LugaresLos Zetas | armas | dinamita | kaibiles | mafia | México

Los Zetas

En noviembre de 1999, Osiel Cárdenas Guzmán, capo del cártel de Golfo, intercepta con su gente en Matamoros (noreste de México) un auto en el que viajan un agente de la DEA, uno del FBI, y... un informante. Los agentes muestran sus placas. Osiel les dice: "pero ése que llevan es nuestro, gringos..." refiriéndose al delator. No le importa matar a los agentes, pero sabe que de hacerlo su suerte estará echada, lo perseguirán sin cuartel hasta matarlo. Los deja ir (al informador no, por supuesto), les "informa" que ese es su territorio, que no pueden controlarlo allí y que no se les ocurra volver por la zona.

Los norteamericanos ofrecen dos millones de dólares por la cabeza de Osiel. Cuando Osiel se entera, se vuelve paranoico. Ve enemigos por todas partes, desconfía de todos, hasta sus colaboradores más confiables podrían ser informadores. Decide que tiene que aumentar su potencia de fuego y su fuerza de choque, así que arma su propio ejército. Tiene material de sobra para elegir: soldados corruptos y desertores del cuerpo de élite del ejército mexicano, del GAFE (grupo aeromóvil de fuerzas especiales –grupo diseñado justamente para capturar a criminales como él–), ex kaibiles guatemaltecos (que a su vez habían sido instructores y maestros de la GAFE), ex maras... lo mejor de cada casa, digamos.

Uno de esos rambos mexicanos es el exteniente Arturo Guzmán Decena que, como Osiel, es cínico, ambicioso y despiadado. Osiel paga mucho mejor que el gobierno mexicano, y Arturo trae con él unos treinta desertores, gente pesada sin escrúpulo alguno, entrenada para matar sin miramientos. Así nace el ejército privado de Osiel: Los Zetas. El nombre deriva del código utilizado por los soldados del GAFE para comunicarse entre sí por radio: “Z”. Así, Arturo Guzmán Decena se convierte en Z1.

En el atormentado territorio de México, la escalada de atrocidades de los Zetas aumenta la presión nacional e internacional para que capturen a Osiel Cárdenas. El ejército lo captura en marzo de 2003 en Matamoros y lo encierra en la cárcel de La Palma. Pero aún encerrado en una cárcel de máxima seguridad su liderazgo no se ve afectado en lo más mínimo, hasta tal punto que en la cárcel misma nace una alianza entre el cártel del Golfo y el de Tijuana (y, Dios los cría y ellos se juntan).

Sin embargo, con Osiel encarcelado los Zetas, inicialmente el brazo armado del cártel del Golfo, empiezan a mostrar signos de emancipación cada vez más evidentes. Han tomado lo peor de los cuerpos paramilitares, lo peor de la mafia, lo peor del narcotráfico. Desde el punto de vista militar, es difícil competir con los Zetas: llevan chalecos antibalas, cascos de kevlar y su arsenal incluye los más modernos fusiles de asalto, ametralladoras, lanzagranadas, granadas de fragmentación, máscaras antigás, dispositivos de visión nocturna, dinamita y helicópteros. Además, el nivel de profesionalidad de los Zetas es altísimo y usan un moderno sistema de escuchas. Tienen tecnología sofisticada, utilizan señales de radio encriptadas y usan Skype en lugar de teléfonos normales. Los Zetas se dedican a todas las facetas del crimen: el narcotráfico es su veta madre, pero también efectúan robos, extorsiones, secuestros y crímenes por encargo. Oferta variada y amplia.

Tienen una organización jerárquica muy estricta; cada célula tiene su jefe de plaza y su propio administrador que gestiona las finanzas. Los roles están bien definidos, cada uno con su nombre: las Ventanas (jovencitos que dan la voz de alarma cuando se acercan policías), los Halcones (se ocupan de distribuir la droga), los Leopardos (prostitutas que sacan a sus clientes información útil), los Mañosos (se ocupan de las armas), los Estacas (sicarios), los Cobras (extorsionadores), la Dirección (cerebros del grupo). Es una organización piramidal eficiente, de modelo similar al de las mafias. Durante dos años, blanquean millones de dólares al mes a través del Bank of America, nada menos.

