HistoriaVuelta de Obligado | Lucio V. Mansilla | Juan Manuel de Rosas

La Vuelta de Obligado

El "Gaucho" Rivero, como le decía Rosas, asistía a los opositores argentinos dándoles cobijo en la sitiada ciudad de Montevideo. El gobierno brasilero, a pesar del apoyo que don Frutos le había dado a los farrapos (los separatistas del sur del Brasil) y las flotas inglesas y francesas, decidieron apoyar al líder uruguayo contra la posición asumida por el gobierno rosista.

Con la ayuda que le bridaron los brasileños, Rivera atacó a las fuerzas de Urquiza en India Muerta el 27 de marzo de 1845, pero fue derrotado tan completamente que debió huir al Brasil, abandonando en el campo sus pertenencias.

Rosas aspiraba a reincorporar la Banda Oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata, y a tal fin apoya a Oribe como jefe delo blancos. Sin embargo, y a pesar de contar con toda la campaña uruguaya, Oribe aceptó una propuesta de Brent, ministro estadounidense en Buenos Aires, de llamar a una Asamblea que resolviera los problemas de la Banda Oriental.

Los sitiados en Montevideo, donde los extranjeros tenían amplia mayoría, rechazaron la propuesta porque esperaban el próximo arribo de las fuerzas anglo-francesas. El 27 de abril de 1845 llegó a Montevideo la flota inglesa, y el 7 de mayo se presentó ante Rosas, Mr. Ouseley, el nuevo ministro inglés. Este halló al principio aceptable la propuesta norteamericana de Brent, pero la posterior llegada a Montevideo del barón Deffaudis con las fuerzas francesas alteró la situación. Francia había emprendido la conquista de Marruecos y Deffaudis venía a implementar aquí también la política colonialista de su país. Tenía la peregrina idea de traer 100.000 franceses, una vez solucionado el conflicto a su gusto, para obligar “a los indígenas de ambas bandas del Plata a ceder el lugar”. Montevideo se convirtió en la ciudad con más habitantes franceses fuera de Francia.

Vale señalar que, mientras la guerra despiadada de las fuerzas correntinas y orientales de Rivera peleaban contra las federales de Oribe, y la lucha se llevó adelante en territorio argentino no hubo ninguna “reacción humanitaria” en Londres, y Gran Bretaña había mantenido cordiales relaciones con Rosas. Pero cuando éste, luego de vencidos sus enemigos en el territorio de la Confederación, quiso proseguir la lucha contra Rivera en la Banda Oriental, los ingleses hicieron causa común con los franceses: Montevideo debía continuar siendo una “ciudad hanseática” (es decir, un puerto libre) que sirviera de base a los intereses europeos como Shanghái en la China.

Aceptar la propuesta de Brent hubiera consolidado el poder de Oribe, y puesto punto final al imperialismo de Francia en el Río de la Plata, dificultando la política divisionista practicada por Gran Bretaña, y otorgando a los Estados Unidos un papel importante como árbitro del conflicto. Por todos estos motivos, el gobierno de Montevideo fue asesorado para que no aceptara esa proposición.

El general Paz, por entonces ministro del gobierno de Montevideo ante el Paraguay, se entrevistó en Corrientes con Juan Pablo López, exgobernador de Santa Fe que se había asilado en esa ciudad. Alentado al saber que las fuerzas anglo-francesas habían llegado al Río de la Plata, e incitado a la paz, López se decidió a invadir su provincia natal a través del Chaco y logró apoderarse de la ciudad de Santa Fe el 6 de julio.

El general Echagüe, gobernador rosista de la provincia, contraatacó desde Rosario con refuerzos llegados de Buenos Aires y el apoyo de unos pocos barcos comandados por Álvaro Alsogaray. El 12 de agosto reconquistó la ciudad.

Ouseley y Deffaudis habían presentado a Rosas, el 22 de julio, un ultimátum exigiendo el levantamiento del bloqueo naval de Montevideo, el retiro de las fuerzas argentinas que apoyaban a Oribe, y que este no atacara a Montevideo, transformada ya en la ciudad hanseática imaginada por Canning. Ambos ministros pidieron también sus pasaportes para el caso de que no fueran aceptadas sus exigencias. Al día siguiente las fuerzas anglo-francesas desembarcaron en Montevideo y le comunicaron al almirante Brown que su flota quedaba detenida momentáneamente, en espera de la respuesta de Rosas. El 30 de julio, la vencer el ultimátum, Rosas devolvió sus pasaportes a los dos comisionados y se iniciaron las hostilidades.

