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Japón ocupa Corea

En 1910, Japón, impulsado por su victoria sobre los rusos en Manchuria, dirigió su ávida mirada sobre Corea, por entonces un subdesarrollado reino del otro lado del Mar de Japón cuya ubicación estratégica era de enorme importancia para los objetivos imperiales. Finalmente, la realidad implícita de las relaciones entre Japón y Corea se hizo más evidente: Japón anexó oficialmente al protectorado de Corea.

Entre las últimas décadas del siglo XIX y principios del siglo XX varios países occidentales competían por influencia, comercio, bienes y territorios en el este asiático; el Imperio del Japón buscaba integrarse rápidamente a las naciones industrializadas y convertirse también en un poder colonial. El gobierno Meiji, tras sentar las bases que darían inicio al proceso de modernización de Japón, expandió su influencia política y económica en la región, siendo la península coreana (que por entonces estaba en la esfera de influencia de la dinastía Qing de China) uno de sus primeros objetivos; Japón buscaba convertirla en un país satélite.

En enero de 1876, Japón presiona al entonces independiente Reino de Corea a firmar el Tratado de Kanghwa, por el cual se le concedió al Imperio Japonés derechos extraterritoriales y el uso de tres puertos coreanos para el comercio entre ambas naciones. Varios años después, los tratados Japón-Corea de 1904 y de 1907 habían convertido a Corea en un protectorado de Japón en forma oficial y habían establecido el dominio de Japón sobre la política doméstica coreana. Bajo los términos del protectorado, Japón asumió el control de la administración interna y de la política exterior de Corea.

Finalmente, el 22 de agosto de 1910 Japón anexó Corea en forma efectiva y se firmó un nuevo tratado Japón-Corea. Dicho tratado fue firmado por Ye Wanyong, primer ministro de Corea, y Terauchi Masatake, ministro de Guerra de Japón, quien se convirtió en el primer Gobernador General japonés de Corea.

El tratado entró en vigencia ese mismo día, se publicó una semana después y estipulaba que “Su Majestad el Emperador de Corea concede completa y definitivamente toda su soberanía sobre todo el territorio coreano a Su Majestad el Emperador de Japón”, y “Su Majestad el Emperador de Japón acepta la concesión establecida en el artículo anterior y consiente la anexión de Corea al Imperio del Japón”. Todo muy “polite”. El tratado coreano-japonés se negoció en estricto secreto; cuando se comunicó a la población, el hecho estaba consumado y el asunto completamente cocinado, sin derecho al pataleo.

Japón instauró un régimen durísimo en cuanto a libertades y derechos para asegurarse de que no se repitieran las protestas violentas y alzamientos suicidas que se habían producido en 1905 y 1907. Tropas japonesas y coreanas patrullaban Seúl, las críticas en los diarios fueron censuradas y la policía vigilaba, perseguía y reprimía a las organizaciones nacionalistas.

Los demás países estaban alertas. EEUU ya había aprobado la anexión en el tratado de Portsmouth en 1905, en el que se reconocía formalmente la supremacía japonesa sobre Corea; a las otras potencias, sobre todo a Gran Bretaña, lo único que les preocupaba era que la anexión pudiera poner en peligro sus derechos y, sobre todo, sus intereses financieros.

Japón se había convertido en la potencia más poderosa de Asia. La población coreana, comprometida políticamente pero armada en forma precaria, sufría su impotencia con resignación mientras Japón reorganizaba el territorio coreano desde una capitanía general con sede en Seúl.

Durante el primer período del gobierno japonés en Corea se desarrolló una importante infraestructura de transporte en la península de Corea con el propósito de extraer y explotar los recursos naturales. Se crearon puertos y una extensa red ferroviaria, infraestructura con la cual se buscaba facilitar un sistema mercantilista y colonial orientado a la extracción de materias primas (madera), alimentos (principalmente arroz y pescado) y recursos minerales (carbón y mineral de hierro). Esto contribuía además a la necesidad estratégica de Japón de tomar el control de Corea y mover gran cantidad de tropas y materiales a la frontera con China en el corto plazo.

