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Horacio Quiroga, entre la tragedia y las letras

Horacio Quiroga es quizás el mejor cuentista que la lengua española dio. Algo mágico sucede cuando se recorre la obra del gran escritor uruguayo y uno avanza por sus cuentos como un explorador, sin saber nunca qué desenlace tendrá la trama y sorprendiéndose con cada vuelta de hoja. De esta manera se descubre a un escritor que ha dominado el oficio y el arte de escribir como pocos, que ha conquistando un nivel de maestría increíble sobre las letras y ha creado una obra que venció al paso del tiempo y estará siempre presente entre las mejores creación de la literatura universal.

Horacio Silvestre Quiroga Forteza nació el 31 de diciembre de 1878, en el departamento de Salto en Uruguay. Desde muy joven, su vida estuvo marcada por la muerte y la desgracia, temas centrales en sus cuentos. En 1897 presenció el suicidio de su padrastro y en 1901, luego de la muerte de dos de sus hermano debido a la fiebre tifoidea, le disparó accidentalmente a su amigo mientras limpiaba el arma con la que éste se debatiría en duelo. La pena y la culpa que esta muerte le provocaron lo llevó a mudarse a la Argentina, donde se entregó por entero al cuento y publicó el elogiado libro de relatos El crimen de otro, fuertemente influido por el estilo de Edgar Allan Poe.

Durante los próximos dos años trabajó en diferentes cuentos, muchos de ellos de terror rural, pero otros en forma de deliciosas historias para niños, pobladas de animales que hablan y piensan sin perder las características naturales de su especie. A esta época pertenecen la novela breve Los perseguidos (1905), producto de un viaje por la selva misionera hasta la frontera con Brasil, y el oscuro "El almohadón de pluma", publicado en la revista argentina Caras y Caretas en 1905. A poco de comenzar a publicar en ella, Quiroga se convirtió en un colaborador famoso y prestigioso, cuyos escritos eran buscados ávidamente por miles de lectores.

En 1906, Horacio Quiroga decidió volver a su amada selva donde había estado unos años antes. Aprovechando las facilidades que el gobierno ofrecía, compró una chacra de 185 hectáreas en la provincia de Misiones, sobre la orilla del Alto Paraná, y comenzó a hacer los preparativos para vivir allí. Durante las vacaciones de 1908 se trasladó a su nueva propiedad y comenzó a edificar el bungalow en el que se establecería. Enamorado de una de sus alumnas (Quiroga enseñaba literatura), le dedicó su primera novela, titulada Historia de un amor turbio.

En 1911, su esposa Ana María dio a luz a su primera hija, Eglé Quiroga, en la casa de la selva. Durante ese mismo año el escritor comenzó la explotación de sus yerbatales y, al mismo tiempo, fue nombrado Juez de Paz, funcionario encargado de mediar en disputas menores entre ciudadanos privados y celebrar matrimonios, emitir certificados de defunción, etc.

Al año siguiente nació su hijo menor, Darío. En cuanto los niños aprendieron a caminar, Quiroga decidió ocuparse personalmente de su educación. Severo y dictatorial, exigía que cada pequeño detalle estuviese hecho según sus exigencias, y desde muy pequeños los acostumbró al monte y a la selva, exponiéndolos a menudo al peligro para que fueran capaces de desenvolverse solos y salir de cualquier situación que se presentara. Fue capaz de dejarlos solos en la jungla o de obligarlos a sentarse al borde de un alto acantilado con las piernas colgando en el vacío. El varón y la niña no se negaban a estas experiencias y parecían disfrutarlas. La madre, en cambio, vivía aterrorizada y exasperada, lo que provocó su suicidio y a continuación el trasladó de Quiroga y sus hijos a Buenos Aires, donde recibió un cargo de Secretario Contador en el Consulado General uruguayo. A lo largo del año 1917 vivió con los niños en un sótano, alternando sus labores diplomáticas con la instalación de un taller en su vivienda y el trabajo en muchos relatos que iban siendo publicados en prestigiosas revistas. La mayoría de ellos serían más tarde recopilados por Quiroga en libros como el famoso Cuentos de amor de locura y de muerte (1917) que por decisión expresa del autor no llevó comas en el título. El volumen se convirtió de inmediato en un enorme éxito entre el público y la crítica, consolidando a Quiroga como un verdadero maestro del cuento.

Al año siguiente apareció su celebrado Cuentos de la selva, colección de relatos infantiles protagonizados por animales y ambientados en la selva misionera. En 1919 llegó El salvaje, una nueva colección de cuentos. En 1921, el diario argentino La Nación comenzó también a publicar sus relatos, que a estas alturas gozaban ya de una impresionante popularidad.

