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Hipocondría kafkiana

Los sufrimientos de Josef K. o de Gregor Samsa, protagonistas de las dos obras más famosas de Franz Kafka, no parecen superiores a los de su «padre» literario.

Franz Kafka nació el 3 de julio de 1883 en Praga, pero podría haber nacido en la Argentina, de hecho sus textos fueron extensamente leídos en este país y comentados por Borges y otros autores. Curiosamente, entre el escritor porteño y el checo ha surgido una comunión que hermanó el arrabal borgiano con el Golem de Praga.

El mundo de redundancias burocráticas, tan común en nuestra vida diaria, se ha ganado el adjetivo de «kafkiano», nombre que es parte del argot de Buenos Aires para describir el engorroso papeleo que hostiga a sus habitantes. La terrorífica historia del individuo juzgado por cosas que no hizo y jueces que no ve, se conjuga con el trágico realismo mágico judicial latinoamericano.

La obra de Franz Kafka puede ser analizada desde el punto de vista de la cabalística judía, el psicoanálisis freudiano, el existencialismo, el anarquismo, el marxismos y demás ismos que proliferaron a lo largo del siglo XIX y XX. Pero para entender a Kafka no deben soslayarse las tendencias hipocondríacas que hostigaban sus días con dolores de cabeza, dispepsias, constipación pertinaz, anorexia, pesadillas recurrentes y demás sintomatologías inespecíficas.

Según sus biografías, Kafka era un individuo introvertido, dubitativo, obsesivo, con algunas fobias (entre ellas, era claustrofóbico) y con conductas paranoides. La hipocondría completaba el panorama (justamente el nombre hipocondría –que quiere decir «debajo del cartílago»— se refiere a la zona abdominal donde imperan las sintomatologías inespecíficas propias del cuadro). Algunos psiquiatras quisieron ver en estos síntomas proteiformes una histeria de conversión o desordenes disociativos, procesos neuróticos y hasta la ubicua bipolaridad. Los textos de Kafka pueden darnos alguna clave para entender su compleja personalidad como, por ejemplo, su Metamorfosis y el célebre comienzo: «Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso Ungerzeifer». Las traducciones al castellano suelen hablar de un insecto, de una cucaracha más frecuentemente y también de un helminto, pero Ungerzeifer no significa ninguno de estos términos, o mejor dicho todos, porque la palabra Ungerzeifer se puede traducir como «bicho» y también como «miseria». Los hipocondríacos no saben lo que tienen, padecen un mal indefinible y Samsa/Kafka no podía ser una excepción a la regla de padecimientos excepcionales y a su vez inespecíficos. La ambigüedad del término Ungerzeifer implica una semejanza con la variada sintomatología del hipocondríaco. Nada en él es concreto, todo es vago, ambiguo e impreciso.

En las notas autorreferentes que Kafka escribió a lo largo de su vida abundan los términos destructivos como: «derrumbamiento», «desamparo», «persecución» y la ilustrativa frase «agobiante observación de uno mismo». Kafka se sentía prisionero de este «tribunal interior» que lo atormentaba pero en el que a su vez se encontraba cómodo. El hipocondríaco necesita «estar» enfermo para llamar la atención de los que lo rodean. El hipocondríaco además busca nuevas formas terapéuticas cuando percibe que las indicaciones médicas no surten el efecto deseado y Kafka buscó sus propios tratamientos, especialmente en la bizarra costumbre de tomar grandes cantidades de leche sin pasteurizar. En esta exótica y peligrosa costumbre Kafka encontró la enfermedad que lo llevaría a la tumba, la tuberculosis. Desde 1917 en adelante, ya no necesitó sentirse enfermo, la tisis minó la salud del aún joven escritor al igual que cegaba la vida de millones de personas en el mundo. Los últimos 7 años de su existencia, Kafka los pasó en distintos sanatorios tratando de prolongar su existencia condenada a un precoz final. Una vez más los jueces que no veía, lo condenaban sin saber cuál era su pecado. Murió el 3 de junio de 1924 en el sanatorio del Dr. Hoffman.

Sus obras, que estaban condenadas al fuego por expreso deseo del autor, fueron salvadas por su amigo Max Brod. De esta forma todos pudimos conocer los escritos de un abogado –Kafka estudió leyes obligado por su padre— que describe un mundo paradójico, complejo, intrincado y a su vez ridículo, convertido en el adjetivo que sintetiza e los peores miedos de los habitantes de un país con 40.000 leyes que convierten en realidad las horribles premoniciones de este escritor neurótico, torturado pero muy perspicaz, que por una de esas cosas del destino nació en Praga y no en Villa Crespo.

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Kafka a los 5 años (1888).
Kafka a los 5 años (1888).

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