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Los campos de concentración para japoneses

Después de Pearl Harbor, hubo un espíritu retaliatorio que se volcó contra todo lo que tuviese algún tipo de reminiscencia japonesa. En la Costa Oeste de EEUU vivían cientos de miles de orientales, algunas de esas familias ya contaban con 3 generaciones nacidas en EEUU, pero las sospechas de que fuesen traidores o espías fueron más fuertes que el sentido común.

El teniente general John Lesesne DeWitt decidió internar a todos los sospechosos que tenían una característica en común de por si evidente: los ojos rasgados.

El secretario de guerra, Henry Stimson, estaba de acuerdo con la medida que, más que nada, calmaba la histeria contra los ciudadanos descendientes de japoneses. Corría entonces el rumor que veinte mil de ellos estaban preparando un levantamiento.

Varias organizaciones nacionalistas como “La Legión Estadounidense”, clamaban por el encarcelamiento de todos los orientales ó sus descendientes. Varios políticos también levantaron su voz a favor de la reclusión, como el diputado Leland Ford, el gobernador de Oregon Charles Sprague, ó el mismo gobernador de California Culbert Olson, acusándolos de ser parte de la Quinta Columna. “Los Angeles Times” encabezó una editorial diciendo una víbora es una víbora, sin importar donde se abra el huevo, en alusión a todos los descendientes de japoneses radicados en el país.

Estas opiniones empujaron a DeWitt a avanzar en este sentido y realizar búsquedas y requisas a fin de encontrar elementos que probasen la conspiración, pero sin órdenes de registro. No se encontraron armas ni elementos subversivos, pero igualmente se requisaron cámaras fotográficas.

El 25 de enero de 1942 se decidió establecer zonas de restricción para extranjeros de países enemigos. Esta medida implicaba el desplazamiento de decenas de miles de personas y necesitaba el apoyo del presidente y el Congreso. Franklin Roosevelt fue convencido para acceder al reclamo de DeWitt, con la anuencia el director del FBI, el omnipotente Edgar Hoover, a pesar de no tener evidencias del accionar de estos individuos.

El 19 de febrero de 1942, el presidente Roosevelt firmó el decreto 9066 donde se delimitaban áreas militares para trasladar a los ciudadanos de los países del Eje. Curiosamente, el mismo DeWitt excluyó a todos los italianos y varios alemanes.

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La situación se tornó más complicada cuando el 23 de febrero un submarino japonés disparó contra una reserva de combustible en Santa Bárbara. El enemigo estaba a las puertas. Esto aumentó el miedo entre la población. El 1ro de marzo se impuso una orden, con la anuencia del Congreso, a que todo civil que desobedeciese a un militar podía sufrir un año de prisión y abonar una multa de hasta 5.000 dólares. Esto daba luz verde para la evacuación de los llamados Nisei (que en japonés se aplica a la segunda generación nacida fuera de su país de origen).

En distintas zonas de California, Arizona, Arkansas, Idaho, Wyoming y Utah se establecieron más de 120.000 ciudadanos de origen japonés. El mas grande de estos campos de concentración, estaba en Tulelake.

EEUU tomó la idea que había puesto en práctica el Reino Unido durante la guerra anglo-bóer. Entonces habían recluido a las familias bóeres, como rehenes para evitar el ataque de sus parientes involucrados en la guerra. Los ingleses llamaron a estos lugares campos de concentración, EEUU los llamó centros de reubicación.

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A los japoneses étnicos se los obligó a enajenar sus propiedades en pocos días, viéndose obligados a malvenderlas. Aquellos que no las vendieron esperando el fin de la guerra, se vieron privados de las mismas por no haber pagado sus impuestos mientras estuvieron recluidos. La frase “shikata ga nai” (“no puede hacerse nada al respecto”) era la expresión que reflejaba la resignación de 120.000 personas relegadas a estos centros de reubicación donde permanecieron con sus derechos cercenados y pasando estrecheces hasta 1945, cuando fueron liberados y recibieron como compensación por sus desvelos un boleto de tren y 25 U$S.

A partir de 1951 el gobierno americano ofreció una indemnizacion por la reclusión, aunque esta se concretó en muy pocos casos. De los 400 millones de dólares que le fueron decomisados por ser considerada “propiedad enemiga”, solo se devolvió el 10%.

Vale destacar que el 442.º Regimiento de Combate, una fuerza norteamericana integrada por Nisei, fue una de las más condecoradas con 1 medalla de honor, 47 por servicio distinguido, 350 de plata, 850 de bronce y 3.600 corazones púrpuras por ser herido en combate. Una curiosa paradoja .

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