de que al valido le serían restituidas sus posesiones.

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Godoy retratado por Agustín Esteve
Godoy retratado por Agustín Esteve

La aventura del exilio

Se iniciaba así el largo exilio este trío inseparable, mientras Fernando VII, reconocido rey por una parte de los españoles, permanecía retenido en Valençay en un dorado cautiverio y José Bonaparte intentaba gobernar desde el trono en que le había instaurado su hermano.

Compiègne fue la primera etapa del exilio, acompañados por una numerosa corte en la que se incluía a la amante oficial del valido, Pepita Tudó, a sus dos hijos y a la hija habida de su matrimonio con la condesa de Chinchón...

Las penalidades no tardaron en aparecer. Las asignaciones económicas eran escasas para mantener la farsa cortesana, y el grupo recorrió itinerante diversas poblaciones francesas ante el recelo de Napoleón y sin encontrar un lugar donde asentarse. En Marsella, las penurias económicas fueron tan acuciantes que los reyes se vieron obligados a empeñar objetos de plata y joyas, mientras Godoy pedía empréstitos a parientes y conocidos.

Por fin, buscando la protección del Vaticano y de los Borbones italianos, en octubre de 1812 se instalaron en Roma. Primero lo hicieron en Villa Borghese; luego, en el palacio Barberini. A los reyes se les destinó la primera planta, mientras el valido y su familia habitaban los bajos.

La situación económica era cada vez más delicada. Los préstamos se sucedían unos a otros. Por Roma circuló el rumor del extraordinario valor de las joyas de la reina de España, y el príncipe Torlonia fue el primero en ofrecer a Carlos IV una importante suma, contando con que, ante la imposibilidad de devolvérsela, el ya anciano monarca saldara la deuda con las alhajas.Estando en Roma recibieron a los miembros de una de sus colonias que venían a ofrecer una jugosa pensión de por vida a estos reyes menesterosos y cedían al menor de los príncipes para gobernar esas tierras lejanas .Belgrano, Rivadavia y Sarratea lograron interesar al Rey y al Príncipe y ya tenían constitución y todo por firmarse cuando aparece Napoleón una vez más en escena y deja trunco el arreglo .Argentina se quedó sin rey y los Borbones sin plata .

La relación tan particular entre el ministro y la reina se puso en evidencia al saberse que María Luisa había instituido como legatario universal a Godoy. Fue en 1819 cuando la reina María Luisa enfermó gravemente. Lo que pareció una indisposición sin importancia acabó en pocos días con su vida. El desenlace fue tan inesperado que Carlos IV, a la sazón en Nápoles, no pudo acudir a su lado. Quien, sin embargo, no se separó de la cabecera de la enferma fue Godoy.

La reina de Etruria (hija Carlos y María Luisa) escribió a su hermano Fernando VII en estos términos: “Cuando yo vi que la cosa iba mal ... dije que era hora de quitarle de su lado a Manuel, que no la ha dejado ni siquiera un momento, y de hacer entrar a los curas [...]. Siento en el alma que papá no se haya hallado aquí, pues mamá preguntaba por Su Majestad; el día antes de morir me llamó a su cama y me dijo: ‘Que voy a morir; yo te recomiendo a Manuel; puedes tenerlo y estar segura de que no puedes tener una persona más afecta a ti y a tu hermano’”.

En correspondencia, el extremeño escribió a Pepita Tudó: “Ya no existe mi protectora. Murió Su Majestad la reina”. En agradecimiento por una amistad de tantos años, María Luisa le nombró heredero universal, aunque su marido aún vivía.

Godoy todavía se quedaría más solo. Diecisiete días después, Carlos IV siguió a su mujer a la tumba. Y lo que es peor, desde España, Fernando VII iba a emplear todos los recursos posibles –espías, litigios, degradaciones...– para acabar con el valido.

El ocaso trágico

Fernando VII no cejó hasta desposeer a Godoy de sus títulos de nobleza. Ello y un litigio por las joyas de la reina acabaron con la tranquilidad vivida en el palacio Barberini. A la escasez financiera se sumaron las desgracias personales. En 1828 murió la condesa de Chinchón, la esposa lejana, y poco después Luis, uno de los hijos habidos con Pepita Tudó. La relación con quien durante tantos años había sido amante fiel y compañera de infortunio también se deterioró.

Al enviudar, Pepita Tudó le exigió su derecho a convertirse en su esposa; pero cuando contrajeron matrimonio la relación se deterioró. Pepita ansiaba triunfar en los salones. Donde había reinado como concubina quería dominar como esposa. El hogar de los Godoy se convirtió en una fiesta continua, en un derroche sin sentido. La bancarrota fue prácticamente inevitable. La solución al desastre económico pareció venir de París, cuando el rey Luis Felipe les ofreció una pensión vitalicia de 5.000 francos anuales.

Godoy se instaló con su familia en la capital francesa en 1832. Pero en su nuevo hogar Pepita continuó su carrera por lograr su reconocimiento en sociedad y, pese a la escasez de fondos, organizó recepciones, dio suntuosos bailes y contrajo deudas. Las disputas se sucedieron hasta que ella decidió marchar a Madrid para no regresar.

Entretanto, en París, Godoy mantuvo sus modales pulcros y su simpatía habitual. De Madrid iba a llegarle la última gran alegría de su vida. En 1843, un Godoy decrépito recibió una visita inesperada: se trataba del escritor Ramón Mesonero Romanos, quien escuchó sus quejas y se escandalizó al conocer la realidad en la que vivía el antiguo príncipe de la Paz. De regreso a la corte española, Mesonero consiguió que Isabel II firmara el 30 de abril de 1844 un decreto por el que se le devolvían sus antiguos bienes.

No fue fácil. Los tribunales escucharon el recurso presentado por Pepita Tudó y, en espera de sentencia, se confiscó la fortuna. En compensación se le devolvieron a Godoy sus antiguos títulos y se reconoció su graduación militar. De modo paralelo, su hija Carlota, princesa Rúspoli, le concedió una pensión de 12.000 duros anuales.

Posiblemente, en estos últimos años, rehabilitado a ojos de sus contemporáneos, Manuel Godoy consideró la posibilidad de regresar a España. Pero la lucidez que pocas veces lo abandonó, le hizo comprender que ya no era más que un extranjero en su tierra. Afincado definitivamente en Francia, aún le quedó tiempo para ver la revolución de 1848 y a un nuevo Bonaparte en el poder, Luis Napoleón.

Este arribista, leal a la corona, malabarista del poder y del deseo, murió en tierras lejanas y fue enterrado en el célebre cementerio de Père-Lachaise, lugar donde deberían morir también las vanidades, aunque subsistan en títulos y monumentos. En el caso de Godoy eligió el que con orgullo luciera en vida, el Príncipe de la Paz. Quizás sus huesos la tengan.

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Tumba de Godoy en el cementerio de Père-Lachaise.
Tumba de Godoy en el cementerio de Père-Lachaise.

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