PersonajesLázaro Blanco | Ann Elizabeth Hodges | Entre Ríos

La esquiva suerte

Las historias de Lázaro Blanco y Ann Elizabeth Hodges.

Todos sabemos, aunque no siempre lo querramos admitir, que hay circunstancias fortuitas en la vida. Algunas son tan extrañas que pasan a la historia, de forma muy curiosa. Estos son dos de esos casos que pasaron a los anales por su rareza.

Lázaro Blanco, un chasqui entrerriano murió trágicamente en una tormenta. El "Chalo" –así le decían– tenía 22 años y convivía con Isabel López. A pesar de la corta edad de la pareja, ya tenían 4 hijos.

Su habilidad como jinete y siendo conocedor del montiel, pronto Lázaro pasó a ganar gran parte de su sustento como chasqui. El 7 de septiembre de 1886 el comisario de San José de Feliciano (norte de Entre Ríos) le encargó a Lázaro buscar los sueldos de los policías. A tal fin debería recorrer 90 km hasta llegar a La Paz. Aunque el tiempo amenazaba tormenta, Lázaro decidió salir a la brevedad. Usualmente montaba un tordillo pero en esta oportunidad aprestó a un gateado. Entonces creían que los caballos blancos atraían los rayos.

En pleno camino lo sorprendió un aguacero y buscó cobijo bajo un gran algarrobo Y fue allí cuando la esquiva suerte se precipitó y Lázaro y su gateado fueron fulminados por un rayo.

Tres días demoraron en encontrar al desafortunado Lázaro que fue sepultado en su pueblo ante familiares y amigos conmocionados por esta vida truncada en sus mejores años. Todos en el pueblo recordaban al desgraciado paisano.

Meses más tarde la seca apretaba al norte de Entre Ríos, y hacía peligrar la cosecha. Don Ciríaco Benítez, un productor de la zona, contó que una noche se le aparece en sueños un joven que le dice que visite un paraje para que la lluvia salve los cultivos Así lo hace Benítez y encuentra la cruz donde Lázaro Blanco había sido fulminado por el rayo. Al día siguiente un chaparrón salvador cayó sobre San José de Feliciano.

En pueblo chico todo se sabe y pronto recuerdan al joven jinete, que pasa a tener fama de milagroso.

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Años más tarde deciden trasladar los restos de Blanco al nuevo cementerio y, al abrir su tumba ven el cuerpo incólume de Lázaro que ve de esta forma aumentado su prestigio de milagrero. El culto popular lo consagra y un templete se convierte en lugar de peregrinación de este santo gaucho hacedor de lluvias.

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En otra parte del mundo y otra época, la mala fortuna, la casualidad, el destino o la azarosa desgracia cae sobre Ann Elizabeth Hodges. El 30 de noviembre de 1954, pasado el mediodía, esta mujer de 34 años después de haber realizado las tareas de su hogar en Sylacauga (Alabama), se acuesta a descansar en el diván del living cuando un meteorito atraviesa el techo e impacta de lleno a Ann Elizabeth, que lesiona gravemente su cadera. Medio metro más arriba (una nada en el trayecto de un meteorito), Ann Elizabeth no hubiese contado la historia. Quizás de haber muerto como Lázaro, ella se hubiese convertido en una figura venerable o la santa de algún rito, pero no, a Ann Elizabeth le esperaba convertirse en un ícono mediático, invitada a programas de TV y reportajes radiales.

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En primer lugar se entabló un juicio para ver quién era dueño del meteorito. ¿Ann ó la propietaria de la casa que arrendaban? Lo ganó Ann y se quedó con el meteorito que donó al Smithsonian Natural History Museum donde hoy se lo puede ver bajo el nombre de su víctima. Y podemos decir correctamente que era una víctima porque Ann nunca volvió a ser igual, padeció insomnio y trastornos psiquitricos, se separó de su marido y murió en 1972 sin recuperar la sonrisa de antaño.

Fue la única víctima de un impacto directo de un meteorito, una posibilidad muy remota que en el caso de Ann Elizabeth Hodges fue realidad. Dicen que un joven murió en Uganda por un golpe de otro meteorito, pero nadie está seguro. En los Urales cayó otro de mayores dimensiones que impactó acústicamente a varios testigos, pero a ninguno en forma directa.

Las desgracias, la mala fortuna, la suerte esquiva, es parte de nuestra vida y en cada sociedad repercute en forma distinta. A veces puede convertirte en santo, otras en estrella mediática y muchas veces el hecho solo cae en el olvido, que es una de las caras de la muerte.

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