Brown tenía órdenes del gobierno de Buenos Aires de evitar derramamientos de sangre y había desembarcado a la tripulación de nacionalidad inglesa o francesa de sus barcos para regresar sin ellos a Buenos Aires. Pero al hacerse a la vela fue cañoneado y obligado a rendirse el 2 de agosto. Sus barcos fueron saqueados por los ingleses y franceses, quienes se apoderaron también del resto de la tripulación para incorporarla a sus fuerzas.

El 5 de agosto Brown y sus oficiales, tratados como prisioneros de guerra, fueron devueltos a Buenos Aires. Brown, le escribió a Rosas: “Tal agravio demandaba el sacrificio de la vida con honor, y solo la subordinación a las supremas órdenes de V.E., para evitar la aglomeración de incidentes que complicasen las circunstancias, pudo resolver al que firma, a arriar un pabellón que durante treinta y tres años de continuos triunfos ha sostenido con toda dignidad en las aguas del Plata”.

Previendo que la flota enemiga trataría de forzar el paso aguas arriba por el Paraná, Lucio Mansilla, cuñado de Rosas, utilizó unos viejos cañones para instalar cuatro baterías en la Vuelta de Obligado y colocó además tres cadenas sostenidas por pontones a través del río para tratar de detener a los invasores. Un esfuerzo a todas luces insuficiente para contener la flota de los dos países más poderosos de Occidente.

Luego de evaluar la situación Ouseley escribió a su gobierno diciendo que había sido un error dejar al Brasil fuera de la acción conjunta, y pidió más tropas y barcos. En octubre volvió a escribir sugiriendo que “el reconocimiento del Paraguay, con el posible reconocimiento de Corrientes y Entre Ríos como Estados independientes, aseguraría la libre navegación del Paraná y del Paraguay. Podría así evitarse la dificultad de insistir sobre la libre navegación que nosotros hemos rechazado en el caso del río San Lorenzo”.

La idea era original. La patria gaucha, la alianza entre mesopotámicos, farrapos brasileros, y obviamente los orientales, había sido un viejo sueño de Artigas, que Rivera también tomó como propio y que en algún momento llegó a tentar a Urquiza.

Florencio Varela, convertido en un líder de los exiliados opositores al gobierno de Rosas, seguía insistiendo a favor de que Entre Ríos y Corrientes se independizaran de la Confederación Argentina. Según él. “El problema que a Entre Ríos y Corrientes importa ventilar…es cómo aumentarán su población, sus consumos, sus productos y, por consiguiente, su comercio y su riqueza. Para nada importa que sean provincias argentinas o un Estado independiente”. Corrientes periódicamente reclamaba con las armas su derecho a la libertad de comercio exterior. Y Entre Ríos basaba parte de su economía en el contrabando con el Uruguay, dada su proximidad. Desde las costas orientales vendían sus productos a barcos ingleses.

Después de haber visitado Europa, Varela se sentía un ciudadano del mundo, y declaraba que: “nada cura tanto al hombre de las estrechas preocupaciones de localidad que el vulgo llama patriotismo, como la vista y estudio práctico de otros hombres y otros pueblos”. Esas ideas de libertad y hermandad universal encandilaron a muchos masones argentinos e hicieron al país más abierto a la influencia de las grandes potencias que difundían esas ideas.