Nuevamente enamorado, esta vez de una joven de 17 años, intentó convencer a los padres de que la dejasen ir a vivir con él a la selva de misiones, a donde había regresado, pero la negativa de estos, y el consiguiente fracaso amoroso, inspiró el tema de su segunda novela, Pasado amor, publicada en 1929. En ella narra, como componentes autobiográficos de la trama, las mil estratagemas que debió practicar para conseguir acceso a la muchacha, arrojando mensajes por la ventana dentro de una rama ahuecada, enviándole cartas escritas en clave e intentando cavar un largo túnel hasta su habitación para secuestrarla. Finalmente, cansados ya del pretendiente, los padres de la joven la llevaron lejos y Quiroga se vio obligado a renunciar a su amor.

A principios de 1926 Quiroga volvió a Buenos Aires. En la cúspide misma de su popularidad, una reconocida editorial le dedicó un homenaje del que participaron importantes figuras literarias. Para 1927 Quiroga había decidido criar y domesticar animales salvajes, a la vez que publicaba uno de sus mejores libros de cuentos: Los desterrados. También había fijado los ojos en la que sería su último y definitivo amor: María Elena Bravo, compañera de escuela de su hija Eglé, que sucumbió a sus reclamos y se casó con él ese mismo año sin haber cumplido 20 años.

En 1929 Quiroga experimentó su único fracaso de ventas: la ya citada novela Pasado amor, que sólo vendió en las librerías la exigua cantidad de cuarenta ejemplares. A partir de 1932 se radicó por última vez en Misiones, en lo que sería su retiro definitivo, con su esposa y su tercera hija. Para ello, y no teniendo otros medios de vida, consiguió que se promulgase un decreto trasladando su cargo consular a una ciudad cercana. Pero el movimiento político de la época provocó un cambio de gobierno que no quiso los servicios del escritor y fue expulsado del consulado. A tiempo, la mujer de Quiroga, al igual que su infortunada antecesora, no se sentía para nada cómoda con la vida en el monte y las peleas y violentas discusiones se volvieron diarias y permanentes. En esta misma época salió a la venta una colección de cuentos ya publicados titulada Más allá (1935).

En el mismo año, Quiroga comenzó a experimentar molestos síntomas, aparentemente vinculados con una enfermedad prostática. Al intensificarse los dolores y dificultades para orinar, su esposa logró convencerlo de trasladarse a Posadas, ciudad en la cual los médicos le diagnosticaron hipertrofia de próstata. Más tarde, harta de las peleas y la dura vida de la selva, su esposa lo abandona llevándose a su hija con ella y dejándolo solo y enfermo en la selva.

Cuando el estado de la enfermedad prostática hizo que no pudiese aguantar más, Quiroga viajó a Buenos Aires para que los médicos tratasen sus padecimientos. Internado en el prestigioso Hospital de Clínicas de Buenos Aires a principios de 1937, una cirugía exploratoria reveló que sufría de un caso avanzado de cáncer de próstata, intratable e inoperable. Por la tarde del 18 de febrero, una junta de médicos explicó al escritor la gravedad de su estado. Algo más tarde, Quiroga pidió permiso para salir del hospital y dio un largo paseo por la ciudad. Desesperado por los sufrimientos presentes y comprendiendo que su vida había acabado, tomó una decisión y esa misma madrugada (19 de febrero de 1937) bebió un vaso de cianuro que lo mató pocos minutos después.

Seguidor de la escuela modernista, fundada por Rubén Darío, y obsesivo lector de Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant y Rudyard Kipling, Quiroga se sintió atraído por temas que abarcaban los aspectos más extraños de la naturaleza, a menudo teñidos de horror, enfermedad y sufrimiento.

Al desarrollarse más en su particular estilo, evolucionó hacia el retrato realista (casi siempre angustioso y desesperado) de la salvaje naturaleza que lo rodeó en Misiones, describiendo con arte y humanismo la tragedia que persigue a los miserables obreros rurales de la región, los peligros y padecimientos a que se ven expuestos y el modo en que se perpetúa este dolor existencial en las generaciones siguientes. Trató, además, temas considerados tabú en la sociedad de principios del siglo XX, revelándose siempre como un escritor arriesgado, desconocedor del miedo y avanzado en sus ideas.

Su fascinación con la muerte, los accidentes y la enfermedad (que lo relacionan con Edgar Allan Poe y Baudelaire) se debe a la vida increíblemente trágica que le tocó, y gracias a ello es que ha dejado para la posteridad algunas de las piezas más brillantes y trascendentales de la literatura hispanoamericana del siglo XX.

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