PersonajesPancho Villa

La cabeza perdida de Pancho Villa

El 20 de julio de 1923 Pancho Villa tuvo una muerte natural, con doce balas en el cuerpo. Esta era una muerte completamente «natural» para un hombre que había pasado diecisiete años fuera de la Ley y que nadie sabe a ciencia cierta a cuántos hombres mató.Tuvo al menos quince hijos con veinte esposas distintas (y más de setenta y cinco amantes) y dictó tres autobiografías que en nada se parecen entre sí.

«La historia de mi vida se tendrá que contar de distintas maneras», había dicho Pancho Villa y a tal punto es verdad que nadie sabe con exactitud cuál era su verdadero nombre: Doroteo Arango Arámbula o Arango Germán o Francisco Germán. Hasta se decía que lo habían bautizado bajo el nombre Goldsby, ya que era negro y estadounidense. Las leyendas, los mitos, las mentiras y las venganzas póstumas invaden su historia.

Para matar al general Villa, se necesitaron siete sicarios que dispararon ciento cincuenta balas contra el coche en el cual viajaba rumbo a su hacienda. Once balas lo aplacaron y un tiro de desgracia en la cabeza terminó de llevárselo al más allá. Una multitud dolorida (entre la que se encontraban algunas esposas y amantes) acompañó su cuerpo al cementerio de Parral (Chihuahua).

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Don Pancho llevaba ya tres años pudriéndose en su tumba cuando el coronel Arturo Durazo Moreno, comandante de la guarnición local, invitó al capitán Garcilaso a dar una vuelta en su automóvil. A poco de andar, el coronel le propuso al capitán robar la cabeza de Pancho Villa. El terror que inspiraba Durazo era aun mayor al miedo de irrumpir en el cementerio de Parral para cortarle la cabeza a Villa. Por eso, y sin hacer muchas preguntas, el capitán Garcilaso se apresuró a cumplir las órdenes del coronel.

La Noche de Reyes del año 1926, cuatro soldados profanaron la tumba del general guerrillero. Abrieron el ataúd y, de un certero machetazo, le cortaron la cabeza. Envuelta en una vieja camisa, el capitán Garcilaso se la entregó al jefe de la escolta del coronel Durazo, quien se había ausentado del pueblo para no suscitar sospechas. La cabeza de don Pancho terminó escondida debajo de la cama del coronel.

La profanación de su tumba fue motivo de un escándalo nacional. Los viejos villistas amenazaron con volver a las andadas si no aparecía la cabeza de su antiguo líder. Pronto le echaron la culpa a un gringo, Emil Lewis Holmdahl, que el día anterior había tenido la mala idea de andar preguntando por el sepulcro de Villa. Y no era para menos, porque este cargaba con una larga historia sobre sus hombros. Hijo de suecos, había sido marine en las Filipinas, donde había aprendido a hablar el español. Después, había sido soldado de fortuna en China y Honduras. Doce años antes, había cabalgado junto al general guerrillero y ahora volvía a México a buscar los tesoros que don Pancho había enterrado a lo largo de sus andanzas. Según declaró Holmdahl, había venido a «buscar oro y no a robar la cabeza de un bandido». Debió haber sido muy convincente su explicación porque, una semana más tarde, el gringo se paseaba de lo más tranquilo por El Paso, Texas.

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Al día siguiente de la desaparición, los periódicos de México comenzaron a fabular las más disparatadas historias sobre el asunto. Decían que los gringos la habían robado para estudiarla en una de sus universidades, que un millonario texano la lucía frente a sus excéntricos amigos, que los enemigos de Villa lograban de esta forma una venganza póstuma, que el tal Holmdahl la había vendido en cincuenta mil dólares a un museo y que el circo Ringling Bros. se ufanaba de lucir la cabeza del líder mexicano y cobraba veinticinco centavos a todo aquel que quisiera apreciar esa parte de su anatomía.

Pero casi todas las versiones que rodeaban la desaparición de la dichosa cabeza apuntaban al coronel Durazo. Si había actuado por órdenes del presidente Plutarco Calles o del general Arnulfo Gómez, nadie lo sabrá.

