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La muerte de Stalin

El 5 de marzo de 1953 el pueblo soviético no sabía si lamentar o celebrar la muerte de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Iósif Stalin.

La noche del 28 de febrero de 1953 hubo una reunión en Kuntsevo (un distrito de Moscú) entre Stalin y algunos hombres de su confianza. En dicho encuentro los invitados se retiraron a altas horas de la madrugada. Stalin se fue a dormir. Algunas versiones dicen que el dictador se retiró antes de lo esperado luego de discutir gravemente con dos de sus seguidores, Lazar Kaganóvich y Kliment Voroshílov.

Al día siguiente, Stalin no salió de su cuarto y no llamó ni a los criados ni a los guardias. Nadie se atrevió a entrar en su habitación hasta que, a eso de las diez de la noche, su mayordomo forzó la puerta y lo encontró tendido en el suelo, vestido con la ropa que llevaba la noche anterior. Stalin había sufrido accidente cerbrovascular (ACV) que, tras unos días de agonía, le causó la muerte. Eso es lo que sostiene la teoría oficial, pero sobre la misma rondan innumerables incógnitas y la sospecha de asesinato.

La salud de Stalin había empezado a declinar a partir de 1950, con agravamientos periódicos de su psoriasis. A los 70 años de edad, su memoria comenzó a fallar, se agotaba fácilmente y su estado físico se deterioraba. Vladímir Vinográdov, su médico personal, le diagnosticó hipertensión arterial e inició un tratamiento; a su vez, le recomendó al dictador que redujera su actividad. Stalin, que era un paranoico sin remedio, percibió una conspiración en los consejos del médico y no sólo se negó a tomar los remedios sino que despidió al doctor Vinográdov.

Pocos meses antes de su muerte, en octubre de 1952, se celebró el XIX Congreso del Partido, en el que Stalin dejó clara su posición de no intervenir militarmente fuera de sus fronteras. Frente a esta opinión, Gueorgui Malenkov –por entonces Presidente del Consejo de Ministros de la URSS– hizo un discurso en el cual reafirmó que para la URSS era vital estar presente en todos los conflictos internacionales apoyando las revoluciones socialistas; esto sería una constante de la Guerra Fría. Como un hecho inédito tras décadas de autoritarismo de Stalin, el Congreso apoyó las intenciones de Malenkov y no las de Stalin.

Posiblemente contrariado por ese revés político, Stalin decidió reanudar sus purgas (en realidad, nunca se interrumpieron del todo). Al margen de eso, Stalin fue alertado por una carta de la doctora Lidia Timashuk, una especialista del Policlínico del Kremlin, en la que acusaba al antiguo médico de Stalin (Vinográdov) y a otros ocho médicos de origen judío de indicar tratamientos inadecuados a altos mandos del Partido y del Ejército en forma intencional. Sin esperar a recibir más información ni recabar ninguna prueba, Stalin ordenó el arresto de los nueve médicos denunciados, en lo que fue llamado “el complot de los médicos”. La persecución se extendió aún más y afectó en total a 37 médicos en todo el país; 17 de ellos eran judíos, y la paranoia antisemita empezó a trasladarse a la población.

Conocedores del régimen de terror impuesto por Stalin en el pasado, entre los miembros más veteranos del Politburó corrió el miedo a que en esta nueva purga masiva también se los incluyera a ellos. Debido a este creciente clima de desconfianza, la sospecha del asesinato ha perseguido a la muerte de Stalin aún hasta hoy.

Volvamos a la noche que fue el principio del fin: una vez descubierto al dictador tendido sobre el suelo de su habitación, su hombre más fiel (ja), Lavrenti Beria (jefe de policía y seguridad interior), fue el primero en asistirlo, pero al parecer lo hizo con cierta parsimonia (se tomó su tiempo, digamos). Tanto él como los otros miembros del gobierno sintieron pánico y a la vez alivio; con la muerte de Stalin seguramente quedarían a salvo de ser víctimas de la feroz purga que volvía a emprender Stalin. Pero por otra parte, si Stalin sobrevivía, quizá alguien podría acercarse a Stalin con el cuento (nada de cuento, en realidad) de que ellos lo habían dejado morir...

