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Hedy Lamarr, mucho más que una cara bonita

Se puede decir mucho de la vida de Hedy Lamarr, pero ciertamente no era una persona predecible. Aunque murió hace casi veinte años casi en la oscuridad a los 85 años de edad, antes de cumplir cuarenta años ya había sido la protagonista de una de las películas más escandalosas de la década del '30, había escapado de los nazis y de su marido opresor, se había transformado en una de las actrices más importantes del mundo y había desarrollado secretamente la ciencia que habilitó la difusión de las telecomunicaciones.

Hedy Lamarr, antes de ser la actriz conocida como la “chica más linda del mundo” y la desarrolladora de la tecnología que hoy se usa en telecomunicaciones, se llamaba Hedwig Eva Marie Kiesler y nació en Viena en 1914. Desde muy joven se destacó por su intelecto, su belleza y su interés por la actuación, llegando a abandonar la escuela a los 16 años cuando conoció al director y productor alemán Max Reinhardt. Gracias a su auspicio logró actuar en algunos roles muy menores en el cine y llegó a aparecer en el teatro, pero su momento de auge se produjo en 1933 cuando, con sólo 18 años, el director checo Gustav Machatý la eligió para protagonizar la película Éxtasis. Ésta llegaría a ser reconocida y recordada por las escenas que mostraban a Lamarr desnuda y por ser, probablemente, la primera película en dramatizar una relación sexual, razones por las cuales fue condenada por el Vaticano y prohibida en diferente países.

A pesar de su éxito y el factor escándalo, luego de esta experiencia, Lamarr volvió al teatro por un breve espacio de tiempo y, quizás porque era joven y buscaba algo de seguridad, en 1933 se casó con el magnate traficante de armas Friedrich “Fritz” Mandl. Este personaje más tarde se volvería famoso en la Argentina cuando escapara de los nazis en 1938 y, luego de pasar por varios países, se pusiera al servicio de Juan Domingo Perón e intentara armar una productora de cine en él país, pero para inicios de los treinta estaba metido de lleno en el fascismo y se asociaba con personajes como Benito Mussolini. Según los recuerdos de Lamarr, a ella se le permitía asistir a muchas de estas reuniones donde se discutía sobre ciencia y tecnología, despertando en ella un interés sobre el tema. Pero más allá de eso, ella era virtualmente la prisionera de Mandl. No la dejaba actuar, no le permitía salir sin pedir permiso, sus conversaciones telefónicas eran supervisadas y, aunque intentó pedir ayuda para escapar, su marido la descubrió y endureció los controles. Así fue que, harta, en 1937 elaboró un plan para su liberación – que incluyó la venta de algunas de sus joyas (sacadas secretamente de la casa), un contacto en París y un disfraz de mucama – y terminó llegando a Londres.

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Hedy Lamarr.
Hedy Lamarr.

Por casualidad Louis B. Mayer, el director de MGM, se encontraba entonces en la ciudad y ella logró conseguir una reunión con él. Aunque ella le parecía hermosa, Mayer no creía que una mujer como ella, que había aceptado aparecer desnuda en cámara, podía adaptarse al mercado “familiar” hollywoodense y, moderadamente interesado, sólo le ofreció un contrato básico sí ella podía llegar a Los Ángeles. Ella no lo aceptó, pero lo siguió en su cruce del Atlántico de vuelta a Estados Unidos y, en algún punto del trayecto, logró convencerlo de su valor y bajó del barco como una actriz de MGM.

Así y todo, su inglés todavía no era muy bueno y sólo fue después de un intenso aprendizaje, de una campaña publicitaria que apuntaba a exaltar su belleza, y de la adopción del nombre que la haría famosa, que se decidieron a castearla en una película. Ésta llegó por una vía alternativa ya que fue el actor Charles Boyer quien, después de conocerla en una fiesta, la propuso para coprotagonizar la adaptación del film francés Pépé le Moko (1937) que se estaba planeando llamada Algiers (1938). Después de que el productor Walter Wagner la juzgara apropiada, Mayer accedió a cederla en préstamo. Poco importó que ella todavía no dominara el idioma y que tuviera que aprender la mayoría de sus diálogos por fonética. Su belleza era extremadamente cautivante y no hizo más falta que eso para que la película fuera un éxito haciendo de ella una estrella y un ícono de estilo, disparando toda una serie de modas en los años siguientes.

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Hedy Lamarr con sombrero.
Hedy Lamarr con sombrero.

Aunque Lamarr estaba en la cima, su carrera de repente perdió algo de su impulso cuando su segunda película, I take this woman (1940), luego de su complicada producción terminó siendo un fracaso y la condenó a hacer películas que, aunque exitosas en algunos casos, básicamente explotaban su belleza y su aura de mujer exótica. La realidad es que Lamarr se aburría y, lejos de la imagen de femme fatale que proyectaba, antes que las fiestas y los excesos prefería quedarse en su casa con su colección de arte y su hobby: los inventos.

