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La larga muerte del caudillo

En noviembre de 1975, el general Franco iniciaba su última pelea contra un enemigo al que jamás habría de vencer. Esta es la historia de la larga agonía del caudillo.

Todo el mundo en España sabía que el generalísimo moriría. En realidad, todos teníamos la certeza que esto habría de acontecer (menos la hora y circunstancias). A pesar de su imagen saludable, pesaban en su salud las heridas que había sufrido en Ceuta cuando se lo dio por muerto (y el entonces capitán exigió a punta de pistola que fuese llevado a un hospital). A estas heridas se agregaba un insidioso Parkinson que trataba de disimular.

Sin embargo, Franco vendía su salud de hierro, ya que a lo largo de su mandato solo se ausentó dos veces del Consejo de Ministros (en 1959 por una gripe, y en 1963 por un problema odontológico). Este tema que parece menor, no lo fue, ya que las úlceras bucales estaban infectadas por una cándida que le traía molestias día tras día.

Igualmente, la imagen de poder y omnipotencia creaban en el imaginario español el concepto que tenían Franco para rato (a pesar de las maldiciones republicanas).

A principios de 1975, Franco tuvo un tromboembolismo por el tiempo que pasaba sentado mirando televisión, y especialmente los partidos del Mundial de Fútbol. Tal era su sedentarismo que le salió un absceso en aquellas partes.

El tromboembolismo pulmonar hizo que fuera derivado al hospital Gregorio Marañón, bajo la vigilancia del Dr. Vicente de Gil. Aunque tuvo vómitos de sangre, poco tardó el caudillo en recuperarse.

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El Dr. Vicente Pozuelo hizo un detallado recuento de los 476 días en que, con otros colegas, se hizo cargo de la alicaída salud de Franco. El principal enemigo del general era su sedentarismo, que fomentaba la formación de trombos en las piernas. ¿Pero cómo ordenarle al dueño del poder omnímodo de España que debía marchar? Pues el Dr. Pozuelo le aconsejó que oír marchas militares y caminar bajo el ritmo marcial le haría bien a su espíritu guerrero, cosa que el caudillo aceptó de buen humor. Sin embargo, las marchas no impidieron que se agravara su Parkinson, y también sufrió otro nuevo episodio de tromboembolismo. Para colmo, España comenzaba a tener problemas con el terrorismo en tierras del Sahara, que el generalísimo decidió resolver usando la mecánica que mejor conocía: haciendo fusilar a los responsables.

Mientras esto acontecía, Franco perdía peso, apenas dormía y siempre estaba de mal humor, pero jamás se perdía un detalle de lo que acontecía en el país que seguía gobernando con puño de hierro.

El 12 de octubre, Franco se hizo un electrocardiograma de rutina, porque no se sentía bien. Al ver el estudio, el Dr. Pozuelo se percató inmediatamente que el generalísimo sufría un infarto. Sin embargo, en ese momento presidía el Consejo de Ministros. Al ofrecerle ser retirado en una silla de ruedas, dispuso irse caminado por sus propios medios. Si se había debilitado, era mejor que no se notara. “¡Se ha puesto en Legionario!” Exclamó uno de sus ministros.

En estas circunstancias, el caudillo tomó conciencia de su finitud, y redactó testamento. Millones de españoles miraban entre incrédulos y temerosos, que este hombre que los había conducido por cuarenta años sin hesitación de una guerra devastadora a una moderada prosperidad, estaba por abandonar para siempre este mundo… y España.

El 25 de octubre de 1975, el obispo de Zaragoza le administró la unción de los enfermos, que entonces se llamaba Extremaunción, aunque el procedimiento fue aplicado precozmente, porque no se sabe si Dios no estaba preparado para recibir al caudillo o si Franco no estaba tan apresurado en conocer al Creador.

Una semana más tarde sufrió una hemorragia gastrointestinal, que fue intervenida de urgencia en un quirófano improvisado, que no estaba preparado para atender a paciente tan delicado. Finalmente, los médicos lograron clampear la arteria que sangraba, aunque en un momento falló la corriente eléctrica y debieron operar con linternas.

El 7 de noviembre, Franco fue trasladado del Palacio del Pardo al hospital de la Paz, porque seguían las hemorragias. Le habían debido retirar el 90 % del estómago, que contaba con once úlceras, complicada por una peritonitis.

Habiendo agotado los tratamientos ortodoxos, este equipo de 32 facultativos, decidió operarlo por tercera vez en 15 días, adoptando medidas heroicas, como el uso de hormona de crecimiento y crioterapia.

Para el 19 de noviembre no había mucho que hacer, pero los médicos se empecinaron en mantenerlo al caudillo con vida por unas horas más, para llegar al 20 de noviembre, fecha de la muerte de su predecesor, Primo de Rivera (quien sería su compañero de eternidad, al menos por unos años).

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Para preservar el cadáver del caudillo fue convocado el Dr. Antonio Piga, encargado de embalsamar al generalísimo y tratar de disimular los estragos producidos por la enfermedad.

Hace pos días esta momia que debía reposar por la eternidad en su tumba del Valle de los Caídos, donde lo acompañaban millares de leales soldados y bravos enemigos, fue retirado después de una batalla legal al Cementerio Mingorrúbio. En este nuevo emplazamiento lo acompañan un primo del general, el almirante Carrera Blanco (su hombre de confianza, víctima de un atentado de la ETA), Carmen Polo, su esposa, varios ministros y funcionarios de su regimiento, Monseñor de Escriva y Balaguer, un leal empresario como José Banus, el dictador dominicano Rafael Trujillo, y el escritor Joaquín del Calvo Sotelo, conocido dramaturgo amigo y coetáneo del escritor Jardiel Poncela, otro autor español recordado por esa impiadosa frase “Si quieres alabanzas, muérete”.

Al parecer el consejo no le ha sido de mucha utilidad al generalísimo.

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