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La verdad sobre el nazi que salvó de la muerte a 1.200 judíos

Espía del servicio militar de inteligencia de la Alemania Nazi, Oskar Schindler invirtió su fortuna en sobornar a comandantes de las SS para salvar a los trabajadores judíos que antes esclavizaba en su fábrica. Este año se cumplen 26 años del estreno de «La lista de Schindler», la película sobre el Holocausto que dirigió Steven Spielberg.

Puede que pase a la historia con la cara de Liam Neeson, pero Oskar Schindler fue mucho más que el adusto protagonista de esa película de Steven Spielberg sobre el Holocausto nazi. Empresario alemán afiliado al partido de Adolf Hitler, fue un oportunista que se revolvió contra los suyos y se convirtió en héroe, salvando a más de mil judíos; un hábil truhán experto en el arte del engaño al que la guerra transformó en un hombre mejor, uno digno.

Sin estudios después de que le expulsaran de la escuela a los 16 años por falsificar su boletín de notas, se casó por conveniencia y fue alternando diversos trabajos según le rentara. Trabajó primero para su padre, sin asumir responsabilidad alguna; se casó por conveniencia con Emilie Pelzl y se mudó a casa de sus suegros. Más tarde, empujado por esa pobreza a la que empezaba a verle los tentáculos, buscó trabajo en un banco y comenzó a espiar para la Abwehr, el servicio de inteligencia militar de la Alemani Nazi.

Su degradación moral, sin embargo, llegó con su traslado a Cracovia en 1939, donde se aprovechó de las prohibiciones nazis para esclavizar a unos mil judíos tras la compra de una fábrica de esmaltados. El declive que comenzó como una forma de aprovechar un lucrativo negocio terminó siendo una vía de escape del exterminio de centenares de judíos que Schindler empleaba pese a no necesitarlos, solo para mantenerlos a salvo.

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Oskar Schindler.
Oskar Schindler.

El acercamiento a los empleados, su exterminio, transformaron a Oskar Schindler, sacando a relucir esa humanidad extraviada por el ávido deseo de sacar partido de las desgracias ajenas. Y el villano se convirtió en héroe tras toparse con el verdadero monstruo.

Y, así, convenció al comandante nazi para trasladar su fábrica a la región de Sudetes de Brünnlitz, evitando que sus empleados judíos terminasen en la cámara de gas, su cruel y habitual destino en julio de 1944, cuando Alemania empezaba a perder la Segunda Guerra Mundial y a borrar todo rastro de los campos de concentración.

Su gesta, por inédita y trascendental, fue inmortalizada en «La lista de Schindler», esa película multinominada a los Oscar –compitió en una docena de categorías y se llevó siete estatuillas–. La película dirigida por el Rey Midas de Hollywood, ese cineasta que tan pronto pone a correr a Harrison Ford detrás de una bola gigante como se embarra en los estercoleros de la historia para sacar relatos como el de Schindler, el rescate del soldado Ryan o la lucha de Lincoln por la Decimotercera Enmienda, es una metáfora sobre el horror del Holocausto nazi desde el punto de vista de un alemán que empleó a unos 1.200 judíos en sus fábricas para impedirles el horror aparentemente inevitable de las cámaras de gas.

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Oskar Schindler, que ascendió en el escalafón nazi lucrándose a costa del resto, terminó gastando su fortuna en sobornar a comandantes de las SS para salvar a sus trabajadores hasta el final de la contienda.

En estricto blanco y negro, porque «El Holocausto fue la vida sin luz» y para Spielberg «el símbolo de la vida es el color», «La lista de Schindler» fue un éxito de crítica, que apuntó la escena de la ducha en Auschwitz como «la secuencia más terrorífica jamás filmada». Convenció incluso al público más exigente, la comunidad judía, que agradeció el esfuerzo del director estadounidense por esa demostración de humanismo «atractiva» y «edificante».

