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Juegos de Gladiadores

Los juegos de gladiadores ("juegos" es un decir) tienen un origen no del todo confirmado. Se los ubica inicialmente en el contexto de ritos funerarios durante las guerras púnicas (siglo III a.C.); los romanos decían haber adoptado esa práctica de los etruscos, aunque fueron los samnitas (antigua tribu del sur de la península itálica) los primeros en dejar testimonio de estos combates.

El antecedente inicial fue el sacrificio de prisioneros y el derramamiento de su sangre sobre las tumbas de grandes guerreros. A veces los prisioneros eran obligados a luchar unos contra otros, lo que resultaba más entretenido que cortarles el cuello sobre las tumbas, y a menudo el vencedor conservaba su vida, siendo considerado elegido por los dioses para sobrevivir.

Los romanos hicieron de los “juegos de gladiadores” una parte integrante de la vida civil; esta actividad “endurecía” a la ciudadanía ante la imagen de la sangre y el dolor y a la vez eliminaba el exceso de prisioneros de guerra y de delincuentes. Los juegos “enseñaban” cómo enfrentarse a la muerte con coraje y dignidad y reforzaban la importancia de ser romano mostrando al odiado esclavo, criminal o extranjero mientras era despedazado.

Los juegos romanos solían organizarse para honrar la memoria de algún romano trascendente; un patrocinador solía pagar los juegos y ofrecía entrada libre a los espectadores. Estos se sentaban de acuerdo a su categoría: el palco imperial y los senadores en las primeras filas, los ciudadanos con derecho a voto ocupando la mayor parte de los lugares y las mujeres en los sectores más alejados.

El primer combate del que se tiene constancia data de 264 a.C., con tres pares de esclavos, o sea tres combates. Con el tiempo, la magnitud y duración de las contiendas fue en aumento; un siglo después, Tito Flaminio presentó 74 pares de esclavos combatiendo.

Con el paso de los años, también el propósito original de estos juegos se fue diluyendo. Con la decadencia de la república los juegos pasaron a ser más un entretenimiento que un ritual; los políticos competían por ofrecer al público espectáculos cada vez más llamativos (cuándo no). Julio César era experto en complacer a las masas: llegó a presentar 320 pares en combate. Además fue quien ideó que los combatientes usaran armaduras, organizó batallas con representaciones de hechos históricos (la caída de Troya, por ejemplo) y presentó batallas en lagos artificiales.

Los juegos se desarrollaban en los anfiteatros más grandes de cada ciudad romana, y en el año 80 d.C. terminó la construcción del teatro más grande jamás erigido en Roma: el Anfiteatro Flavio o Coliseo, símbolo de la magnificencia romana, con capacidad para 60.000 espectadores. Túneles, cámaras y mecanismos varios ubicaban y elevaban animales y escenarios a la vista del público, y al final del espectáculo la gente se retiraba con facilidad por sus 76 salidas. La inauguración del Coliseo duró 100 días, participó todo el pueblo romano y murieron en dicha “celebración” cientos de gladiadores y miles de animales (curioso espectáculo, sin duda).

Los espectáulos empezaban por la mañana, con la exhibición y matanza en la arena de animales procedentes de diversos lugares del mundo: cocodrilos, elefantes, leopardos, hipopótamos, alces, renos, avestruces, rinocerontes. Osos, toros, leones y lobos eran obligados a luchar entre sí o eran cazados en público y luchadores especializados se enfrentaban cuerpo a cuerpo con los animales. La matanza de animales en la arena cumplía con el objetivo adicional de ofrecer al pueblo un festín de toro asado, ciervo o elefante, que se llevaba a cabo al aire libre al final de la jornada.

Hacia el mediodía, los delincuentes eran ejecutados públicamente, ya fuera en la hoguera o en las fauces de las bestias hambrientas. A veces se les daba armas para que se mataran entre ellos y otras veces se los ejecutaba formando parte de una particular representación de mitos de los dioses romanos.

