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Herta Oberheuser: «Cuando Dios no mira»

Fue hallada culpable de crímenes de lesa humanidad durante el juicio de Nüremberg por sus experimentos en el único campo de concentración para mujeres en la Alemania de Hitler, donde dio rienda suelta a sus impulsos más bajos y a su violencia más nefasta.

Oberheuser estudió medicina en la Universidad de Bonn, y con 26 años decidió unirse al partido nazi, participando activamente en los grupos juveniles. A partir de 1935 se convirtió en asistente de Karl Gebhardt, médico consultor del omnipotente Heinrich Himmler.

En 1942, fue destinada a supervisar los experimentos que se llevaban adelante en el campo de Ravensbrück, localizado a 90 kilómetros de Berlín. Allí se encerraban casi con exclusividad mujeres llegadas de toda Europa, por disidencias políticas. De las 132 mil internas, unas 20 mil eran judías, las demás venían de Polonia, Rusia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Italia y de Alemania, apresadas por cuestiones ideológicas.

También había niños, especialmente gitanos y checos, aunque después del Levantamiento de Varsovia, hacia el final de la guerra, muchas madres polacas con sus hijos vivieron y murieron en Ravensbrück.

Entre las reclusas estaba Gemma La Guardia Gluck, una escritora de origen italiana, sobreviviente de este campo de exterminio, quien describió en sus libros los sufrimientos vividos. Su hermano, Fiorello La Guardia, fue el primer alcalde ítalo-americano de New York. Hoy, uno de los aeropuertos de esa ciudad lleva su nombre.

Entre las víctimas fallecidas se encontraba Elisabeth Rothschild, única de la familia muerta en cautiverio, la monja Élise Rivet, Olga Benario, esposa del líder comunista brasilero Luís Carlos Prestes, Henny Schermann y Mary Pünjer, dos jóvenes judías de conocida militancia por los derechos de las lesbianas.

Herta Oberheuser fue destinada a este espacio con el fin de investigar los efectos de las sulfamidas y su capacidad para el tratamiento de infecciones. Los británicos trabajaban sobre la penicilina en voluntarios, pero los alemanes usaron a sus millones de prisioneros para hacer las pruebas clínicas, y en condiciones infrahumanas. En Ravensbrück, todo estaba permitido; allí Dios parecía mirar hacia otro lado... En ese medio, Herta Oberheuser dio rienda suelta a sus impulsos más bajos a su violencia más nefasta.

En las prisioneras polacas que reclutó encontró su “Kaninchen” o conejillo de indias, para probar el antibacteriano que salvaría a los soldados alemanes de los gérmenes que hacían estragos entre sus heridos. Oberheuser inducía infecciones en sus internas mediante astillas y clavos para ver de qué forma podía después curarlas. Otro tema de investigación eran los tiempos de cicatrización en las fracturas de las extremidades. Para eso, procedían a quebrar los huesos de las internas para estudiar cuanto tiempo tardaban en sanar.

Por último, y en un “paroxismo científico”, estudió la posibilidad de trasplantar órganos extirpados de niños, a quienes asesinaba en el proceso. En 1943, Herta fue trasladada de Ravensbrück para continuar sus experimentos en el hospital psiquiátrico de Hochenlychen. Los horrores de Ravensbrück continuaron bajo la tutela de Irma Grese, la llamada “Bella Bestia” por la despiadada mezcla de dolor y erotismo con la que torturaba a sus víctimas.

En Ravensbrück también se reclutaban mujeres para los burdeles militares, donde los soldados alemanes las sometían sexualmente. Muchas de estas mujeres pensaban que de esta forma podrían salvarse recibiendo mejores raciones que las magras que les daban en el campo de concentración. Sin embargo, se equivocaron. Convertidas en esclavas sexuales fueron víctimas de las perversiones y enfermedades venéreas. Pocas sobrevivieron a esta prostitución forzada.

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Juicio de Nüremberg.
Juicio de Nüremberg.


En medio de tanto horror, las mujeres de Ravensbrück llevaban adelante tareas culturales, componían poemas en ruso, polaco, o checo, y entonaban las canciones de su patria, aunque las autoridades del campo las obligasen a cantar melodías alemanas. Era un mundo de resistencia ante la adversidad.

De estas mujeres no menos de 50 mil murieron, y las que sobrevivieron, en muchos casos, fueron maltratadas por los rusos que llegaron para liberarlas.

Herta Oberheuser fue capturada por Aliados. Rápidamente aparecieron testigos de sus torturas, razón por la cual fue la única mujer entre otros 23 médicos que participó en el Juicio a los doctores de Nüremberg. Oberheuser fue condenada a 20 años de prisión que se convirtieron en 10 por buena conducta.

Volvió a ejercer la profesión hasta que en 1956 fue reconocida por una de sus víctimas de Ravensbrück. La denuncia ocasionó la revocación de su licencia. Lo último que se supo de Herta Oberheuser es que falleció en Linz el 24 de enero de 1978.

Los médicos fueron participes necesarios en los campos de exterminio y muchos de ellos llevaron adelantes experimentos "científicos" que en poco o nada colaboraron al avance de la medicina y que bien podrían haberse evitado con otra metodología menos perversa y sesgada. Todos parecían actuar como si Dios no contemplase estos excesos.

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