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Intimidad de una pandemia - Parte II: Camino a la guerra

A pesar que el Lusitania fue hundido en 1915 por un submarino alemán con ciudadanos norteamericanos a bordo, entre los que se contaba el magnate Alfred G. Vandebilt, el presidente Wilson basó su campaña de reelección de 1916 bajo el slogan "Permanezcamos afuera de esta guerra". Para él este era un conflicto entre potencias europeas. Sin embargo gran parte dela población no lo veía así, la cantidad de norteamericanos francófilos que fueron a ofrecerse como voluntarios a la Legión Extranjera era tal, que pudieron formar un batallón exclusivamente de soldados estadounidenses. Wilson ganó las elecciones por un estrecho margen.

Cuando Alemania declaró la guerra submarina irrestricta y amenazó con hundir a naves de cualquier nacionalidad, la presión sobre el presidente aumentó... pero aun así no cedió hasta que se hizo público el documento enviado por la Cancillería Alemana en la que le ofrecía a México asistencia para recuperar Texas y Arizona. La opinión pública norteamericana estaba muy sensibilizada con el ataque de Pancho Villa a Columbus, un pueblo en territorio tejano. Entonces la cautela a Wilson se convirtió en pusilanimidad para la prensa americana, que fogoneó el conflicto con la prédica beligerante de Teddy Roosevelt. A solo tres semanas de conocerse la noticia el gabinete en pleno instó a Wilson a declarar la guerra. Y el país entero se embarcó en esta contienda no como un aliado sino como una "Potencia Asociada".

Wilson era una persona que creía en su "corrección" a ultranza. "No daré cuartel en esta lucha mientras exista el pecado en este mundo" proclamaba, y no era una frase ni una apreciación política, lo decía convencido que él era la encarnación del bien y como tal, debía extirpar la maldad de este mundo.

Para Wilson esta no era una guerra sino una cruzada y supo inspirar ese sentimiento en la población, creando un enemigo perverso que debía extirparse con brutalidad. "No debemos formar un ejército para la guerra sino una nación guerrera".

Más del 10% de la población norteamericana eran inmigrantes europeos y dentro de ellos la mayoría provenía de países de habla germana. Pronto este grupo fue agredido y hasta hubo linchamientos sólo por el hecho de ser alemán ó hablar esa lengua.

Acorde a este espíritu el gobierno de Wilson aprobó el Acta de Sedición, que castigaba hasta con 20 años de prisión a quien "pronunciase, imprimiese ó escribiese expresiones desleales, profanas o con lenguaje abusivo contra el gobierno norteamericano". Apañados por esta ley miembros de la policía y fuerzas públicas atacaron a cuanta agrupación sospechase de ser "colaboracionista" con el enemigo. Un blanco predilecto eran los miembros de IWW (International Workers of the World). En Arizona más de 1.200 Wolfies (así los llamaban a los miembros del IWW) fueron encerrados y dejados en el desierto. A lo largo del país era arrestada cualquier persona que expresase su discenso con las políticas oficiales en público y toda persona que enseñase alemán era un traidor. Ya nadie pedía Sauerkraut (chucrut) sino "Repollo de la Libertad". Todo alemán o austríaco debía ser tratado como un espía y el abogado que osase defenderlos era un "Traidor a la Patria".

Todo el país se alineó con esta política, aunque implicase represión y censura. "La verdad y la falsedad son términos arbitrarios... ya que la fuerza de una idea subyace en sus valores de inspiración", decía el periodista Arthur Bullard, un vocero no oficial del gobierno. Con este criterio se creó un comité de Información Pública para conformar "una masa fraterna, devota, valiente y determinada"... que exigía 100% de americanismo.

No todo fue coacción y xenofobia, especial importancia se le concedió a la Cruz Roja Americana (fundada por Clara Barton en 1881) para formar personal paramédico y dar asistencia tanto a combatientes como a civiles. Bajo la conducción del ex presidente William Howard Taft, se logró con creces su cometido y esta institución actuó como aglutinante para una nación en pugna. Antes de la Gran Guerra sólo había 107 locales de la Cruz Roja. Al terminar había casi 4.000 dispersas a lo largo y ancho del país. Para lograr su fin contactaban en cada distrito a las personalidades más destacadas y las invitaban a presidir la sede local. En 1918 casi el 30% de la población era miembro de la Cruz Roja (jamás se pudo equiparar este porcentaje) y casi 8 millones de sus miembros se dedicaban a producir frazadas, medias, muebles, ropa de abrigo y alimentos. Todos lo hacían con entusiasmo porque ¿quién no tenía un pariente o amigo enlistado? El reclutamiento incorporó jóvenes de más de 17 años en tal número que en breve no se disponían de lugares idóneas para alojarlos creando un hacinamiento en los cuarteles de nefastas consecuencias.

La nueva guerra se convirtió en un conflicto tecnológico donde los ingenieros fueron los ideólogos de cómo plantear la contienda. Tanques aviones y submarinos crearon nuevas tácticas que alteraron la dinámica del enfrentamiento.

Pero también la química jugó un rol importante. Los gases letales y los nuevos explosivos aceleraban el número de muertos, pero los adelantos médicos asistían a recuperar a los heridos con novedosas técnicas quirúrgicas y mejores medicamentos. La sutura de vasos creada por Alexis Carrel dio nuevas esperanzas de tratar heridas hasta ayer incurables. Las nuevas técnicas de reparación reconstruyeron cuerpos destruidos por las balas y el fuego.

La ciencia también estaba en las trincheras. La Academia Nacional de Ciencia de EEUU se puso el uniforme y William H. Welch, el decano de la facultad de Johns Hopkins Institute (y padre fundador de la medicina norteamericana) se puso al frente de dicha Academia y a pesar de sus años y su sobrepeso lució los galones de coronel.

CONTINUA EN: Intimidad de una pandemia III

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