Muchos colonos japoneses estaban interesados en la adquisición de tierras agrícolas en Corea, lo que fue facilitado por una reforma agraria presentada por el Gobernador General japonés Terauchi Masatake, que resultó muy impopular en grandes segmentos de la población coreana, cuyo sistema de propiedad se dividía entre los terratenientes, los propietarios-inquilinos y los cultivadores tradicionales que no necesitaban probar jurídicamemnte su propiedad sobre la tierra que trabajaban. Terauchi cambió ese sistema, reestableciendo el derecho de propiedad basado en la prueba escrita (acciones, títulos y documentos similares), denegando la propiedad a los que no tuvieran esa documentación (la mayoría sólo tenía acuerdos verbales llamados “derechos de cultivador”).

El plan, exitoso desde el punto de vista impositivo, generó un ámbito hostil y permitió que una gran cantidad de tierras coreanas fueran aprovechadas por el gobierno, que otorgó tierras subvencionadas a agricultores y pescadores japoneses dispuestos a establecerse en Corea durante la colonización. Así, en 1910 el número de japoneses en Corea llegó a 170.000 personas.

Mientras grandes cantidades de arroz eran enviadas a Japón, los coreanos sufrían una seria escasez de comida. El standard de vida del pueblo coreano se deterioró drásticamente; miles de agricultores coreanos se vieron obligados a trasladarse a la provincia de Manchuria, en China (que en esa época estaba también bajo ocupación japonesa) o al propio Japón en busca de mejores condiciones de vida.

Japón impuso una política de asimilación de los coreanos de la cultura japonesa en las escuelas coreanas obligando en muchos casos a adoptar nombres, vestimenta e idioma japonés. Sin embargo, los coreanos lograron mantener su identidad cultural. Durante este período, muchos tesoros nacionales y valiosas piezas arqueológicas fueron llevadas a Japón sin haber sido objeto de devolución hasta la fecha.

Las opresivas leyes coloniales japonesas estimularon el aumento del sentimiento nacionalista de los coreanos. El 1 de marzo de 1919, treinta y tres patriotas coreanos se reunieron en el Parque Pagoda de Seúl para proclamar la Declaración de Independencia. Esto fue conocido como el Movimiento de Independencia Samil, y fue un hito en la lucha coreana por la libertad. Se reavivó el movimiento por todo el país pidiendo el fin del colonialismo japonés, sufriendo una brutal represión por parte de las fuerzas japonesas, que mataron a 7.000 personas a lo largo de todo un año de manifestaciones. En vista de esas circunstancias, la policía militar japonesa fue reemplazada por una fuerza civil y fue permitida una libertad de prensa parcial.

Este movimiento político también fortaleció el sentimiento de identidad nacional y patriotismo del pueblo coreano, llevando al establecimiento de un Gobierno Provisional en Shanghai (China) y a la organización de la lucha armada en Manchuria contra los ocupantes japoneses. Durante la ocupación japonesa de Corea muchos coreanos fueron víctimas de diversos crímenes por parte de los japoneses, y los campesinos coreanos que escondieran o proporcionaran refugio a la resistencia eran cruelmente castigados a veces con la ejecución inmediata o con trabajos forzados.

Durante la Segunda Guerra Mundial muchos coreanos fueron llevados para trabajar en las fábricas industriales militares de Hiroshima y Nagasaki, ciudades en las que hubo un total de 70.000 víctimas coreanas. Japón pagó a Corea del Sur 4.000 millones de yenes y construyó un centro de asistencia social y sanitaria como compensación a las víctimas.

Corea estuvo bajo el dominio japonés durante 35 años (22 de agosto de 1910 al 15 de agosto de 1945), hasta la rendición japonesa en la Segunda Guerra Mundial. A este período se lo denominó “Período imperial japonés”.

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