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La noche de los Cristales Rotos

Adolf Hitler firmó en diciembre de 1935 las así llamadas "Leyes de Nuremberg", que serían el comienzo de la pesadilla que habrían de vivir de ahí en adelante los judíos europeos.

Estos decretos (en definitiva eso es lo que eran), que limitaban y en algunos casos directamente rescindían los derechos de seiscientos mil judíos en Alemania y más tarde de los millones de judíos de los países ocupados por Alemania, representaron la primera fase de la atroz “solución final” de Hitler.

Las dos primeras medidas fueron la ley de los derechos civiles y la ley para la protección de la sangre y el honor alemanes (ya la denominación produce escalofríos). Bajo estos y otros decretos complementarios, los judíos fueron despojados de la ciudadanía alemana, se les prohibió tener una profesión liberal y se les prohibió casarse o mantener relaciones con personas que no fueran judías. Las leyes (por llamarlas como ellos las llamaron) afectaban también a los que tenían una parte de sangre judía (inicialmente de abuelo para abajo). Los matrimonios ya existentes entre judíos y no judíos fueron anulados, y las parejas que no querían divorciarse podían ser encarceladas.

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La pancarta dice: «¡Alemanes, defiéndanse! ¡No compren a los judíos!».
La pancarta dice: «¡Alemanes, defiéndanse! ¡No compren a los judíos!».

Las leyes de Nuremberg privaron a los judíos de sus medios de vida y socialmente los convirtieron en unos parias. Esta degradación legal, apoyada y magnificada por una propaganda antisemita constante a través de la radio, los diarios, los libros de texto y cada discurso exaltado (algo que abundaba por entonces) reforzó de manera fatal y atroz el sentimiento antisemita que existía desde hacía tiempo. Así, la funesta doctrina nazi se metió en la cabeza de adultos, jóvenes y niños.

En los tiempos que siguieron, pocos alemanes protestaban cuando los judíos fueron obligados a vender sus casas y sus negocios a precios irrisorios. Tampoco alzaron la voz cuando familias judías comenzaron a desaparecer.

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Y llegó La Noche de los Cristales Rotos. La gota que rebalsó el vaso.

Ernst Vom Rath era un diplomático alemán, secretario de la embajada alemana en París; Herschel Grynszpan, un estudiante judío polaco cuyos padres habían vivido en Alemania desde 1914. Dos días antes de la noche del 9 de noviembre de 1938, las hasta entonces separadas vidas de ambos convergieron, y las consecuencias de ese encuentro derivaron en el inicio de la Kristallnatch (“La noche de los Cristales Rotos”, en referencia a las vidrieras que se rompieron). A partir de esa noche, la violencia y los hechos sangrientos no harían más que aumentar durante los siete años siguientes.

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Herschel Grynszpan - Ernst Vom Rath.
Herschel Grynszpan - Ernst Vom Rath.
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El pretexto para el primer incidente violento (eufemismo por “masacre”, digámoslo) de los nazis contra los judíos fue que el mencionado Grynszpan disparó contra Vom Rath. Envueltos en una controversia entre Alemanes y Polonia acerca de qué país era “responsable” de que los judíos polacos vivieran en Alemania (¡!), los padres de Grynszpan (que a esa altura ya vivían en París), habían sido deportados por los nazis hasta la frontera polaca un mes antes. Angustiado por la situación de sus padres, el 7 de noviembre de 1938 Grynszpan irrumpió en la embajada alemana en París con un revólver que había comprado a 235 francos (dinero que le había sacado a su tío) dos días antes, y le disparó a Vom Rath, no como un ataque personal (podría haberle tocado a cualquier otro funcionario alemán), sino enajenado por su angustia e impotencia por lo que había ocurrido con su padres. Grynszpan no intentó escapar ni se resistió cuando fue detenido por la policía francesa, y Vom Rath moriría dos días después, el 9 de noviembre.

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Herschel Grynszpan se cubre la cara mientras escoltado por policías franceses.
Herschel Grynszpan se cubre la cara mientras escoltado por policías franceses.

Apenas llegó a Munich (ciudad donde se encontraban Hitler y sus adláteres) la noticia de la muerte de Vom Rath, el director de propaganda nazi, Joseph Goebbels, ordenó la destrucción de sinagogas así como de casas y negocios de ciudadanos judíos. Las SS y las Juventudes Hitlerianas tomaron las calles, incendiaron unas doscientas sinagogas, profanaron tumbas, rompieron las vidrieras de comercios de judíos (y de varios otros también, por las dudas fueran de judíos y no se hubieran dado cuenta) y atacaron violentamente a cada judío que tuviera la mala suerte (o la peor idea) de cruzarse en su camino. Como dato curioso (es un decir), a pesar de las imperantes leyes de Nuremberg que restringían el contacto con judíos, muchos nazis no se privaron de violar miserablemente a mujeres judías esa noche.

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En tan solo 24 horas murieron 91 judíos y otros 36 fueron gravemente heridos. Treinta mil judíos fueron arrestados y enviados a campos de concentración en Buchenwald, Dachau y Sachsenhausen, donde lo que les esperaba era espantoso: fueron golpeados con palos y látigos entre otras cosas, y algunos más murieron a causa de esas golpizas. Muchos de los judíos que no fueron deportados a dichos campos fueron acorralados en las sinagogas quemadas, donde fueron golpeados y obligados a recitar pasajes de Mein Kampf (Mi lucha).

Esta locura colectiva fue el comienzo de una locura más prolongada: se había establecido el marco previo para la atroz “solución final de la cuestión judía”, tal el nombre del repugnante plan de exterminio ideado por los nazis poco después.

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Dachau.
Dachau.

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