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La muerte del Zar Nicolás II

A cien años de la muerte de Nicolás II y su familia en Ekaterimburgo (17 de julio de 1918), resurge la figura del Zar como víctima de la innecesaria violencia revolucionaria.

Como en la Francia de 1789 (curiosamente la Marsellesa era el himno de los soviets) era imprescindible borrar de la faz de la tierra todo aquello que pudiese evocar al ancienne regime. El asesinato de la familia fue mantenido en secreto, circunstancia que se prestó a la creación de distintas versiones y mitos, como la sobrevida de las princesas Anastasia y Tatiana. Al igual que los falsos delfines franceses, las distintas princesas se multiplicaron en busca de fama, poder y los tesoros de la familia Romanov.

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La historia de la familia Romanov es trágica. Nicolás había presenciado el atentado contra su abuelo Alejandro II, cuando tenía tres años. Alejandro había tratado de transformar una Rusia de estructura feudal en una democracia. Su muerte en San Petersburgo modificó el espíritu innovador del gobierno y la familia vivió cuidándose de atentados, reforzando la autocracia y restringiendo los derechos de las minorías étnicas y grupos de ideología extrema que pudiesen atentar contra el Estado.

En homenaje a Alejandro II, su hijo Alejandro III, ordenó la construcción de la magnífica Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada.

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Quizás Nicolás siempre sospechó que, de una u otra forma, su suerte estaba ligada a la de su abuelo y que él, en algún momento sufriría la misma suerte. De hecho, fue testigo de otros atentados contra su persona y funcionarios de su confianza. Lo que quizás jamás imaginó es la devoción del pueblo ruso a cien años de su muerte, cuando en vida lo llamaban Nicolás «el sanguinario», por la tragedia de Jodynka, el Domingo sangrante, los Pogromos antisemitas y las innumerables bajas que ocurrieron durante las contiendas con Japón y con Alemania durante la Primera Guerra.

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<div>Los Románov visitando un regimiento durante la I Guerra Mundial. De izquierda a derecha, la Gran Duquesa Anastasia, la Gran Duquesa Olga, el zar Nicolás II, el zarévich Alexéi, la Gran Duquesa Tatiana y la Gran Duqesa María, acompañados de cosacos al fondo.</div><div><br></div>
Los Románov visitando un regimiento durante la I Guerra Mundial. De izquierda a derecha, la Gran Duquesa Anastasia, la Gran Duquesa Olga, el zar Nicolás II, el zarévich Alexéi, la Gran Duquesa Tatiana y la Gran Duqesa María, acompañados de cosacos al fondo.

El 22 de marzo de 1917 Nicolás II fue obligado a renunciar y él y su familia fueron recluidos en el Palacio de Alejandro. Ante la creciente ola revolucionaria, en agosto de 1917, el gobierno de Kerenski los llevó a Tobolak, donde pensaban que podían estar a salvo. La situación cambió cuando ascendieron los bolcheviques al poder en octubre del ’17. La vida de la familia del Zar se volvió crítica por los racionamientos, fruto de la escasez por la guerra civil que envolvió al país. Los Romanov se convirtieron en una pieza clave de este ajedrez político.

Para asegurar la cautividad del Zar, los bolcheviques trasladaron a toda la familia a Ekaterimburgo, a la casa Ipatiev, bajo la dirección de una tal Vasili Yakovlev, miembro del partido bolchevique que tenían la intención de juzgar al Zar como antaño lo habían hecho los franceses con la familia de Luís XVI.

La situación se hizo más complicada cuando la Legión Checoslovaca del Ejército Blanco se acercó a la casa de Ipatiev con la intención de rescatar a la familia imperial. Ante esta perspectiva, Yakov Yurovski, el encargado de vigilar a la familia Real, llamó al Dr. Eugene Botkin, el médico de la familia, para que organizase el traslado de los Romanov. A tal fin fueron conducidos al sótano de la casa. Allí se hizo presente Yakov Yurovski con un escuadrón de la policía secreta y anunció que el Comité Ejecutivo de los Urales había decidido la ejecución del Zar y sus parientes por ataques a la Rusia soviética.

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El accionar fue tan rápido, que poco pudieron protestar. Los primeros en morir fueron el Zar y el Zarievivh, ejecutados personalmente por Yurovski. Según los testigos, Tatiana, Anastasia y María fueron las últimas en morir porque llevaban más de un kilo de diamantes cosidos a sus vestidos. Las joyas que tenían intención de protegerlas ante los avatares económicos que seguramente iban a vivir, terminaron prolongando su agonía, ya que las balas rebotaban contra esa malla de diamantes. Debieron ser ultimadas con un tiro en la cabeza. Una versión posterior acusa a la baronesa Sofía Buxhoeveden de haber denunciado a los guardias la presencia de las joyas y así haber precipitado la muerte de la familia, aunque no exista una confirmación de esta «traición». También murió el Dr. Botkin y una criada que también llevaba gemas y diamantes para aliviar la carga de la familia.

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Lugar del asesinato.
Lugar del asesinato.

La noticia de la muerte de los Romanov se difundió dos días después de la masacre.

La responsabilidad la asumieron los bolcheviques de los Urales, aunque Trotski afirma en sus memorias que la decisión final fue de Lenin.

No todos coinciden con esta versión y aún se discute sobre quien impartió la orden de la ejecución.

Los cadáveres del Zar y de tres de sus hijas fueron sepultados y tratados con ácido en un lugar cercano a la carretera de Koptiaki. El Zarevich y una de sus hermanas fueron sepultados en una mina.

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Si bien los restos fueron hallados en 1979, recién en 1991, con la caída del comunismo fueron exhumados y analizados. El ADN fue comparado con el del príncipe Felipe de Edimburgo, por ser nieto de la hermana mayor de la Zarina. Entonces de demostró que Anastasia y Tatiana estaban con su familia al momento de su muerte, a pesar de los testimonios de distintas mujeres que proclamaban ser las hijas del Zar. En el 2007 se encontraron a los miembros faltantes de la familia.

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        <p>De izquierda a derecha: María, Olga, Anastasia y Tatiana cautivas en Tsárskoye Seló durante la primavera de 1917. Se trata de una de las últimas fotografías conocidas de las hijas del zar Nicolás II.</p><p></p>

De izquierda a derecha: María, Olga, Anastasia y Tatiana cautivas en Tsárskoye Seló durante la primavera de 1917. Se trata de una de las últimas fotografías conocidas de las hijas del zar Nicolás II.

Los restos de los Romanov fueron conducidos a la capilla de Santa Catalina, en la Catedral de Pedro y Pablo en San Petersburgo, donde se unieron a sus ancestros. Boris Yeltsin asistió al funeral, como una forma de reconocer la muerte innecesaria de la familia Imperial.

En el año 2000 la iglesia ortodoxa rusa canonizó a la familia del Zar Nicolás II, aunque no fueron proclamados mártires sino «Portadores de la Pasión», un nombre adecuado para una familia que debió afrontar una muerte injusta.

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