A la tarde empezaba el espectáculo más importante, cuando los gladiadores saltaban a la arena. Los gladiadores eran en un principio delincuentes, esclavos y prisioneros de guerra, pero entrenados en escuelas especiales (“ludii”). A veces los combates consistían en enfrentar galos contra árabes, como modelo para mostrar lo que eran las luchas en las fronteras, aunque la mayoría de las veces los gladiadores luchaban en combates individuales, mano a mano.

Primero, un “editor” comprobaba la autenticidad de las armas. La armadura del gladiador estaba diseñada para proteger los brazos y la cara dejando al descubierto el pecho y el cuello, o sea: nada de heridas leves, vamos al grano, muerte limpia y directa; los cascos con visera cerrada hacían que las muertes en la arena fueran anónimas e impersonales. El “secutor” luchaba con una espada empuñada con un brazo enfundado en una armadura en forma de manga (manica) y un pesado escudo rectangular; el “retiarius” era un gladiador con tridente y una red; el “murmillo” era un gladiador con una armadura de escamas y un casco en forma de pez; la lucha entre ambos resultaba una puesta en escena de Neptuno luchando contra un monstruo marino.

Cuando un gladiador inutilizaba a su oponente, el público votaba la suerte del perdedor desde sus asientos, moviendo sus pulgares. Y si la muchedumbre coincidía en que el perdedor había combatido con coraje y valentía, muchas veces le perdonaba la vida. De hecho, las lápidas de los gladiadores exitosos con frecuencia mostraban la estadística de sus combates en los que se podía ver más de una derrota, lo que significaba que una derrota no siempre terminaba con su vida o su carrera. En la era de Augusto, sólo el 20% de los combates terminaba con la muerte de uno de los gladiadores; en épocas de otros emperadores, el 50%.

Un acontecimiento especial era el “munera sine missione” (ofrenda sin indulto): enfrentamientos múltiples, batallas campales en las que sólo un luchador podía salir con vida. Esta práctica fue prohibida en el siglo I d.C. por Augusto, que la consideraba cruel (un tierno, Augusto).

Los gladiadores se entrenaban para morir con elegancia. Un luchador derrotado debía ofrecer el cuello para la estocada final sin llantos ni pedidos de clemencia. Después de cada combate a muerte, los encargados debían asegurarse de que el muerto no estuviera fingiendo. Para ello, disfrazados de dioses o demonios, los quemaban con un hierro candente o los golpeaban en la cabeza con una maza. Luego de confirmado el deceso, unos esclavos se llevaban los cuerpos a rastras y esparcían tierra nueva sobre los charcos de sangre. En el depósito de cadáveres cortaban la garganta del luchador muerto y arrojaban los cuerpos a los vertederos de basura. La excepción a eso eran los gladiadores exitosos, cuyos cadáveres accedían a un entierro decente pagado por patrocinadores o incluso por donaciones del público. En algunos casos, un gladiador exitoso podía retirarse de su profesión y dedicarse a entrenar a otros luchadores, ofreciendo también sus servicios como guardaespaldas o matones a sueldo.

Los romanos consideraban que la compasión era una debilidad, por lo tanto sus filósofos aprobaban los juegos ya que, según decían, ilustraban los valores romanos de la fuerza y el honor (ups). Sin embargo, distintos emperadores tenían miradas más o menos críticas sobre esto; Calígula y Cómodo disfrutaban viendo cómo los hombres se despedazaban, mientras que Marco Aurelio propiciaba que se organizaran combates con armas romas y el menor número de muertes posible.

Después de que el imperio abrazara el cristianismo como religión y la compasión se convirtiese en virtud, los juegos fueron perdiendo popularidad. Constantino trató de abolir el combate de gladiadores mediante un edicto en 325 d.C., aunque este no siempre se cumplía. Cuando los invasores germánicos precipitaron la caída del Imperio Romano de Occidente, ya no les parecía necesario “endurecer” a los romanos contemplando la muerte de otros humanos. El último combate documentado en el Coliseo se llevó a cabo en 435 d.C., aunque las luchas públicas de animales continuaron durante casi un siglo más.

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