Bloqueo de Buenos Aires

Con la intención de doblegar a Rosas y obtener de él concesiones por la fuerza, la flota anglo-francesa estableció un bloqueo riguroso de Buenos Aires, invocando presuntos atropellos que se habrían cometido contra los extranjeros. Se repetía así, en el Río de la Plata, la misma política seguida por Gran Bretaña y Francia contra China en las antípodas. Para demostrar lo falso de la acusación, el ministro Arana convocó a la totalidad del cuerpo diplomático. Con la excepción de Hall, que era el segundo de Ouseley, todos negaron tener queja alguna que presentar. El barón Durand de Mareuil, encargado de negocios francés ante la Confederación Argentina, se manifestó contrario al bloqueo, y antes de retirarse de Buenos Aires llevando contrapropuestas de Rosas, se comprometió a utilizar su influencia para logra la suspensión de esa medida de fuerza que, del otro lado del río, estaba llenando de nuevo los bolsillos de Lafone y sus asociados nuevos administradores del puerto de Montevideo. En 1844, el gobierno oriental le había concedido los derechos de aduana a una sociedad de accionistas manejada por los hermanos Lafone. Ente sus socios figuraban miembros del Senado montevideano además de muchos extranjeros. Esta cesión de derechos de aduana se repitió los dos años siguientes. Entre los accionistas había 50 franceses, 43 orientales, 31 ingleses, 30 españoles y 29 alemanes, prueba de que el poder económico estaba en manos de los extranjeros ya que los orientales constituían apenas en 24 % de os integrantes del consorcio. Para hacer más redituable el negocio, los barcos de guerra europeos que bloqueaban el Puerto de Buenos Aires a los navíos de ultramar les franqueaban el paso a los barcos de cabotaje que hubiesen pagado derechos en Montevideo.

El gobierno de esa ciudad le dio a Giuseppe Garibaldi cuatro de los barcos tomados a Brown para reemplazar la flotilla que éste último le hundiera tres años antes en el Paraná. Con ellos Garibaldi tomó Colonia, Martín García y Gualeguaychú. Ésta última ciudad fue bloqueada y tomada por asalto. El botín obtenido en Gualeguaychú fue evaluado en 30.000 libras esterlinas.

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La Vuelta de Obligado

En respuesta a sus pedidos, Ouseley consiguió que le mandaran como refuerzo, desde Inglaterra, el regimiento 45 de infantería. En noviembre comenzó a remontar el Paraná un convoy formado por 20 barcos de guerra, tres de ellos a vapor, y 90 buques mercantes. Entre éstos, aparte de los ingleses y franceses, había barcos de Dinamarca, Hamburgo, Cerdeña y Estados Unidos. Todas llevaban mercancías valuadas en 700.000 patacones (o sea unas 140.000 libras esterlinas). La finalidad de la expedición era llegar a Corrientes y al Paraguay para asegurar el comercio y obtener la libre navegación de los ríos. Los atacantes ya controlaban el río Uruguay en todo su trecho navegable pues Garibaldi, aunque no logró apoderarse de Paysandú y de Concordia después de saquear Gualeguaychú, había tomado Salto y dominaba ese río con su flotilla.

Faltaba ahora establecer el dominio anglo-francés sobre el Paraná. El 20 de noviembre de 1845 el convoy llegó a Vuelta de Obligado donde 220 artillero con 20 cañones viejos, y 2.000 fusileros detuvieron transitoriamente a la flota anglo-francesa que debió reorganizarse y reparar averías.

En este encuentro murieron 250 argentinos y 400 resultaron heridos (incluido su jefe, Lucio V. Mansilla) mientras que los agresores aparentemente solo tuvieron 26 muertos y 86 heridos. Las fuerzas argentinas, mandadas por Lucio Mansilla, se reagruparon más arriba en el paso de Tonelero y luego en San Lorenzo, hostigando a la flota enemiga.

Los barcos mercantiles que iban atrás de los barcos de guerra sufrieron 50 bajas y numerosas averías al pasar por San Lorenzo. Recién al mes llegaron a Corrientes, que era su primera meta. El almirante Hontham siguió al Paraguay para entrevistarse con el dictador Carlos Antonio López y tratar de formar una liga de Francia, Inglaterra, Paraguay, Corrientes y Montevideo contra la Confederación Argentina. Mientras tanto otro convoy de 52 buques mercantes custodiados por 6 de guerra remontaban penosamente el Paraná sufriendo pérdidas ocasionadas por las baterías costeras.

Ambos convoyes se reunieron en Corrientes, y los comerciantes extranjeros descubrieron que la expedición resultaba no solo peligrosa sino también poco redituable. En la ciudad de Corrientes no había dinero para comprar mercaderías extranjeras y reinaba el pánico. Urquiza, gobernador de Entre Ríos, había invadido Corrientes y el 4 de febrero de 1846 había derrotado y tomado prisionero en Laguna Limpia al general Juan Madariaga, hermano del gobernador y comandante de la retaguardia del ejército del general Paz. Comenzaba la bajante del Paraná y los barcos debieron emprender el regreso hostigados desde la costa, sin tener donde detenerse y con la mayor parte de sus mercancías sin vender.