Sin embargo, muchos cineastas mostraron su rechazo al filme, tachando de oportunista el retrato de Spielberg, haciendo caja de una tragedia de tal envergadura mientras la viuda del propio Schindler vivía en la pobreza en Argentina. «Hay una escena en esa película en la que no sabemos si de las duchas del campo sale agua o gas. Solo haces algo así con una audiencia ingenua como la estadounidense. No es un uso apropiado de la forma. Spielberg lo quiso hacer bien, pero fue tonto», aseguró el director y guionista de cine Michael Haneke, mientras Stanley Kubrick abandonaba «Aryan Pepers», sobre un niño judío que huye del holocausto haciéndose pasar por católico en Polonia, tras el éxito de «La lista de Schindler». Sin ocultar su enfado, cuando su guionista alabó el rigor de Spielberg sobre el Holocausto, el director de «La naraja mecánica» le respondió: «¿Piensas que es sobre el Holocausto? El Holocausto fue el asesinato de más de seis millones de personas. La lista de Schindler trata sobre 600 que sobrevivieron», dijo Kubrick, equivocándose en la cifra de supervivientes judíos tal y como recoge un artículo de «Jewish Journal».

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Steven Spielberg durante el rodaje de La lista de Schindler hablando con Liam Nesson.
Steven Spielberg durante el rodaje de La lista de Schindler hablando con Liam Nesson.

Volviendo a Oskar Schindler: Cuando llegó el final de la guerra, ya se había gastado toda su fortuna en sobornos y suministros para sus trabajadores. Vivió brevemente en Ratisbona y después en Múnich, pero no consiguió prosperar en la Alemania de la posguerra. De hecho, tuvo que sobrevivir gracias a la ayuda de organizaciones judías. En 1948 presentó una reclamación al Comité Conjunto de Distribución Judío Estadounidense para que le devolvieran sus gastos durante la guerra y recibió 15. 000 dólares. Él estimó sus gastos en 1.056.000 dólares, incluido el costo de la construcción de un campo, sobornos, comida y adquisiciones varias en el mercado negro. Schindler emigró a Argentina en 1949, donde intentó hacer negocio con la cría de pollos y nutrias —para aprovechar su piel—. Cuando el negocio quebró en 1958, dejó a su mujer y regresó a Alemania, donde puso en marcha otras empresas que no prosperaron, entre ellas una fábrica de cemento. Se declaró en bancarrota en 1963 y un año después sufrió un ataque al corazón que lo tuvo un mes entero en el hospital. Mantuvo el contacto con varios de los judíos que conoció durante la guerra, incluidos Stern y Pfefferberg, y sobrevivió gracias a donaciones de los «Judíos de Schindler», que le llegaron de todo el mundo.

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Poldek Pfefferberg y Oskar Schindler.
Poldek Pfefferberg y Oskar Schindler.

Oskar Schindler murió el 9 de octubre de 1974 y está enterrado en el cementerio católico del Monte Sion de Jerusalén. Es la única persona que fuera miembro del partido nazi que goza de ese honor. Por su labor durante el conflicto mundial, en 1963 Schindler fue nombrado Justo entre las Naciones, una distinción otorgada por el estado de Israel a no judíos que jugaron un papel activo en la defensa de los hebreos durante el Holocausto. En 1966 también se le hizo entrega de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania, y en octubre de 1968 la Orden Ecuestre de San Silvestre Papa y Mártir.

El escritor Herbert Steinhouse, que lo entrevistó en 1948, escribió que «las excepcionales acciones de Schindler provenían de un elemental sentido de la decencia y la humanidad en el que nuestra sofisticada época ya apenas cree. Un oportunista arrepentido vio la luz y se rebeló contra el sadismo y la vil criminalidad que le rodeaba». En un documental de 1983 se citaban unas palabras de Schindler: «Sentí que los judíos estaban siendo destruidos y tenía que ayudarlos, no había otra opción».

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