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"La hora de la mujer ha sonado": hacia la ley 13010

En una historia plagada de retrocesos y obstáculos, en 1947 las mujeres argentinas finalmente obtuvieron el tan deseado sufragio, que las puso en igual condición política que los hombres. En esta oportunidad, realizamos un breve repaso de los caminos que diferentes organizaciones y actores debieron transitar para llegar a ese codiciado derecho y revisamos algunos de sus clichés más comunes.

El 9 de septiembre de 1947 una multitud de mujeres que esperaba en la calle frente al Congreso recibió aliviada y con júbilo la noticia de que la Cámara de Diputados había aprobado la ley 13010, que reglamentaba el sufragio femenino. Desde hacía casi un año, cuando en agosto de 1946 el Senado había dado su voto positivo, había reinado una gran expectativa por lo que podía llegar a suceder y, cuando semanas después, el 23 de septiembre, miles de mujeres más se congregaron en Plaza de Mayo para ver como Perón entregaba el texto de la ley a su esposa Eva Duarte, se sellaba el destino político de casi la mitad de la población argentina.

Esa historia, la que se repite una y otra vez cuando hablamos de la extensión del derecho al sufragio a las mujeres, es un clásico incompleto. Décadas antes de las jornadas de septiembre del ’47 – aunque ignoradas en gran parte por los debates que se dieron en esas fechas – mujeres como Fenia Chertkoff, la Dr. Alicia Moreau de Justo o la Dr. Julieta Lanteri ya habían salido a la calle a pedir por sus derechos. Grupos de raigambre socialista, como el Centro Socialista Femenino (creado en 1902), o feminista – tales como el Centro Feminista (1905), el Comité Pro-Sufragio Femenino (1907) o la Asociación Pro-Derechos de las Mujeres (1918), sólo por nombrar algunos – aún desde posiciones marginales, en los albores del siglo habían logrado abogar por los derechos de la mujer en un contexto político que todavía les era extremadamente hostil. Los avances habían sido pocos, pero seguros y lentamente se habían ido abriendo puertas orientadas a mejorar la posición social de las mujeres, como prueba la sanción del nuevo Código Civil en 1926.

Mujeres congregadas frente al Congreso.jpg
Mujeres congregadas frente al Congreso.
Mujeres congregadas frente al Congreso.

El avance en temas de sufragio, aunque una reivindicación constante, no había tenido el mismo eco. Excepto por los simulacros de voto, alguna que otra acción directa y las negociaciones con los partidos, cerca de una docena de proyectos de ley nacional habían ido naufragando a lo largo de las décadas. Sólo había existido un legítimo atisbo de esperanza cuando el proyecto presentado por el socialista Alfredo Palacios – que establecía el sufragio universal y obligatorio para las mujeres – fue aprobado por la Cámara de Diputados en 1932. El tema, sin embargo, se encontró con amplia resistencia en el Senado y, cajoneado, eventualmente cayó en el olvido.

La década del treinta, de todos modos, había empezado con gran ímpetu y esto movilizó a las mujeres como nunca antes en su búsqueda del voto. Organizaciones como la Federación Argentina de Mujeres Universitarias, fundada por Irma Vertúa y María Teresa Ferrari, o la Unión Argentina de Mujeres, presidida por Victoria Ocampo y María Rosa Oliver, se pusieron la cuestión al hombro y, especialmente ésta última, logró hacer avances considerables en el terreno político, llegando a presentar su propio proyecto en 1938. La coyuntura y especialmente el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, implicaron un viraje en el foco de la mayoría de estas organizaciones, ahora concentradas en promover la lucha antifascista.

El contexto argentino, por su parte, también hizo lo suyo para detener los avances en cuestiones de género, especialmente a partir del giro conservador que siguió al golpe de 1943. En este punto, de todos modos, la pluralidad dentro del grupo gobernante habilitó el surgimiento de un ala populista que terminó imponiéndose y, de hecho, creando un lugar para la reforma. Ésta, como instrumento fundamental a la hora de evitar el deslizamiento de los sectores marginados hacia una tendencia revolucionaria, tuvo aplicaciones concretas en cuestiones como la instalación del Estado benefactor o la propagación de políticas tendientes a la aplicación de la justicia social. Pero para asegurar su éxito, también hacía falta atender a las que serían sus bases; ergo, la atención puesta en las mujeres, sector postergado por excelencia.

Ya con Perón gravitando fuerte dentro de la Secretaría de Trabajo y Previsión, él señaló el progreso político de la mujer como “una necesidad impostergable” y como “una continuación de nuestra obra de justicia social y política”. En consecuencia, creó la División (luego Dirección) de Trabajo y Asistencia a la Mujer, dependiente de la Secretaría que él tenía a cargo, y nombró a Lucila de Gregorio Lavié como su máxima autoridad. El espacio, aunque originalmente dedicado a la protección de la mujer trabajadora, rápidamente se transformó en un bastión interestatal del sufragismo. Como muestra del poder que estaba adquiriendo, se organizó un acto en el Congreso el 26 de julio de 1945, al cual asistió Perón a dar su apoyo explícito, que congregó a importantes mujeres del sindicalismo y puso al debate por los derechos políticos nuevamente en el tapete.

Después de este momento, al cual se sumó la creación de la Comisión Pro-Sufragio Femenino dentro de la Dirección y la elevación de un petitorio que pedía respetar lo acordado en las Actas de Chapultepec (por el cual la Argentina se había comprometido internacionalmente a otorgar el voto a las mujeres), las cosas empezaron a tomar una seriedad inaudita. Quizás por eso, cuando se desató el rumor de que Perón estaba dispuesto a impulsar la elaboración de un decreto-ley que resolviera la situación política de la mujer, el conflicto dividió a los grupos sufragistas. Aunque varios se mostraron dispuestos a apoyar la medida, otros, nucleados en la Asamblea Nacional de Mujeres en 1945 con la UAM a la cabeza, se pararon paradójicamente en franca oposición.