Como hay versiones para todos los gustos, otros sostenían que un millonario estadounidense le habría ofrecido al coronel, a través de Holmdahl, una buena cantidad de dólares (desde 5000 hasta 50.000 según las distintas fuentes); pero que, al entregar la requerida calavera, el gringo le dio largas al asunto y no efectivizó el pago. Ante el escándalo desatado, Durazo, que hasta entonces había estado durmiendo sobre la cabeza de Villa escondida bajo su cama, decidió deshacerse del trofeo. A tal fin, contó nuevamente con la colaboración del capitán Garcilaso, quien se dirigió con la testa hacia la finca del coronel ‒llamada El Cairo‒ y la enterró ahicito nomás, cerca del cerro El Huérfano (un buen nombre para enterrar a un hombre especializado en generarlos).

Los soldados que participaron de esta tenebrosa sustracción terminaron mal. Uno de ellos falleció a causa de una gangrena que contrajo durante la extracción del cadáver. Otro, por vergüenza, decidió que era hora de dar por concluida su carrera militar y desertó. Dos murieron al poco tiempo en una trifulca (dicen que el coronel Durazo mandó matarlos). Un tal Martínez, que había hablado de lo que no debía, amaneció un buen día con un disparo en la cabeza. Del capitán Garcilaso, se dijo que había muerto pero, en realidad, se había escapado al Distrito Federal de México, donde vivió en paz hasta que, muchos años más tarde, un periodista lo localizó y obtuvo de él esta versión de lo acontecido, pero sin poder precisar en manos de quién había terminado la cabeza de Pancho Villa.

Al coronel Durazo lo destituyeron al poco tiempo y se dedicaría a la cría de caballos. Cada vez que se refería al tema de la cabeza de Villa, ofrecía distintas versiones de lo ocurrido. Sostuvo una vez que había robado la cabeza por órdenes de su amigo, el general Arnulfo Gómez, gran admirador del líder mexicano. Este deseaba, de esa forma, tener un recuerdo de su ídolo y quería hacerla estudiar por uno de esos científicos que decían conocer los secretos del alma a través de los accidentes del cráneo. En otra oportunidad, dijo que un sargento a su cargo la había robado para entregársela al Museo Smithsoniano, pero que el negocio no se había concretado y el sargento y la cabeza habían desaparecido. Al final de sus días, el coronel Durazo prometió que dejaría una carta donde develaría el misterio. Durante su prolongada agonía, sufrió constantes pesadillas, en las que don Pancho volvía a buscar la cabeza que este le había robado. Muerto Durazo, nadie encontró la carta prometida ni otro testimonio esclarecedor. Lo dicho por Villa se convirtió en realidad: «La historia de mi vida se tendrá que contar de distintas maneras».

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Algunos sostienen que el cráneo del general guerrillero está en posesión de la Universidad de Yale, en la secreta sociedad llamada Skulls and Bones, que dirigía entonces Prescott Bush, el abuelo del presidente estadounidense George Bush (padre). De allí, los periódicos reclamos de distintos gobiernos mexicanos para que Bush restituya la cabeza de Villa.

Los viejos de Chihuahua dicen que el cráneo de don Pancho, efectivamente, fue enterrado por el capitán Garcilaso en un lugar donde, más tarde, se construiría una escuela llamada, apropiadamente, General Francisco Villa, cumpliendo así una extraña forma de justicia post mortem.

Lo que queda del cuerpo del general aún descansa en el pequeño cementerio de Parral, aunque muchos creen que se encuentra bajo el Monumento a la Revolución en el Distrito Federal de México. En realidad, la que está bajo este monumento es una mujer de la que nadie recuerda el nombre. ¿Cómo llegó allí? Resulta que una las muchas viudas de Villa, para que no continuasen robando pedazos de su Pancho, lo trasladó a un nuevo sepulcro, pocos metros más allá de su emplazamiento original. La tumba vacía fue ocupada por una mujer que había muerto de cáncer.

En 1976, el presidente Echeverría decidió honrar la memoria del general guerrillero y ordenó el traslado del héroe al Monumento a la Revolución. Cuando se lo fue a buscar a Parral, grande fue el asombro de los presentes al abrir el cajón y encontrar al muerto con cabeza y cuerpo de mujer. ¿Qué hacer entonces? Considerando que ya estaba preparado el acto en el Distrito Federal, que los cadetes del Colegio Militar lucían su uniforme de gala, que los políticos tenían listos sus discursos y que la prensa ya había escrito las editoriales, decidieron no estropear la fiesta por un detalle que a nadie importaba y, como todos los cadáveres se parecen, se llevaron al Monumento a la Revolución a esta mujer que, desde entonces, pasó a ser Pancho Villa, el macho más macho de todos los machos mexicanos.

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