Se dice que Beria no convocó a los doctores hasta pasadas 24 horas del ataque. Y además, para colmo, los mejores médicos de Moscú...¡estaban presos! La Academia de Ciencias Médicas y el ministro de salud se reunieron para debatir el posible tratamiento que salvara al hombre más poderoso de Rusia. Sin embargo, los días pasaban, Stalin continuaba su agonía y los médicos no se decidían por ningún tratamiento específico. Mientras tanto, la respiración de Stalin se hacía cada vez más dificultosa y su piel se iba poniendo cianótica debido a la mala circulación.

El día 4 de marzo pareció que mejoraba; una enfermera comenzó a darle de beber leche con una cuchara, pero sufrió un nuevo ataque y entró en coma. Los médicos que atendían a Stalin le practicaron reanimación cardiopulmonar ante reiteradas fallas cardíacas, hasta que finalmente a las 22:10 hs del día 5 de marzo no consiguieron reanimarlo. El mismo Krushchev tuvo que detener tantos intentos inútiles: “basta, por favor... ¿no ven que está muerto?”.

Los comunicados oficiales preparaban el terreno: el del 2 de marzo decía “Anoche, el camarada Stalin ha sufrido una hemorragia cerebral”, el del 3 de marzo: “Stalin padece trastornos respiratorios severos que amenzan su vida”. Finalmente, el del 5 de marzo comunicó escuetamente: “En la tarde de hoy el estado del camarada Stalin ha empeorado y, a las 21:50 hs, ha fallecido”.

El primero en propagar la teoría del asesinato por envenenamiento fue el hijo de Stalin, Vasily, quien desde el principio denunció negligencias médicas alrededor de la muerte de su padre. Sin embargo, el máximo sospechoso, más allá de los médicos a los que el propio Stalin había acusado de conspiradores, siempre ha sido Beria. Según las memorias de Nikita Kruschev, Beria llegó a confesar ante el Politburó: “yo lo maté y los salvé a todos ustedes”. Un día después de la muerte de Stalin, Beria puso fin a la investigación del “complot de médicos” y reconoció que las acusaciones contra ellos habían sido inventadas.

Stalin, que murió a los 73 años, odiado como déspota por muchos y adorado como un dios por otros muchos, que consiguió ganar la guerra y mejorar la industria pero también organizó asesinatos masivos y desarrolló un plan de persecución, represión, encarcelamiento, tortura y muerte a quien no pensara como él decía que había que pensar, había gobernado la Unión Soviética durante 29 años.

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Keystone / Getty Images
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Apenas muerto Stalin, en el clima de paranoia oficial que se generó, sus posibles sucesores, Gueorgui Malenkov (presidente del Consejo de ministros), Vyacheskav Molotov, Lavrenti Beria (jefe de policía y seguridad interior), Nikolai Bulganin y Nikita Khrushchev (presidente del Comité Central del Partido Comunista), actuaron, ahora sí, rápido. Mientras se pedía a la población que permaneciera en calma pero alerta y unida, el temor al disenso, al caos y a la rebelión saturaban al Kremlin.

Los movimientos políticos hacia el poder empezaron a sucederse. El triunvirato Malenkov-Beria-Molotov asumió el control del gobierno. Beria planeaba tomar el control, pero Khrushchev y Malenkov se unieron para bloquearle el camino, y de qué manera: en julio arrestaron a Beria por “complicidad con el terror stalinista”, y sin más ni más lo condenaron y lo ejecutaron. No se anduvieron con vueltas, digamos.

La acción era escandalosa, era como condenar al mismísimo Stalin. Además, si Beria era culpable, Krushchev y Malenkov de alguna manera también deberían serlo. A medida que el partido iba avanzando hacia la “desestalinización” resultaba imposible determinar si los líderes del país estaban llevando a cabo una nueva revolución o un nuevo tipo de purga.

Nikita Kruschev llegó finalmente al poder y durante los años siguientes se fue desviando cautelosamente de la política de Stalin, inició sutiles reformas penales y liberalizó la política exterior; hasta intentó reconciliarse con el yugoslavo Tito.

El “discurso secreto” de Kruschev contra Stalin un par de años después resultó el más duro ataque al comunismo, en este caso desde el interior mismo del sistema.

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