Ésta veta, entonces oculta, sería parte central de la forma en la que su historia ha sido contada en los últimos años, cuando se descubrió la importancia de muchas de las cosas que proyectó. Pero para 1940, ella sólo se sentaba a dibujar en su casa y a soñar con ponerse al servicio del Consejo Nacional de Inventores. De todos sus desarrollos, el más importante vino de su asociación con el compositor George Antheil, también un aficionado de los temas científicos. Lamarr, preocupada por las complicaciones comunicativas que en la Europa en guerra estaban matando inocentes en altamar, pensó en diseñar un torpedo que pudiera ser controlado remotamente a través de conexiones inalámbricas – haciéndolas así difíciles de interferir. Para asegurar su funcionamiento tanto el emisor como el receptor de la señal debían funcionar en unísono, cambiando aleatoriamente de frecuencia al mismo tiempo – algo que ella denominó “salto de frecuencia” – y así evitar que la información cayera en manos enemigas. Para lograr esta sincronicidad, Antheil sugirió utilizar una herramienta que él usaba en su música que permitía que dos pianolas funcionaran al mismo tiempo en 88 frecuencias distintas y adaptar la idea a cintas perforadas de menor tamaño que, al igual que los rollos de la pianola, se movieran al mismo tiempo.

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Durante meses se juntaron y desarrollaron la patente, pero cuando esta finalmente fue presentada en 1942, el gobierno de los Estados Unidos decidió no producir el torpedo. Mientras tanto, Lamarr siguió actuando y, después de Pearl Harbor, fue convocada a participar del esfuerzo de guerra haciendo uso de su carisma como actriz vendiendo bonos por todo el país, cosa que hizo con inmenso éxito. Aunque todavía gozaba de gran reconocimiento, esta sería, sin embargo, la última gran década en su carrera y parece que el principio del fin llegó cuando MGM no renovó su contrato en 1943. En esta etapa ella decidió trabajar como independiente y abrió su propia productora, con la que llegó a hacer dos películas antes de declararla un fracaso. Como actriz, sólo tuvo un par de grandes éxitos con Sansón y Dalila (1949) y Mi espía favorita (1951), pero para esa época su belleza, el centro de su atractivo, se estaba empezando a evaporar junto con su paciencia.

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Hedy Lamarr en <i>Sanson y Dalila</i>.
Hedy Lamarr en Sanson y Dalila.

Para finales de la década del cincuenta e inicios de los sesenta ya era vista como algo del pasado, como una persona con fama de difícil, imprudente, y desordenada en su vida personal. Para 1965 ya se había casado y divorciado seis veces, había virtualmente abandonado a su primer hijo dejándolo en custodia de otra familia, y todavía tendría tiempo de ser víctima de más desgracias. Si se puede decir que Lamarr tocó fondo en algún momento, para muchos el episodio clave tuvo lugar en 1966 cuando fue arrestada por robar productos de una tienda. Se sospechaba que estaba sufriendo una enfermedad mental y fue exonerada de sus cargos, pero ella, en vez de irse en silencio, decidió denunciar al negocio por difamación. Este evento fue solo el primero de muchos ya que en los siguientes años de su vida abundaron los litigios iniciados por ella a tal punto que llegarían a ser inmortalizados por el personaje “Hedley” Lamarr en Blazing Saddles (1974) de Mel Brooks. Por supuesto, los chistes sobre el tema inspiraron, a su vez, una denuncia en contra de Brooks que terminó siendo arreglada con una compensación monetaria y una disculpa del director por “casi” usar su nombre.

El escándalo también alcanzó, sorpresivamente, a su propia autobiografía Ecstasy and me, publicada en 1966. Poco después de que esta saliera a la luz, Lamarr desconoció mucho de lo que allí figuraba y adujo que había sido todo fabulación de un par de escritores fantasma (a quienes también denunció) y que ella había accedido a su publicación sin leerlo porque estaba necesitada de dinero.

Sea cierto o no, para cuando llegó la década del setenta Lamarr estaba en su peor momento. Se instaló en Florida, a donde vivía recluida y casi ciega de cataratas. Aunque era tan pobre que cobraba una pensión por discapacidad, seguía gastando dinero y, tratando de aferrarse a lo que quedaba de su belleza, se volvió adicta a las cirugías plásticas. Olvidada por el mundo del espectáculo, sólo llegó a ser noticia nuevamente cuando en 1991 tuvo un nuevo arresto por robar en una tienda.

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Lamarr.
Lamarr.

A pesar de la desaparición de su belleza y de su caída en desgracia, la historia de Lamarr no llega a ser una tragedia irremediable, ya que al final de su vida hubo una suerte de redescubrimiento de su costado científico y ella pudo ver como sus invenciones ayudaron a generar toda una serie de tecnologías novedosas. Desde la década del cincuenta, cuando la patente expiró luego de la muerte de Antheil en 1959, varios científicos la fueron modificando para desarrollar lo que se conoce como “espectro ensanchado por salto de frecuencia”, algo que fue usado en nuevos sistemas de comunicación de uso militar y, desde 1981, civil. Ella siempre supo que esa era la ciencia que había ayudado a desarrollar en la década del cuarenta y recién en esta última etapa se reconoció su aporte cuando las empresas de telefonía celular comenzaron a pagarle regalías a inicios de los noventa. Lamarr, sin embargo, siempre consideró que esto era demasiado poco demasiado tarde y no ocultó el hecho de que le habría gustado recibir más.

Para el año 2000, aunque el mundo científico la estaba empezando a poner en el lugar que se merecía, seguía viviendo recluida en una casa inmensa en Casselberry, Florida – a la que había accedido en 1998 gracias a un millonario acuerdo que obtuvo por denunciar a los creadores del programa CorelDRAW por usar su imagen sin su permiso. Allí fue donde se la encontró el 18 de enero, día en el que falleció de un ataque al corazón, acostada en su cama, fría, completamente maquillada y al lado de su testamento, preparada.

HEDY LAMARR

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