Historia

Laika, la perra astronauta

Hace exactamente 61 años, un ser vivo dejó, por primera vez, el planeta Tierra rumbo al espacio: la perra Laika, lanzada en el satélite ruso Sputnik 2 el 3 de noviembre de 1957.

Esta historia comenzó cuando Winston Churchill acuñó el término que le daría nombre a la guerra fría al hablar de la “cortina de hierro” en Fulton, Missouri, durante la primavera del 1946. Se inició entonces una carrera tecnológica para amedrentar al enemigo desde la distancia. Los V2 cayendo sobre Londres hacían fantasear con conflictos teledirigidos lejos del propio hogar. Las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki habían creado el concepto de guerra disuasiva. La suma de estos dos factores indujo a la carrera armamentista en la que tuvo especial importancia una perra. Esta es la historia del hombre que hizo célebre a Laika, la perra astronauta.

Sergei Paulovich Korolev había nacido en 1907 cerca de Kiev, Ucrania, curioso e inteligente creció obsesionado en hacer volar al hombre. En la década del ’30 se interesó en los cohetes y los aviones de propulsión a chorro. Todo indicaba que Korolev sería uno más de los científicos que trabajaban silenciosamente en el esquema burocrático soviético. Pero de pronto su carrera llegó a un abrupto final. De la noche a la mañana fue arrestado y deportado al tristemente célebre archipiélago Gulag, bajo la acusación de “subersión en un ámbito nuevo de la tecnología”. Difícil es de imaginar que la retropropulsión fuese un tema propicio para el debate ideológico, pero bastó que a Korolev lo golpearan lo suficiente, para firmarse cualquier confesión que le pusiesen enfrente. Inmediatamente fue trasladado a la prisión, la misma que años más tarde describió Aleksandr Solzhenitsyn. La tasa de mortalidad en esos campos de trabajo eran del 30% anual, sin embargo Korolev, un hombre de aspecto osuno, pudo sobrevivir.

En el interín, sus amigos intercedieron por él y fue trasladado a un sharashka, institución penal reservada para científicos y técnicos, donde las condiciones de los presos eran menos severas. Durante su estadía en el archipiélago, le tocó a Korolev trabajar con Andrei Tupolev, un reconocido diseñador aeronáutico. En 1944 fue puesto en libertad bajo vigiliancia.

Tras la guerra, Korolev puso en práctica todos los conocimientos que había adquirido de los científicos alemanes especializados en cohetería. Cuando fue el estallido de la bomba atómica en Hiroshima, él fue el primero en darse cuenta de que las armas de destrucción masiva necesitaban transportes que los pudiesen llevar a miles de kilómetros de distancia. Para eso, sostenía, se necesitaban cohetes. Avanzando en su investigación, llegó a una conclusión que se transformó en su nuevo objetivo: un cohete que podía llevar una bomba de Moscú a Washington, también debía tener la fuerza suficiente para poner en órbita a un satélite.

Animado por esa convicción y obsesionado por derrotar a los americanos en esta contienda científica, Korolev centró todo su esfuerzo en su teoría. Su mejor aliado resultó ser el mismo hombre que lo había enviado de vacaciones al Gulag, Stalin, con quien se reunió varias veces durante 1947. Así se convirtió en el jefe del programa aeroespacial soviético, desafío que tomó como una contienda personal.

De esta forma, y con el objetivo de poner en órbita un satélite ruso, comenzó una serie de ensayos de prueba. Los sucesivos éxitos y fracasos influían sobre el humor de Korolev. Toda la primera serie de cohetes R-7 fueron verdaderos desastres. Recién en 1957 lograron que uno recorriera los 7000 km que mediaban entre Moscú y Kamchatka.

Este éxito alentó sus expectativas ya que los americanos habían anunciado que entre 1957 y 1958 tenían la intención de lanzar un cohete Vanguard al espacio. Solo un mes después de la proeza del R-7, el Sputnik despegó de la plataforma de Bainkonur. Al día siguiente el New York Times publicó por primera vez en su historia un titular de tres líneas en mayúsculas que ocupaba toda la primera hoja del periódico:

LA UNION SOVIETICA LANZA AL ESPACIO UN SATELITE

DESDE LA TIERA.

SE ENCUENTRA EN ORBITA ALREDEDOR DEL PLANETA

A 30.000KM/HORA

SE HA SEGUIDO LA TRAYECTORIA DE LA ESFERA

MIENTRAS CRUZABA 4 VECES SOBRES LOS EE.UU.

Solo entonces los rusos se dieron cuenta de la verdadera dimensión de la proeza. A los estadounidenses los ponía muy nerviosos tener un cohete ruso circulando sobre sus cabezas. Las autoridades norteamericanas no se hicieron esperar y adelantaron el lanzamiento del Vanguard para diciembre de 1957. Ante las cámaras de televisión, el satélite colapsó como una torre de naipes. “¡Qué descalabronik!”, fanfarroneó el Pradva al día siguiente.

Inmediatamente Kruschev citó a Korolev al Kremlin y le pidió (quizás la palabra pedir sea aquí solo un eufemismo) que preparase algo aún más espectacular para celebrar el cuadragésimo aniversario de la revolución. La respuesta fue inmediata. Un mes después del encuentro, el 3 de noviembre, lanzaron el Sputnik 2 y se produjo el primer vuelo tripulado de la historia. La pasajera era la perra Laika.

laika spuntnik

Desde el punto de vista político había acontecido algo espectacular que ponía a Rusia en ventaja sobre Estados Unidos. Pero científicamente dejaba mucho que desear. Con la premura de vencer a los norteamericanos, pasaron por alto una serie de detalles técnicos como el control térmico de la nave. La pobre Laika –que alegremente se había prestado para probar los trajes espaciales– murió cuando el Sputnik ingresó a la atmosfera para convertirse en un horno espacial. Las asociaciones protectoras de animales pusieron el grito en el cielo (expresión que se presta al caso) pero los jerarcas soviéticos, los apparatchiks de partido, emitieron un escueto comunicado donde, si bien se lamentaban por la muerte del noble can, al mismo tiempo justificaban lo ocurrido explicando que Laika había sido “la mártir de una causa noble”.

Korolev poco después lanzó el Sputnik 3 y más tarde fue el responsable de enviar los primeros vuelos a Venus y a la Luna, además de enviar a Yuri Gagarin a dar un paseo por la órbita terrestre. Debemos suponer que el cosmonauta controló personalmente los sistemas de refigeración antes de subir a la nave. Korolev murió en 1966 y tuvo el honor de ser enterrado en los mismos muros de Kremlin.

Laika fue una víctima más de las improvisaciones del hombre. Actualmente es recordada con una placa en el mismo centro aeroespacial de Moscú, donde había sido “reclutada” para la misión. Cuarenta y ocho años después de su muerte, la perra fue honrada en un monumento dedicado a todos los cosmonautas rusos caídos durante la llamada carrera espacial. Laika parece espiar tras las piernas de los astronautas de bronce, temerosa aún de la misión que precipitadamente le asignaron.

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Texto extraído del libro Animalitos de Dios de Omar López Mato.

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