El 4 de junio los barcos que regresaban fueron atacados en El Quebracho por las baterías instaladas por los porteños. El grueso de los buques mercantes logró sortear el paso gracias al apoyo de las naves de guerra y de cohetes disparados desde una isla, pero sufrieron pérdidas materiales y humanas importantes. Al revés de lo sucedido en la Vuelta de Obligado las fuerzas argentinas solo tuvieron 1 muerto en el Quebracho. En ese lugar Álvaro Alsogaray rescató al abordaje un barco que los invasores habían capturado anteriormente en Obligado. El convoy comenzó a llegar a Montevideo a fines de junio, con su carga de cueros y carne salada y gran parte de su mercancía sin vender. Habían sufrido más de 60 bajas y perdido siete veleros además de los daños sufridos por otros barcos.

Luego de la experiencia del Quebracho la flota anglo-francesa no intentó ningún desembarco. Además, Aberdeen había dado la orden, el 4 de marzo, de que la escuadra británica se retirara del Paraná. Europa toda, y especialmente Inglaterra entera estaba atravesando por un proceso recesivo. No valía la pena perder tiempo en semejante nimiedad.

Lord Aberdeen encomendó al ex cónsul británico en Montevideo, Thomas Samuel Hood, buscar un arreglo con Rosas. Hood, que estaba vinculado a Baring Brothers, tenía un interés económico y no solo político en el éxito de su misión, ya que Rosas, en represalia por la agresión sufrida, había suspendido el pago de la deuda.

El gabinete francés encabezado por Guizot estuvo de acuerdo en aceptar la solución que lograra Hood, a pesar de que Thiers, desde la oposición, exigía continuar la guerra porque la Banda Oriental era, a sus ojos, “una verdadera colonia francesa”. Hasta Alejandro Dumas escribió un texto describiendo los excesos en la represión de Rosas…

Sin embargo, a los franceses también les llegó la recesión, y desistieron de continuar las hostilidades.

En Francia, guardaron en Les Invalides algunas banderas capturadas en el enfrentamiento, porque para ellos fue una victoria. De hecho, la estación de Metro República Argentina, es un recuerdo de esta “victoria pírrica”.

Hood viajó a Buenos Aires sin parar en Río de Janeiro ni en Montevideo para no encontrarse con Rivera. Este, luego de refugiarse primero en Brasil después de ser derrotado por Urquiza en India Muerta, había logrado recuperar el poder militar en Montevideo, gracias a una revolución.

En julio de 1846, Hood presentó sus propuestas de paz que eran bastante similares a las que anteriormente le había sugerido Rosas al barón Durand de Mereuil, antes de que éste se retirara al comienzo de las hostilidades, prometiendo transmitirlas a su gobierno. Las conversaciones de Hood con Rosas y Arana continuaron hasta el 28 de julio y concretaron las bases para el cese de hostilidades. Según ellas se levantaba el bloqueo, se devolvía Martín García y los barcos apresados, se reconocía la soberanía argentina en el Paraná y la argentino-uruguaya sobre el Uruguay; la Confederación Argentina tenía “el ejercicio incuestionable de todo derecho, ora de paz, ora de guerra, poseído por cualquier nación independiente”, y el pabellón argentino fue desagraviado por las flotas inglesas y francesas con 21 cañonazos.

La suspensión de la guerra por parte de Rosas quedaba supeditada al desarme de las “legiones extranjeras” en Montevideo, donde se establecería una amnistía general, y si esa ciudad no aceptaba la paz propuesta, los comisionados le retirarían todo apoyo. Hood convino también en tratar el problema de Montevideo directamente con Oribe. Antes de hacerlo, Hood se trasladó a Montevideo. Su impresión sobre el estado de cosas allí está vívidamente descripta en una carta suya a lord Aberdeen: “Montevideo parce un pandemónium… Todo está en desorden. En verdad la demencia parece haber usurpado el lugar de la razón y el orden, y dios sabe que habrá de hacerse para que las cosas vuelvan a su anterior estado”.

