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La muerte de Washington

Washington murió la noche del 14 de diciembre de 1799 en su casa a los 67 años de edad, mientras lo asistían el Dr. James Craik, uno de sus más cercanos amigos, y otros médicos. Su muerte es buena muestra del refrán "un médico cura, dos dudan, tres muerte segura".

Podemos decir que George Washington sufrió las siete plagas de Egipto: difteria, tuberculosis, malaria, viruela, disentería, hemorroides y piorrea. También tuvo carbunclo, neumonía y amigdalitis, pero entonces ya estamos en las diez plagas… y nos quedamos cortos. Obviamente estos males no fueron simultáneos; cuando acompañó a su hermano Lawrence a un viaje por el Caribe para que este se recuperarse de una tuberculosis, George no solo contrajo esta enfermedad, sino las viruelas que le dejaron cicatrices en el rostro, que sus retratistas no pudieron disimular.

A propósito de Lawrence, cabe recordar que George heredó su propiedad de Mount Vernon a la muerte de su hermano. Originalmente esta propiedad de 1.000 hectáreas se llamaba Little Hunting Creek, pero a la vuelta de pelear contra los españoles en Cartagena de las Indias, Lawrence le puso el nombre de su superior, el almirante Edward Vernon, a pesar de haber sido derrotado (o mejor, dicho apabullado) por el almirante español Blas de Lezo, al que llamaban “Medio hombre” por haber perdido un ojo, un brazo y una pierna al servicio de su país… pero esa es otra historia.

Todos sabemos quien fue Washington y cuál fue su legado pero no siempre se recuerda a los grandes hombres por sus penurias y en el caso de George además de las pestes enumeradas tenía una dentadura pésima, muy probablemente por la ingesta de compuestos mercuriales que le administraron para tratar sus otras cuitas. De hecho cuando asumió la presidencia solo tenía un diente. Esto lo obligaba a utilizar molestas dentaduras postizas (como podrán leer en alguna otra oportunidad en estas páginas).

A veces, estas aparentes debilidades las usaba (como buen político) para beneficio propio. De hecho la parquedad a la que estaba obligado por el molesto uso de sus dentaduras postizas (que también lo obligaban a usar opioides para calmar sus dolores) puede ser una de las razones de su éxito como estadista, ya que el silencio en un político suele ser una virtud.

También se cuenta que cuando comenzó a usar anteojos para ver de cerca por su natural presbicia, el bueno de George, cada vez que se veía obligado a usar sus gafas, decía que todo lo había dado a la patria, hasta su vista…

Cuando terminó su mandato, Washington se retiró a vivir en Mount Vernon. Allí se dedicó a administrar su hacienda que para entonces sumada 6.560 hectáreas y contaba con cien esclavos (curioso que los hombres como él y Jefferson, que hablaban de la igualdad entre los hombres, fuesen negreros). Recorriendo su propiedad un frío 12 de diciembre de 1799, George Washington contrajo una faringitis que pronto se complicó en neumonía.

Como el estado del expresidente empeoraba a ojos vista, se llamó al Dr. James Craik, médico y amigo del mandatario, para que asistiese al enfermo.

Tal era el deterioro de Washington que Craik hizo llamar en consulta a dos colegas, los doctores Dick y Brown, mientras él le realizaba al expresidente de los Estados Unidos, lo que todos los médicos de entonces les hacían a sus pacientes: una sangría. Por cualquier cosa, una sangría… En realidad, no le hicieron una sino siete, extrayéndole más de dos litros de sangre en escasas horas (si el lector anda flojo en biología, le recuerdo que solo tenemos cinco litros de sangre). Los médicos probaron todos sus recursos en este distinguido paciente: como Washington respiraba dificultosamente, además de la sangría le dieron laxantes, un emético y le aplicaron en el cuello una cantárida –un insecto al que le decían la “mosca española”– que producía ampollas cuando se colocaba sobre la piel.

Con toda esta parafernalia terapéutica no resulta extraño que las últimas palabras de Washington hayan sido: “Siento que me estoy yendo”. Creo que cualquiera de nosotros hubiese dicho lo mismo…

Al final, el buen George se fue, en gran parte gracias al esmero de los doctores –aunque no sería ético criticarlos, porque Craik, Brown y Dick se valieron de los escasos medios diagnósticos y terapéuticos de la época­–. “Muero con dolor”, les dijo a sus médicos, “pero no tengo miedo de partir”.

Washington fue enterrado en su propiedad de Mount Vernon y allí sigue a pesar de los varios intentos para trasladar su cuerpo a un monumento mortuorio de mayor envergadura, cosa que no ocurrió ni ha de ocurrir porque los grandes hombres no necesitan tumbas propias de un faraón.

Washington fue un gran patriota y un enorme demócrata. El primero en la guerra, el primero en la paz, el primero en el corazón de su gente. Como militar pudo no ser el más iluminado. Tuvo errores y contradicciones (como el caso de sus esclavos, que finalmente subsanó liberándolos después de su fallecimiento), pero tuvo una virtud, una gran idea que asistió a hacer grande a su nación.

No se aferró al poder, cumplió su período y se fue a su casa, donde a veces era consultado, pero siempre mantuvo una prescindencia porque estaba seguro que el secreto del éxito de la democracia es la alternancia. De no ser así, se cae en una monarquía, a la cual Washington había combatido con todas sus fuerzas.

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