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La Gran Purga de Stalin

A partir de 1936, Josef (o Iósif) Stalin comenzó a destruir de manera sistemática la estructura del viejo partido bolchevique para armar la suya y "asegurarse la lealtad del Partido Comunista".

En un período de tres años, Stalin y sus organismos policiales arrestaron a cinco millones de ciudadanos. Millones de ellos fueron ejecutados. Los que quedaban con vida eran desterrados a los gulags (los campos de trabajo creados por Stalin), que resultaron insuficientes para contener el enorme número de prisioneros.

Serguéi Kírov, el prometedor jefe del Partido, parecía ser el probable sucesor de Stalin, hasta que fue asesinado a tiros en su despacho en diciembre de 1934. El asesino, el habitual lobo solitario desequilibrado, fue detenido en estado de confusión mental. Stalin supuso de inmediato que el asesino formaba parte de una conspiración de gran envergadura y ordenó “neutralizar” a cualquier persona que fuera sospechosa de ser un enemigo del pueblo (enemigo suyo, mejor dicho). La culpa de todos los problemas que venía padeciendo la URSS desde la década anterior (escasez, hambruna, etc) fue atribuida a “saboteadores contrarrevolucionarios que socavan los cimientos de la sociedad soviética” y se dio por sentado que Trotski era el cerebro de esta conspiración; un complot, según Stalin, cuyo objetivo deliberado consistía en crear el caos necesario que le abriera la puerta a su retorno.

Sin embargo, hace poco, en 2009, Rusia publicó documentos previamente secretos que arrojaron luces sobre el asesinato de Sergei Kirov, a partir del cual se desencadenaron los hechos que se transformarían en la Gran Purga. El misterioso asesinato del rival de Stalin permaneció durante décadas como uno de los enigmas más custodiados del Kremlin, ya que muchos de los documentos claves fueron inmediatamente clasificados como secretos por la policía secreta. Kirov, un fiero revolucionario bolchevique cuya popularidad entre los miembros comunes del Partido Comunista había opacado la de Stalin, fue asesinado en Leningrado por de un hombre llamado Leonid Nikolayev.

Stalin y Kírov
Stalin (izquierda) y Kírov, en la Estación de Leningrado en Moscú, 1928.

Stalin (izquierda) y Kírov, en la Estación de Leningrado en Moscú, 1928.

Historiadores sospecharon por mucho tiempo que Stalin mató a Kirov para eliminar a un rival y una posible amenaza. Sin embargo, documentos publicados por la agencia nacional de inteligencia rusa, entre ellos el diario de Nikolayev, mostraron el escenario de un desilusionado funcionario del Partido Comunista actuando solo, por amargura y venganza. Después de ser expulsado del partido por “romper la disciplina partidista”, luego de que se le negó el tratamiento en un sanatorio pese a sus problemas coronarios, y cuando no pudo acceder más a las raciones de comida de los funcionarios del partido, Nikolayev decidió vengarse de Kirov. Tan simple como eso.

Tan simple como eso también: Stalin aprovechó el crimen para desatar sus intenciones y justificar la Purga.

Pero volvamos a la época.

La Purga seguía un esquema oficial de “acusación, arresto y condena”; esquema que podía ir unido a un juicio público en el que el veredicto era siempre de culpabilidad. En agosto de 1936 Stalin celebró el primero de esos juicios; en él envió a fusilar a Lev Kamenev y Grigori Zinoviev, sus compañeros en el triunvirato (la segunda “troika”, ya que la primera fue la formada por Lenin, Stalin y Trotski) que gobernó tras la muerte de Lenin. Stalin se había alineado junto a Kamenev y Zinoviev para enfrentar y derrotar a Trotski, el más agudo y brillante del directorio soviético. Pero terminó ejecutando a Kamenev, a Zinoviev y a otros catorce dirigentes comunistas de la vieja guardia. Todos ellos fueron acusados de participar en una conspiración liderada por Trotski para asesinar a los altos dirigentes de la URSS y de haber matado a Sergei Kirov (ya que estamos, les tiraron ese muerto también).

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Gulags rusos
Gulags rusos

Todos “confesaron” y fueron sentenciados a muerte. Lo que los corresponsales extranjeros enviados a cubrir las instancias del juicio desconocían era que los acusados habían sido amenazados y torturados mientras estaban en la cárcel esperando el inicio del juicio. Sin embargo, Occidente, más que interesado por conseguir una alianza contra el fascismo que surgía impetuosamente en Europa, firmó un acuerdo con Stalin, lo que de alguna manera avalaba su accionar interno.

