Nicolás Avellaneda | Cementerio de la Recoleta | Eduardo Wilde | Luis Güemes

La muerte de Nicolás Avellaneda

"El primer presidente argentino que jamás usó un arma", así lo presentó Sarmiento cuando asumíó. Nicolás Avellaneda fue el continuador de la obra de Sarmiento y uno de los más grandes mandatarios del país.

Nicolás Avellaneda prefería presentarse como ex rector de la Universidad de Buenos Aires antes que recordar que había sido Presidente de la Nación. No era para menos, ya que, había iniciado su gestión con la revuelta de Mitre contra el fraude electoral que lo consagró presidente en 1874 y finalizó su mandato en medio de la revolución de 1880 que lo había obligado a mudarse al pueblo de Belgrano por los duros enfrentamientos que caracterizaron los combates con las tropas de Carlos Tejedor. Para colmo de males, debió gobernar sobre “el hambre y la sed” de los argentinos a fin de afrontar los pagos del servicio de la deuda, circunstancia que le aparejó infinidad de sinsabores. Por eso, recordaba como los años más felices de su vida los que desempeñó al frente de la casa de altos estudios antes que los que había sufrido como primer mandatario.

Avellaneda no tuvo una vida fácil. El día que cumplió cinco años, su padre, Marco Avellaneda, era degollado en Metán. Su cabeza fue expuesta sobre una pica en la plaza de Tucumán y con su piel, los secuaces de Rosas se hicieron unas maneas que ilustraban a las claras el destino que les esperaba a los hombres de la oposición. Durante su presidencia, la cabeza de su padre, que había sido robada por una amiga de la familia, Fortunata García de García, le fue devuelta y pudo entonces enterrarla en el cementerio de la Recoleta, bajo una lápida que recordaba “a los seides de Rosas” neologismo inspirado en Seide, el servidor de Mahoma, como metáfora para describir a los serviles sicarios del Restaurador.

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Nicolás Avellaneda.

Nicolás Avellaneda.

Hacia 1884 la salud de Avellaneda se resintió, afectado por severos problemas renales que se le habían declarado poco después de dejar la primera magistratura. Decidió viajar a Europa en búsqueda de una solución para sus males. Antes de partir combatió la ley de educación laica, tema sobre el que tanto había debatido con su amigo Eduardo Wilde – por entonces Ministro del Interior del gobierno del general Roca-.

En París, además de la atención de otros célebres facultativos como Germán Fee, asistió a la consulta del Dr. Luis Güemes, nieto del general salteño que estaba perfeccionando sus estudios en Francia.

Poco se podía hacer por Avellaneda y su afección, la enfermedad de Bright, (término que hoy ha caído en desuso para denominar la insuficiencia renal) más que dieta, reposo. Sintiéndose morir, lo quiso hacer en su patria y en noviembre de 1885 se embarcó en el Vapor Congo. Frente a las costas de Uruguay perdió las esperanzas de ver por última vez las luces de la ciudad de Buenos Aires e hizo llamar al padre Letamendi -cura de Canelones, embarcado en la misma nave-, para confesarse en presencia de su mujer, Carmen Lóbrega. Recibió la extremaunción y murió el 25 de noviembre de 1885 en brazos de su querida esposa y el doctor Aristóbulo del Valle que se hallaba presente en ese momento.

Su cuerpo fue preservado hasta llegar a Buenos Aires donde fue enterrado en el Cementerio de la Recoleta.

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Nicolás Avellaneda - Cementerio de la Recoleta.
Nicolás Avellaneda - Cementerio de la Recoleta.

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