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"Los libres del Sur"

El 29 de octubre de 1839 un grupo de estancieros del sur de la provincia de Buenos Aires se reunió en la localidad de Dolores y lanzó desde allí una proclama contra el orden rosista. El llamado "grito de Dolores" adquirió entidad histórica propia, incluso superior a su real trascendencia, ya que una semana después los sublevados eran derrotados en las inmediaciones de Chascomús y sus principales jefes eran encarcelados, ejecutados o debían tomar el camino del exilio. Sin embargo, su valor libertario y la difusión literaria le dieron un lugar prominente en nuestra historia.

El primer sorprendido por la proclama fue el mismo don Juan Manuel de Rosas, a quien su edecán despertó de la siesta para comunicarle la noticia. En realidad, el Restaurador estaba al tanto de los preparativos de la rebelión por las infidencias de un paisano de la zona. Sin embargo, cuando la noticia fue confirmada, manifestó su pesar porque no terminaba de entender cómo era posible que los estancieros del sur, gente que conocía desde hacía años, miembros de su propia clase, con quienes había compartido sueños y trabajos, se levantaron contra su gobierno. Eso era a su entender, una traición, sin vuelta y debía ser reprimida antes que esa gangrena se extendiese a toda la sociedad.

Por tal razón, ordenó a su hermano Prudencio y a los oficiales Vicente González y Nicolás Granado, que procedieran a reprimirlos sin miramientos.

¿Por qué se alzaron en armas los estancieros del sur? En principio, el bloqueo francés iniciado meses atrás perjudicaba económicamente a los grandes terratenientes bonaerenses.

Por su parte, se sabe que Rosas ganaba adhesiones y castigaba infidelidades repartiendo o quitando tierras. Como consecuencia de la crisis promovida por el bloqueo francés, una de las medidas tomadas por el gobierno fue la de empezar a revisar los contratos de las tierras entregadas en enfiteusis, la figura jurídica creada por Rivadavia como garantía del Empréstito Baring. La oportunidad fue aprovechada por los terratenientes porteños, incluido el propio Rosas, para acaparar tierras públicas sin pagar un peso o pagando monedas.

Como consecuencia del bloqueo se achicaron los ingresos por alquileres. Para juntar más fondos, ya que el bloqueo afectaba los ingresos aduaneros, una de las medidas alternativas fue aumentar el canon. Los estancieros, acosados por este aumento del valor locatario e imposibilitados de vender su producto por el bloqueo se alzaron en armas.

La rebelión del sur estaba relacionada con una serie de levantamientos promovidos ese año bajo la mirada interesada de la diplomacia francesa. Castelli, un antiguo granadero e hijo del prócer de Mayo, estaba en comunicación con la Comisión Argentina en Montevideo integrada por unitarios y federales antirrosistas, y conocía la movilización de tropas dirigidas por el general Lavalle.

Según se sabe, Juan Galo Lavalle tenía pensado desembarcar con sus hombres en Ensenada. La rebelión de los hacendados se articularía con ese desembarco que a su vez contaría con el apoyo de las tropas que en las afueras de Buenos Aires iba a liderar Ramón Maza, hijo de un íntimo amigo de Rosas y, a su vez casado con una sobrina del gobernador. Nada de eso ocurrió. Lavalle no desembarcó en Buenos Aires, y recién en 1840 intentaría avanzar hacia la ciudad porteña desde Entre Ríos. Por su parte, los Maza fueron ejecutados por un miembro de la temible mazorca, el capitán Manuel Gaitán, quien actuó creyendo complacer a Rosas. Este hombre terminó ejecutado por orden del gobernador.

Los promotores e ideólogos de esta conspiración fueron los jóvenes intelectuales de la Asociación de Mayo. Ellos, con Alberdi a la cabeza, negociaron con los franceses, redactaron el programa, aseguraron el financiamiento de las tropas de Lavalle, apalabraron al coronel Ramón Maza y entusiasmaron a Castelli y a Ambrosio Cramer (otro ex granadero) en una célebre reunión en la estancia de los Ezeiza. Como si eso fuera poco, un afiliado de la Asociación, Marco Avellaneda, organizó la rebelión contra el orden rosista en el norte del país.

Sin embargo, y a pesar de la extensión de la conspiración esta fue desbaratados. En el norte, los generales Lamadrid, Lavalle y Avellaneda mordieron el polvo de la derrota frente a las tropas de Oribe y Pacheco en Quebracho Herrado, San Calá y a las puertas de Tucumán.