Los Zetas aman hacer visible su crueldad; ésta funciona más si el miedo se propaga de boca en boca. Su “departamento de marketing” muestra en video las decapitaciones, ahogamientos, despellejamientos; tienen predilección por el uso de las motosierras. Quieren que sus víctimas griten y saben cómo hacerlas gritar, y sus gritos tienen que llegar a todo México y al mundo también.

Además, algo los distingue de los otros cárteles de la droga: no tienen un territorio, una ubicación geográfica definida. Actúan en todos lados. Colocan pancartas y avisos en todo México: “Los Zetas te quieren a ti. Buen sueldo, comida, atenciones a tu familia. Ven con nosotros, ya no sufras maltratos ni hambre.” Su poder es enorme. “El gobierno de Calderón tiene que pactar con nosotros, porque si no lo hace nos veremos obligados a derrocarlo y a tomar el poder por la fuerza”, dicen. El sistema de las pancartas funciona, y entonces otros cárteles comienzan a usar el mismo método para reclutar gente. De hecho, algunas de las pancartas de los cárteles invitan a unirse a ellos para actuar contra los Zetas, a quienes califican como “las bestias del mal”.

No hay límite a la brutalidad de los Zetas: cadáveres colgando de los puentes, cuerpos decapitados y descuartizados en los contenedores de basura, fosas con decenas de cadáveres amontonados.

Una vez independientes por completo, los Zetas deciden atacar a sus antiguos “jefes”: el cártel del Golfo. Para ello hacen alianza con los cárteles de Tijuana y Juárez. El centro de su poder económico se sitúa en la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo, estado de Tamaulipas, pero su poder está esparcido por todo el país.

Los Zetas matan a quien sea: jefes de policía, ministros, políticos, nada les importa. Cuando realizan sus operaciones visten de negro, se pintan el rostro de negro, conducen todoterrenos y a menudo usan uniformes de la policía o de la AFI (agencia federal de investigación). La mutilación y desmembramiento de cadáveres es marca registrada de los Zetas. Era frecuente que cortaran los genitales de su víctima (antes o después de matarla) y se los metieran en la boca; luego cortaban en pedazos, deshollaban su cara y la pegaban a una pelota de fútbol que metían en una bolsa de basura con un mensaje para su próxima víctima: “que tengas un feliz año, porque para ti será el último.”

Esto es algo que hacían al por mayor, matando cantidades de enemigos a los que colgaban todos juntos de los puentes, muchas veces con los ojos arrancados de sus órbitas. Los Zetas añadían, a la brutalidad, la humillación, dando un paso evolutivo a la crueldad. El horror queda impreso en el cuerpo y su imagen se propaga, haciendo el horror interminable.

Z1, Arturo Guzmán, es asesinado en 2002 en Matamoros. El nuevo líder pasa a ser Heriberto Lazcano (Z3), el segundo narcotraficante más buscado después del Chapo Guzmán. Lazcano es asesinado por el ejército en 2012, y sus hombres roban su cuerpo de la morgue. Miguel Ángel Treviño Morales (Z40), es ahora el nuevo jefe. Es detenido en 2013. A partir de entonces y durante todo el gobierno de Peña Nieto, los Zetas pierden fuerza y territorio. Hacia fines de 2013 los Zetas se encuentran replegados en seis estados. Para 2016 las autoridades afirmaban que su fuerza ya sólo se concentraba en un estado: Tamaulipas. En 2017, la DEA confirma que como consecuencia de la captura de más de treinta de sus principales líderes, así como de la presión de los cárteles rivales, la aplicación de la ley mexicana y los conflictos internos, los Zetas han perdido fuerza y terreno en el mundo del narcotráfico y en el contrabando de drogas entre México y Estados Unidos.

Sin embargo, los Zetas aún tienen su influencia en el norte de México.

Y el horror de sus crímenes es imposible de olvidar.

Dejá tu comentario