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Macedonio Fernández y la inexistencia del yo

Este abogado y escritor, filósofo profundo y humorista sutil llegó a este mundo en una Argentina convulsionada por la revolución que Mitre hacía por la elección fraudulenta de Avellaneda y murió en 1952 en pleno gobierno del General Perón, del que fue acérrimo opositor.

Hijo de una familia acomodada, egresó del Nacional Buenos Aires y posteriormente estudió abogacía a la vez que publicaba sus primeros artículos que incluiría años más tarde en su libro “Papeles antiguos”. En la facultad conoció a Jorge Guillermo Borges, el padre de Jorge Luis, admirador de su obra y sobre todo de sus largas conversaciones donde exponía su fino humor.

De inclinación socialista, confraternizó con Leopoldo Lugones y José Ingenieros.

En 1904 publicó sus primeros poemas en la revista “Martin Fierro” y tres años más tarde un trabajo sobre las nuevas tendencias en psicología, fruto de un intercambio epistolar con William James.

En 1920 muere su esposa y abandona la profesión de abogado; un año más tarde comienza una larga relación amistosa con Jorge Luis Borges que durará hasta el final de sus días.

Hombre de inteligencia proverbial, ferviente cervantista, tenía una veneración supersticiosa por todo lo argentino. Según Borges, postulaba la metafísica de la inexistencia del yo. A esta tendencia Borges la llamaría “Socratismo macedónico”. Desde 1928 en adelante publica “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”, “Papeles de Recienvenido”, “Museo de la Novela de la Eterna”, “La niña del dolor” y “Una novela que comienza”.

En 1927 haciendo alarde de esa ironía que lo caracterizaba, Macedonio se presentó como candidato a presidente en las elecciones que llevaron a Alvear a la presidencia. Su experiencia proselitista la relató en un libro donde describe la distinta percepción de los interlocutores.

En el verano de 1952 mientras agonizaba, una mosca ingresó en la habitación de Fernández y una de las personas presentes pidió un diario para espantarla. “Que sea un periódico de la oposición”, se lo oyó decir con voz débil pero claramente a este filósofo que es más recordado por su estilo literario que por sus pensamientos filosóficos.

Su originalidad y concepción estilística influenció en una generación de escritores argentinos como Borges, Piglia y Cortázar, quizás la más brillante de nuestra historia.

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