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La historia de Rayuela, según Julio Cortázar

Hace cincuenta y seis años, convivían sobre esta Tierra el Che Guevara y Martin Luther King. Latinoamérica se planteaba su futuro, a través de un debate con las ideas del socialismo. Y el mundo editorial se revolucionaba con una obra que cuestionaba todo, desde el lenguaje, las leyes de género y la manera de producir literatura. En palabras de su propio autor, qué significó su aparición en el mundo de las letras.

En junio de 1963, el mundo se conmovía por la muerte del Papa Juan XXIII. Argentina, bajo el gobierno de facto de José María Guido se preparaba para las elecciones presidenciales del mes siguiente, en las que resultaría electo Arturo Illia. Aún faltaban un par de meses para que Martin Luther King pronunciara su célebre “I have a dream” ante una multitud y otros tantos para que Dallas se transformara en la última mañana de John Fitzgerald Kennedy. A ese mundo, que aún tenía al Che Guevara agitando la revolución en Cuba, llegó “Rayuela”.

Novela o anti-novela, parte fundamental del “Boom latinoamericano” –ese fenómeno literario relacionado con los autores Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes -; hay algunos teóricos que señalan que el llamado “boom” se inició justamente en 1963, con esta obra de Julio Cortázar que fue traducida, entre otros idiomas, al inglés, italiano, sueco, polaco, portugués, francés, alemán, holandés, rumano y noruego (ilustramos esta nota con algunas tapas de la época).

Cierto es que Rayuela marcó un hito por la originalidad de su formato y por la riqueza de estilo que en algunos pasajes se vuelve surrealista, algo que en el momento de su escritura era vanguardia en obras literarias.

“Terminé una larga novela que se llama Los Premios, y que espero leerán ustedes un día – le escribió Julio Cortázar en una carta a su amigo, el escritor y linguista Jean Bernabé, a mediados de diciembre de 1958-, quiero escribir otra, más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por una novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”.

“La verdad, la triste o hermosa verdad es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco, tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género”; explicaría al mismo Bernabé, en otra carta, seis meses después.

Ya en agosto de 1960, en una nota dirigida al editor Paco Porrúa, Cortázar le aclaraba: “Ignoro cómo y cuándo lo terminaré, hay cerca de cuatrocientas páginas que abarcan pedazos del fin, del principio y del medio del libro, pero quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que “baúl de turco”). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo que me atreva a mostrarlo a alguien; y otras veces tan puro, tan poco literario.. Qué sé yo lo que va a salir”.

Pero poco más de un año después, con “Rayuela” finalizada, el tono de Cortázar era otro: “Casi he terminado. Como una especie de libro infinito (en el sentido de que uno puede seguir y seguir añadiendo partes nuevas hasta morir) pienso que es mejor separarme brutalmente de él. Lo leeré una vez y enviaré el condenado artefacto al editor. Si te interesa saber qué pienso de este libro, te diré con mi habitual modestia que será una bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana”; aseguró en una carta al poeta norteamericano Paul Blackburn; fechada el 15 de mayo de 1962.

No se equivocaba en su presagio. La bomba capitaneada por Oliveira y por La Maga explotó en su universo de letras y provocó un antes y un después en generaciones de lectores.

“¿Querés una anécdota?” – le preguntó Cortázar a Manuel Antin, en una nota que le escribió en agosto del 64, cuando ya el “Boom” era una realidad en todo el continente – “Rayuela no se iba a llamar así. Se iba a llamar “Mandala”. Hasta casi terminado el libro, para mí se seguía llamando así. De golpe comprendí que no hay derecho a exigirle a los lectores que conozcan el esoterismo búdico o tibetano. Y a la vez me di cuenta de que “Rayuela”, título modesto y que cualquiera entiende en Argentina, era lo mismo; porque una rayuela es un mandala desacralizado. No me arrepiento del cambio”.-

TEXTO EXTRAÍDO DEL SITIO http://planlectura.educ.ar/?p=1105

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