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Los extraños funerales de David Ricardo

Casi todos estamos bastante seguros de que la muerte es un acontecimiento del que nadie puede escapar y de que, afortunadamente, sólo se pasa una vez por tan desagradable trance. Pero hubo un economista cuyos parientes y amigos celebraron sus funerales en dos ocasiones. Se llamaba David Ricardo. ¿Murió Ricardo dos veces? No parece fácil que así sucediera. Pero las circunstancias le hicieron, en cierta forma, pasar por el poco grato expediente de unos funerales en vida.

David Ricardo (1772-1823) es la gran gura de la escuela inglesa de economía política. Su libro más importante, los Principios de economía política y tributación, cuya primera edición se publicó el año 1817, es una de las obras básicas de la historia de las doctrinas económicas. La estructura y la redacción misma de esta obra reejan una mente con una capacidad analítica extraordinaria, capaz de extraer del mundo real unos principios básicos, de aplicación general, que constituyen el núcleo de su teoría económica. Una de las razones por las que Ricardo escribía así es, sin duda, su propia trayectoria vital y su actividad profesional. No fue un erudito ni un profesor universitario, sino un nanciero, que hizo una gran fortuna en la bolsa de Londres; y sólo leyó el gran libro de economía de la época, La riqueza de las naciones de Adam Smith, un poco por casualidad mientras se encontraba ocioso pasando una temporada en la ciudad balnearia de Bath el año 1799.

Su nombre reeja, evidentemente, que sus orígenes no eran británicos. Ricardo era un judío sefardí, con orígenes familiares en la península ibérica. Dados los malos vientos que para los hebreos soplaban en estas tierras bajo el gobierno de los Austrias, sus antepasados se habían trasladado a Holanda, país desde el que, más adelante, marcharían a Inglaterra. Nuestro personaje nació en Londres y, tras una estancia en Amsterdam, entró de la mano de su padre en el mundo de los negocios cuando sólo contaba catorce años. A los veintiuno decidió dar un cambio a su vida y se casó con Priscilla Ann Wilkinson. El matrimonio no estuvo libre de problemas, sin embargo. La novia no era judía, sino cuáquera y en una familia como la de Ricardo aquello significaba algo tan grave como la ruptura con la fe de sus mayores. Su decisión no sentó nada bien, por tanto, a sus parientes. A pesar de que sus antepasados habían sufrido los efectos de la intolerancia, sus familiares no dudaron en mostrarse absolutamente intolerantes. O judío o muerto, parece que fue su veredicto. Y como nuestro economista ya había tomado su decisión, optaron, simplemente, por darlo por muerto. Y como no era cosa de dejarlo sin el apoyo divino en la otra vida, se celebraron los correspondientes funerales y se leyeron en la sinagoga plegarias por el hermano fallecido.

No parece, sin embargo, que tan pintoresca actitud afectara demasiado a Ricardo. Es cierto que hizo más difícil su situación en el mundo de los negocios, al cerrársele muchas puertas de financieros judíos. Pero él demostró ser lo suficientemente hábil e inteligente como para abrir otras y triunfar plenamente en el mundo de los negocios. Más tarde fue diputado en el Parlamento británico, aprovechando la oportunidad que le daba su escaño para defender sus ideas económicas, actividad que iría acompañada, además, de la publicación de una serie de trabajos sobre cuestiones económicas de actualidad que ejercerían una gran influencia en la Inglaterra de la época.

Años después, en 1823, se celebró su segundo funeral. Ricardo era aún un hombre joven, ya que tenía sólo 51 años; y su muerte fue tan repentina como inesperada. Este nuevo funeral debió ser bastante diferente del primero, no sólo porque, en esta ocasión, había fallecido realmente, sino también porque ya se había convertido en un personaje ilustre. Pero su extraña relación con la intolerancia religiosa no acabaría con su muerte. Un siglo más tarde, John M. Keynes, que siempre fue muy crítico con las ideas económicas de Ricardo, acuñó una de sus famosas frases para explicar la gran influencia que la teoría de nuestro economista había ejercido en Gran Bretaña: “Ricardo conquistó Inglaterra –escribió– de una forma tan absoluta como la Santa Inquisición había conquistado España”. Sin dudar de su brillantez, creo que la frase no fue afortunada.

TEXTO PUBLICADO ORIGINALMENTE EN https://www.libertaddigital.com/opinion/francisco-cabrillo/2-los-extranos-funerales-de-david-ricardo-15596/

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