Luego Hood se entrevistó con Oribe, quien aceptó el convenio. Hood dio por terminado el conflicto el 12 de agosto, comunicando lo resuelto a Ouseley y Deffaudis. Los dos comisionados le manifestaron su oposición porque se habían enterado de que Urquiza y Madariaga estaban por firmar, en esos días, el tratado de Alcaraz, como base inicial para organizar el Estado Mesopotámico deseado por Florencio Varela, y cuya creación aseguraría la libre navegación del Paraná. Conociendo también esas posibilidades, Hood, en su propuesta original, había puesto que se reconocería la soberanía argentina sobre el Paraná “en tanto que la República continuase ocupando las dos riberas de dicho río”, es decir mientras no se independizasen Entre Ríos y Corrientes, como se esperaba.

Sin embargo, en la redacción final se puso, por insistencia de Rosas y Arana, que la soberanía argentina en el Paraná, y la argentina-uruguaya no podría “alterarse ni suspenderse, en ningún tiempo ni caso, por el hecho de rebelión en cualquiera de las provincias argentinas”. Evidentemente, el gobierno porteño no ignoraba tampoco las gestiones de Urquiza y Madariaga.

Hood escribió a Aberdeen: “El barón Deffaudis declara que por motivo alguno hará la paz con el general Rosas, Mr. Ouseley dice que, a falta de órdenes categóricas y formales, se ajustará a sus instrucciones para actuar al unísono con su colega francés”.

Como Hood estaba vinculado a la Baring Brothers, los comisionados le atribuían un interés personal en el arreglo propuesto, pero ellos, por su parte, no estaba actuando desinteresadamente: ambos habían dado, por su cuenta y sin consultar a sus gobiernos, la garantía de sus respectivos países a un empréstito hecho a favor del gobierno de Montevideo, y la caída de éste los pondría en una situación sumamente embarazosa.

Hood también comunicó a Rosas la negativa de Deffaudis a aceptar el convenio “por falta de instrucciones” al respecto y el 6 de septiembre le contestó Rosas: “Notable es que el Excmo. Señor ministro de la Francia quiera justificarse en la falta de instrucciones para hacer la paz… Notorio es que, sin instrucciones, fue violentamente apresada la escuadra argentina entregando algunos buques de ella para el servicio de los enemigos de la Confederación, que sin instrucciones se estableció el injusto bloqueo, que sin instrucciones se invocaron multitud de hechos falsos que fueron contradichos por el señor Encargado de la Francia (en Buenos Aires) y demás señores del cuerpo diplomático, que sin instrucciones fue atacada y bombardeada la Plaza de la Colonia, que sin instrucciones han sido agredidos nuestros ríos derramando en ellos la sangre que ha corrido, que sin instrucciones ha sido conducida en buques ingleses y franceses una legión extranjera para invadir, ocupar, saquear y fortificar el pueblo de Salto, que sin instrucciones ha sido saqueado el pueblo de Gualeguaychú, territorio argentino, que sin instrucciones se ha pretendido dividir la nacionalidad argentina y seducir a los jefes de los pueblos confederados, que sin instrucciones se ha dado movilidad y auxilio al cabecilla rivera…, y ahora dice que le faltan instrucciones para aceptar la paz”.

También en septiembre de 1846 se supo en el Río de la Plata que Palmerston había sucedido a Aberdeen en Relaciones Exteriores. Esto lo dejaba sin apoyo político a Hood, circunstancia aprovechada por Ouseley y Deffaudis para enviarlo de vuelta a Inglaterra y para desconocer todo lo actuado por Hood.

A pesar de este contratiempo las cosas no iban tan mal para la Argentina. Palmerston reconoció públicamente que la intervención armada había resultado “un mal negocio” y escribió al representante inglés en París: “Lo cierto es, aunque esto debe quedar entre nosotros, que el bloqueo francés y británico ha sido ilegal desde el primer momento”.

La defensa que hizo Rosas de los derechos argentinos provocó palabras de encomio no solo de San Martín sino también en Chile y Brasil a pesar de que ambos países se mantenían distanciados de la Confederación por razones geopolíticas.

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