“La cualidad inherente a todo bolchevique en estos días debe ser la capacidad de reconocer a un enemigo del partido, sin importar el disfraz que lleve”, decía Stalin. A partir de entonces, el solo hecho de “no reconocer a un enemigo” constituía un delito. La paranoia se adueñó del Partido. Bah, de Stalin, mejor dicho.

La desenfrenada paranoia de Stalin se convirtió en el principio rector de su gobierno. El asesino de Kirov fue fusilado junto con más de veinte personas relacionadas con él. Casi todos los perdedores que habían perdido poder durante el ascenso de Stalin (Bujarin, Kamenev, Rykov, Zinoviev, etc) fueron detenidos, torturados y fusilados. Un asesino (el catalán Ramón Mercader, militante comunista y agente del servicio de seguridad soviético NKVD) fue entrenado y enviado a asesinar a Trotski, cosa que finalmente hizo en México en 1940.

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Stalin, Rýkov, Zinóviev y Bujarin (de izda. a dcha.) 20 de septiembre de 1924

Stalin, Rýkov, Zinóviev y Bujarin (de izda. a dcha.) 20 de septiembre de 1924

Stalin volvió su atención hacia el ejército y llevó a cabo también una Purga militar: expulsó a 43.000 oficiales y ejecutó a 3 de sus 5 mariscales, a 15 de los 16 comandantes, a 60 de los 67 comandantes de cuerpo y a 136 de los 199 comandantes de división. En total, la tercera parte de los oficiales fueron detenidos y fusilados. La Purga también se llevó puesto al director de la NKVD (el “comisariado del pueblo para sus asuntos internos”) Guénrij Yagoda, un farmacéutico cuya especialidad era la de envenenar con gran discreción a dirigentes soviéticos destacados que Stalin necesitaba hacer desaparecer sin demasiado ruido. Stalin destituyó a Yagoda porque éste no logró conseguir ni “armar” pruebas para condenar a Nikolái Bujarin, otro “competidor” de Stalin. Resultado: fusiló a Yagoda y sus colaboradores... junto con Bujarin.

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Nikolái Bujarin
Nikolái Bujarin

Nikolai Yezhov sustituyó a Yagoda, y su nombre se transformó en sinónimo de la Gran Purga (llamada Yezhovschina). Yezhov fue responsable de siete millones de detenciones, un millón de ejecuciones y dos millones de muertos en los gulags en apenas un par de años. Pero Stalin también dejó de confiar en él y en 1938 lo reemplazó por Laventy Beria, quien ejecutó a Yezhov en 1940. Beria sobrevivió a Stalin, pero fue detenido y ejecutado poco después de la muerte del dictador. Nadie se andaba con vueltas por esos pagos...

Pero la Purga no fue sólo política y militar; se extendió a todos los segmentos de la sociedad. En los bosques cercanos a las grandes ciudades (Kiev, Leningrado, Moscú, Minsk, etc) la NKDV instaló gigantescos cementerios clandestinos y utilizó fosas comunes; los habitantes de esas zonas afirmaron que a diario se oían disparos en los bosques. Hasta debajo del zoológico de Moscú se encontraron esqueletos. Los “enemigos del pueblo”, puestos en fila a lo largo de las zanjas recién cavadas, eran amordazados y asesinados con un disparo en la nuca.

Y años después hubo más, una especie de “segunda parte”: en cuanto la Segunda Guerra Mundial fue inclinándose a favor y los soviéticos fueron recuperando su territorio, Stalin enfocó también su atención hacia la gente que había colaborado con los conquistadores alemanes. En realidad, el colaboracionismo ni siquiera era necesario para ganarse la desconfianza de Stalin; el mero hecho de haber sobrevivido a la ocupación nazi ya hacía a cualquiera sospechoso de traición. Comenzó castigando a muchos de pequeñas nacionalidades (chechenos y pobladores del Cáucaso, por ejemplo, fueron deportados en masa a Siberia) para dar un ejemplo al resto. Alrededor de 1.500.000 de prisioneros de guerra soviéticos liberados (lo que quedaba de los más de 5.000.000 inicialmente capturados por los alemanes) no fueron bien recibidos en su patria y fueron enviados a los gulags, uniéndose a los 2.500.000 de civiles soviéticos que los nazis se habían llevado y esclavizado, muchos de los cuales no serían liberados hasta tiempo después de la muerte de Stalin.

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Monumento a las víctimas de la represión política, en la plaza Lubianka de Moscú, a partir de una roca del campo de trabajos de Solovkí.

Monumento a las víctimas de la represión política, en la plaza Lubianka de Moscú, a partir de una roca del campo de trabajos de Solovkí.

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