Caspar David Friedrich | Goethe | arte | Martín Lutero

Friedrich: el hombre que supo descubrir la tragedia en el paisaje

Caspar David Friedrich nació en Greifswald el 5 de septiembre de 1774 y murió en Dresde el 7 de mayo de 1840. Fue un pintor romántico alemán cuyos impresionantes paisajes pictóricos no sólo fueron fruto de una meticulosa observación de la naturaleza, sino que tuvieron también carácter alegórico.

Caspar era el sexto de los nueve hijos de Adolf Gottlieb Friedrich (un fabricante de velas y jabones de Greifswald) y su esposa Sophie Dorothea Friedrich (de soltera Bechly). Fue educado según el protestantismo (un movimiento religioso que se originó en el siglo XVI para referirse a los cristianos que se separaron de la Iglesia católica tras la Reforma protestante impulsada por un teólogo y fraile agustino alemán llamado Martín Lutero (1483 – 1546)).

Hacia 1790, cuando tenía dieciséis años, recibió clases de Johann Gottfried Quistrop, profesor de Dibujo de la Universidad de Greifswald, quien probablemente le transfirió su entusiasmo por el paisaje. Entre 1794 y 1798 estudió en la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca donde fue alumno de Nicolai Abildgaard, de Christian August Lorentzen y de Jens Juel (uno de los pintores daneses más importantes del siglo XVIII). Pintó vaciados de yeso de esculturas clásicas, formándose más como dibujante que como pintor.

En 1799 expuso por primera vez su obra, dibujos de paisajes, en la Academia de Bellas Artes de Dresde (ciudad a la que se trasladó en 1798 y en la que mantuvo su residencia hasta el día de su muerte). Frecuentó sobre todo al pintor y diseñador Philipp Otto Runge (formado como él en la Academia de Copenhague) y a los escritores y poetas Ludwig Tieck y Novalis (con quienes creó el centro literario-artístico del romanticismo alemán).

Su primer éxito concreto fecha de 1805 cuando obtuvo un premio compartido en un concurso artístico organizado por la Goethe en Weimar, gracias a dos paisajes dibujados en sepia (ocre sepia, o pardo sepia, un color marrón oscuro y de saturación débil que corresponde a la coloración del pigmento obtenido de la tinta de la sepia –o jibia-, un cefalópodo marino similar al calamar).

En 1814, Friedrich, participó en una exposición que conmemoraba la liberación de Dresde con su obra “El cazador en el bosque”, representando a un chasseur (coracero del ejército francés en un bosque nevado) -https://www.artehistoria.com/es/obra/cazador-en-el-bosque-.

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El Cazador en el Bosque de Caspar David Friedrich
El Cazador en el Bosque de Caspar David Friedrich

En enero de 1818 (a los 44 años), se casó con la joven Christiane Caroline Bommer (de 25 años). Tuvieron dos hijas y un hijo: Emma en 1819, Agnes Adelheid en 1823 y Gustav Adolf (nombre puesto por el rey sueco Gustavo IV Adolf) en 1824. Su viaje de bodas lo llevó, nuevamente, hacia Greifswald y Rügen. Ello dio pie a que ese mismo año pintase cuadros como “Los acantilados blancos de Rügen” y “El caminante sobre el mar de nubes”. Su esposa posó, como personaje que se encuentra de espaldas, para su obra “Mujer asomada a la ventana” (1822). -https://www.artehistoria.com/es/obra/mujer-en-la-ventana-.

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El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich
El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich
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Mujer asomada a la ventana de Caspar David Friedrich
Mujer asomada a la ventana de Caspar David Friedrich

No seguía la tendencia artística italiana ni a los antiguos maestros. A su juicio, el arte debía mediar entre las dos obras de Dios: los humanos y la Naturaleza. Bajo esa subjetivísima consigna fue que supo vincularse con las beldades de la naturaleza, en cuya representación supo encausar tendencias y sentimientos. Sus obras no fueron/son, por lo tanto, imágenes de la Naturaleza, sino un sentimiento metafísico, substancial, único, excepcional.

Este magnánimo pintor romántico alemán introdujo en el género del paisaje no solo su realismo, sino su simbolismo: esa “consciencia del alma” que crea “paisajes íntimos”, suspiros poéticos, “kodak´s moments” imperecederos… Friedrich supo hacer(nos) apreciar la insignificancia del ser ante la abismal magnificencia de la Naturaleza y del hado del Tiempo.

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