El hecho, igualmente, no se resolvió ese año. Entre el 17 de octubre y las elecciones de febrero de 1946 las mujeres continuaron ocupando la calle y expresando sus simpatías por los distintos candidatos. Sólo como prueba de su avance, se puede citar el acto de la Secretaría Femenina del Centro Universitario Argentino, que famosamente congregó a unas 20 mil mujeres en el Luna Park para aclamar a Perón y terminó con la ausencia del futuro líder y el abucheo de Evita, figura todavía relativamente desconocida en el movimiento, a quién él había mandado en su lugar. En todo caso, la cuestión casi estaba zanjada y para ese entonces el sufragio femenino figuraba en las plataformas de todos los partidos y era casi seguro que, pasara lo que pasara, la ley iba a terminar saliendo.

En efecto, en el discurso inaugural de Perón en el Congreso (26/06/1946) – si bien manteniendo todavía cierta ambigüedad en cuanto al rol que la mujer tendría en el futuro político – él se pronunció a favor de la cuestión. Por pedido suyo, el senador oficialista Lorenzo Soler presentó un proyecto en la Cámara que, luego de ser modificado por la Comisión de Asuntos Constitucionales, fue debatido en el recinto el 21 de agosto de ese año. En un debate en el que reinaron las posiciones maternalistas (usadas tanto a favor como en contra de la inclusión política de la mujer) para destacar el rol doméstico/sensible de la mujer, el proyecto resultó aprobado.

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En su lento tránsito hacia Diputados, de todos modos, surgió una novedad cuando en enero de 1947 se empezó a gestar una campaña tendiente a poner a Eva Perón al frente de la lucha por el voto. A través de una serie de artículos en Democracia, órgano de difusión peronista, titulados “La mujer argentina quiere votar” y de apariciones radiofónicas, la primera dama fue dotada de un rol claro dentro del movimiento – algo de lo que carecía hasta entonces – y cumplió la función de asegurar la “peronización” de la cuestión.

En un análisis pormenorizado de sus discursos, la historiadora Susana Bianchi demostró de qué manera éste tipo de retórica se distanció de “la memoria de las luchas de las mujeres socialistas, identificadas por el peronismo con la oligarquía, ni de las feministas, consideradas como negación de la femineidad”. Fundamentalmente, para evitar entroncar con cualquiera de estas tradiciones, Evita apelaba a la historia para mostrar de qué manera la mujer había “apoyado” y “aconsejado” al varón en la construcción de la nación y, erigida como puente entre el líder y el pueblo, explicaba con júbilo que “la hora de la mujer ha sondo en la República Argentina”. Esta mujer, que sí, es cierto, había ganado visibilidad en el espacio público, ahora estaba llamada a cumplir un rol político desde lo que el sentido común señalaba como tradicional para ellas: el hogar. Con ellas, la política argentina se “feminizará” y se hará realidad lo que cada vez más era definido como un sueño que Eva tenía para la nación.

Este discurso, con todo lo anticuado que puede llegar a sonar hoy, obtuvo de hecho gran aceptación entre los millones de mujeres que, todavía confinadas al ámbito doméstico, se encontraban ahora legitimadas cumpliendo un rol político desde su lugar. Si se le suma a esta redefinición de lo que era la militancia un componente de lucha, se entenderá su éxito definitivo, en tanto que fue eficaz a la hora de crear enemigos a los cuales vencer, aún si estos eran más retóricos que reales. Como casi todos los historiadores de este tema se empeñan en señalar, aún si había concepciones diferentes en cuanto a lo que implicaría la entrada de la mujer a la arena política, el hecho en sí no estaba ya en tela de juicio. Así lo prueba, desde ya, que el 9 de septiembre, cuando el proyecto se terminó tratando en una sesión maratónica las únicas resistencias provinieron de las objeciones que el demócrata nacional Reynaldo Pastor y el peronista Miguel Petruzzi pusieron a la obligatoriedad del voto.

Si la sesión duró tanto tiempo fue por lo larga que era la lista de oradores ya que, como señala Bianchi, “nadie quería dejar de dispensar su elogio a la femineidad, es decir, a su futura clientela política”. Entre discursos que destacaban a la mujer como el igual del hombre y los que la exaltaban por sus diferencias, las mujeres de carne y hueso que esperaban una definición en la plaza se empezaron a poner impacientes. Con 45 oradores por delante, el presidente de la Cámara pidió pasar a votación y, de forma unánime, se aprobó la ley.

Fuera del Congreso y en la Plaza de Mayo algunas semanas después las multitudes femeninas no podían más de excitación, pero, como señaló Marysa Navarro, la incorporación masiva de la mujer al peronismo resultó en una situación en la que ellas poco sabían de las luchas del principio del siglo XX. Los grupos feministas habían perdido gravitación en esta cuestión por su oposición a Perón y, en la exitosa operación que logró que Eva Perón se erigiera como la vencedora en esta lucha, para el imaginario contemporáneo y futuro sería ella la que obtuvo el triunfo para las mujeres argentinas.

Una vez aprobada la ley y consagrada Evita en su nuevo rol, igualmente, él éxito tuvo un dejo amargo en tanto que debieron pasar cuatro años más para que las mujeres pudieran votar. Problemas logísticos sumados a que, como señaló Carolina Barry, “el gobierno hizo lo suyo para que las mujeres votaran por primera vez cuando consideraba que estaban preparadas para hacerlo”, implicó un alargamiento de los tiempos.

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