En la ciudad de Buenos Aires Ramón Maza y su padre Manuel Vicente, fueron ejecutados. El padre fue acuchillado en su despacho de la Sala de Representantes. Maza padre fue asesinado la noche del 27 de junio de 1839 por el capitán Gaitán. Al otro día, en la cárcel era ejecutado su hijo Ramón de 29 años. Con Rosas no se jugaba, mucho menos cuando los responsables del juego pertenecían a su círculo íntimo. Sus cadáveres fueron arrojados a una fosa común en el Cementerio de la Recoleta.

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Asesinato de Manuel Vicente Maza. Óleo del pintor Benjamín Franklin Rawson.
Asesinato de Manuel Vicente Maza. Óleo del pintor Benjamín Franklin Rawson.
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Asesinato de Manuel Vicente Maza. Óleo del artista Prilidiano Pueyrredón.
Asesinato de Manuel Vicente Maza. Óleo del artista Prilidiano Pueyrredón.

Por último, el bloqueo francés fue perdiendo eficacia. Uno de los grandes triunfos diplomáticos de ese maestro de la maniobra política que era Rosas, fue el que logró contra los franceses, quienes supusieron que lograrían poner de rodillas al gobierno de la Confederación y terminaron pidiéndole disculpas. Algo parecido ocurriría diez años después, pero esa vez la victoria diplomática sería contra la alianza anglo-francesa, motivo por el cual hasta un antirrosista militante como Alberdi admitirá que Rosas era uno de los grandes políticos de América, lisonja que Rosas responderá diciendo que “Alberdi era unitario pero no era salvaje”.

Lo cierto es que para cuando los hacendados del sur se levantaron en armas, su suerte estaba echada hacía rato. En realidad, el levantamiento estaba pensado para el 7 de noviembre, pero los acontecimientos se precipitaron y la fecha se adelantó al 29 de octubre. Castelli era un hombre respetado y, según las crónicas, un gran señor.

Los rebeldes disponían de cuatro mil hombres mal preparados y peor dirigidos. Las tropas de Prudencio Rosas y el coronel Granado no llegaban a dos mil pero todos eran hombres con experiencia militar. La batalla de Chascomús empezó a la madrugada y a media mañana los rebeldes se habían rendido entre los pastizales próximos a la costa. Según la tradición y el texto de Echeverría, fueron traicionados por un hombre de color. La derrota fue pronta. Las órdenes de Rosas fueron estrictas: ejecutar a Castelli y perdonarle la vida al resto de los dirigentes, aunque mandó expropiarles los campos, lo cual para muchos fue peor que la muerte. Los soldados fueron perdonados. Rosas sabía que con esa decisión se ganaba para siempre el corazón de las peonadas. Muchos estancieros vencidos ascendieron a un barco francés que los llevó a Montevideo. Y gran parte se sumó a las tropas de Lavalle. Algunos, como los hermanos Ramos Mejía, hicieron toda la campaña con el Sable sin Cabeza hasta su muerte. Castelli huyó, pero fue hallado por los hombres de Rosas y su cabeza expuesta en la plaza de Dolores (Más tarde se la recuperó y estuvo en manos de una de sus esclavas, que la cuidó por años).

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Croquis de la Batalla de Chascomús.
Croquis de la Batalla de Chascomús.

Muchas estaciones de trenes de la provincia de Buenos Aires llevan los nombres de sus principales dirigentes. Para las sociedades rurales de la provincia se trata de héroes fundacionales de lo que hoy se conoce como la “causa del campo”. Adolfo Bioy Casares los recuerda en uno o dos cuentos. Borges los menciona en otro relato. Se dice que la última novela inédita de Manuel Mujica Lainez estaba dedicada a ellos. A la buena literatura le encanta inspirarse en la épica de causas perdidas, teñida por ese loco romanticismo.

Los otros cabecillas se exiliaron o pidieron disculpas. Uno de ellos fue el propio hermano de Rosas, Gervasio, quien se había comprometido a último momento con la rebelión. La leyenda cuenta que Juan Manuel dijo públicamente que su hermano era un “hijo de p,”. Palabras que mencionó sin medir las consecuencias, porque al otro día se hizo presente en su despacho la única persona a la que el Restaurador temía y respetaba: Doña Agustina López y Osornio, su madre. Cuentan los testigos, que mudos de asombro vieron cómo el temible Juan Manuel se ponía de rodillas y le pedía perdón a la mujer que lo había educado con afectos y rebencazos.

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