PersonajesFrancisco Ramírez | Artigas

La historia del Pancho y la Delfina

Él fue un líder en Entre Ríos. Los orígenes de ella eran tan inciertos como segura su belleza y su audacia. Vivieron un romance pasional, incluyendo la muerte trágica del héroe.

Después de atar su pingo a la Pirámide de Mayo, Francisco Ramírez –al que algunos llamaban «el Supremo» a fin de ganarse su simpatía– había dejado que los susurros de Sarratea y Carrera lo hiciesen volverse contra su antiguo jefe, Artigas, «el Protector». Ya estaba grande para escuchar las reprimendas de Don Gervasio y lo persiguió por Entre Ríos y Corrientes, hasta que a Artigas no le quedó otra opción que cruzar al Paraguay. El oriental sabía que su destino estaba en manos de Rodríguez Francia, pero también era consciente que de quedarse en esta orilla sus días estaban contados. Ramírez lo había hostigado con saña, no iba a perdonarlo fácilmente.

Francisco Ramírez volvió exultante al Arroyo de la China (actual Concepción del Uruguay) para gozar del poder y del amor de la Delfina. Muy poco se sabe de ella, solo que era hermosa y de nacionalidad portuguesa. Solía vestirse de hombre, con chaqueta militar y sombrero adornado con una pluma de avestruz. Francisco la había conocido en Purificación, la ciudad que su antiguo jefe había erigido a orillas del río Uruguay, y desde entonces no volvieron a separarse porque la Delfina lo seguía a sol y a sombra, en la campaña y en la ciudad.

Para Pancho Ramírez atrás había quedado su prometida, Norberta Calvento, desplazada por esta pasión que parecía obnubilarlo por su belleza de hembra indomable. Así las cosas, Norberta se quedó a esperar en silencio que amainase esta furia amatoria de su hombre. La abrigaba la esperanza que algún día su Pancho volviese.

Eran muchas las furias que atormentaban a Francisco, la intención de poner su provincia en orden después de tanta guerra, el cuidado que debía tener con los porteños siempre dispuestos a quedarse con lo ajeno y los recelos que creaba Estanislao López, su antiguo aliado.

Solo el amor de la Delfina constituía un remanso para su corazón inquieto.

Apenas tres meses después de haber derrotado a Artigas, Ramírez cruzaba el Paraná para atacar a López. Al frente de sus tropas marchaba Lucio Norberto Mansilla, un oficial del Ejército de los Andes, recomendado por Sarratea para jaquear el poder santafecino. Confiado, Ramírez se enfrentó a López, con tan mala fortuna que a poco de iniciar la contienda solo contaba con un escaso grupo de leales y su Delfina.

La suerte que hasta entonces lo había acompañado como una amante fiel, lo había abandonado. ¿Acaso era otra maniobra tramada desde las sombras por Sarratea? Mascullaba Pancho su desgracia, apenas consolado por su Delfina. No había mucho para lamentarse y, menos aún, tiempo que perder. Las tropas de López estaban al acecho. Con el leal Medina –ese general analfabeto que años más tarde acometería contra la muerte envuelto en tinieblas– decidió adentrarse en tierras del indio Ibarra convencido que les daría cobijo, para volver por un camino más seguro a Entre Ríos.

Sin embargo, la desgracia se abatiría sobre Ramírez. Sorprendidos por una partida, Don Pancho y sus hombres huyeron a uña de caballo, pero atrás había quedado la Delfina, presa de esos salvajes. Sin pensarlo, Francisco volvió grupas y como un tigre peleó por su mujer. Sin su chaqueta que lucía con tanto encanto ni ese sombrero de pluma de avestruz, la Delfina logró huir, mientras su Pancho se batía a sable y lanza. Las balas y el polvo surcaban el aire de esa tarde de invierno atravesada por el drama. Eran muchos, pero Ramírez se trenzó en desigual batalla, donde llevó la peor parte. Quedó Ramírez tendido en el campo. Antes de morir, supo que su Delfina estaba a salvo.

Siguiendo el rito de los vencedores, la cabeza de Ramírez fue cercenada como un trofeo. Después de embalsamarla, López la exhibiría a modo de escarmiento. El indio Medina llevó a la Delfina atravesando montes impenetrables de quebrachales. Meses tardaron en llegar a Entre Ríos. Allí Mansilla se había hecho gobernador y Norberta ya conocía la suerte aciaga de su prometido. Delfina vivió la oscura existencia de la amante a la que todos querían olvidar. Murió en 1834.

En cambio, Norberta llevó adelante su papel de novia que espera el regreso de su amado. Una Penélope sin mar, que teje y desteje sus recuerdos. Dicen que fue amortajada con el vestido de novia que nunca pudo lucir.

Nada queda de ellos. Nadie sabe dónde están enterrados. Solo nos han dejado esta historia de amor y vano coraje.

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