Marshall McLuhan, el creador del concepto de la aldea global, sostenía que la política será eventualmente reemplazada por imágenes. El siglo XX es la demostración de imágenes convertidas en íconos de una ideología: la esvástica, la hoz y el martillo, la V de la victoria...

En la Edad Media, la teocracia imperante ilustraba con imágenes en frescos mosaicos y vitraux la historia del cristianismo. Las monarquías retrataban a los reyes y príncipes con la idea de exaltar su figura.

Después de la Revolución Francesa, los gobiernos civiles realizaron una construcción histórica mediante pinturas de gran porte o elevaron a sus líderes al mármol y el bronce. Todo recurso era bueno para exaltar el patriotismo.

Francia recurrió a pinturas que destacaban la figura de Napoleón, pero el cuadro más icónico por excelencia es La libertad guiando al pueblo de Eugene Delacroix, un nostálgico de las glorias napoleónicas que pinta a Marianne, la mujer emblema de Francia, con los pechos al aire y la bandera tricolor, conduciendo al pueblo armado en la revuelta popular de 1830 para desplazar a Carlos X del trono. Delacroix se pinta como el joven bien atildado con el fusil en la mano.

Los norteamericanos representan a Washington cruzando el Delaware, antes de la batalla de Trento. El general parece ser el único que guarda compostura entre los tripulantes de esta nave donde hay un solo hombre de color.

El icónico cuadro de Blanes de los 33 orientales pisando su terruño en la Agraciada es una hermosa construcción histórica porque los 33 no son 33 sino 39. Esa figura solo hace alusión al número masónico.

El primer cuadro que relata la gesta popular de mayo pertenece a un pintor chileno, Pedro Subercaseaux, quien después de quedar viudo abrazó los hábitos y se convirtió en el fray Pedro. Continuó representando las glorias chilenas, que incluyen el célebre y recordado abrazo entre San Martín y O´Higgins después de Maipú y este cuadro del 22 de mayo cuando tiene la palabra Juan José Paso para proponer la caducidad del virrey Cisneros mientras el rey estuviese preso. Al frente y a la derecha, está Mariano Moreno con gesto reconcentrado. Se sabe, por testimonios de Fidel López, que Moreno, el abogado del poderoso comerciante Martín de Álzaga, estaba muy preocupado por este paso que se estaba dando y que temía seriamente la retaliación española.

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Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, de Pedro Subercaseaux.
Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, de Pedro Subercaseaux.

La otra mitología iconográfica y literaria nacional es el cuadro de Ceferino Carnacini sobre el 25 de Mayo cuando el pueblo asiste al frente del Cabildo munido de sus paraguas.

En primer lugar, la concurrencia estaba limitada por los "chisperos" de French y Beruti que se aseguraban que solo los leales a la causa libertaria se acercaran a la plaza.

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        ¡El pueblo quiere saber de qué se trata!, de Ceferino Carnacini
¡El pueblo quiere saber de qué se trata!, de Ceferino Carnacini

Este cuadro, El pueblo quiere saber de qué se trata, que en algún momento ilustró nuestras monedas, encierra verdades a medias.

Había paraguas en Buenos Aires, pero eran para los ricos que estaban deliberando dentro del Cabildo y no esperando afuera. Además, si llovía, las damas no solían por miedo a un enfriamiento que entonces podía ser mortal.

Si bien las versiones escolares hablan de las famosas cintas celestes y blancas, existe una larga controversia, pues si eran de ese color, era para honrar a los Borbones, ya que desde entonces muchos de los actos de los primeros gobiernos patrios -que se sucedían a una velocidad alucinante al ritmo de los disensos de los distintos bandos- eran vivo ejemplo de nuestras primeras grietas. ¿Se gritó la consigna "el pueblo quiere saber de qué se trata"? Pues así fue y consta en actas.

¿Quiénes estaban fuera del Cabildo? Unos 100 chisperos, gente reclutada por French y Beruti que estuvieron desde el 22 al 25 de mayo fogoneando para sacar al virrey.

Si bien el cuadro de Subercaseaux pone en primer plano a Juan José Paso, el verdadero instigador de la destitución del virrey, fue Juan José Castillo, el orador de esta revolución.

Por último, otro cuadro fundacional de la mitología nacional. También pintado por Subercaseaux sobre el himno nacional, en casa de Mariquita Sánchez de Thompson, donde se lo pudo haber escuchado, aunque no fue por primera vez. Tampoco parece haber sido Remedios de Escalada quien canta las estrofas patrias (con Blas Parera al piano, que pocos años después debe huir del país y muere en Cataluña) con su embelesado marido, el general San Martín escuchando las virtudes canoras de su esposa.

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El Himno Nacional en la sala de María Sánchez de Thompson, donde se cantó por primera vez, 1813, de  Pedro Subercaseaux.
El Himno Nacional en la sala de María Sánchez de Thompson, donde se cantó por primera vez, 1813, de Pedro Subercaseaux.

Francisco Fortuny retrata a los miembros de la Primera Junta, aunque debe haber apelado a la imaginación pues este artista español nació cincuenta años después del evento, cuando ya no vivía ninguno de los participantes y no existían retratos fidedignos de alguno de ellos como Matheu y Alberti.

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La Revolución de Mayo, óleo de Francisco Fortuny.

La Revolución de Mayo, óleo de Francisco Fortuny.

Toda esta construcción histórica con pintura y esculturas es parte de la política nacional instada por el doctor Ramos Mejía para educar a los hijos de inmigrantes que poblaron al país y constituyeron el famoso "crisol de razas" que tanto alababan nuestras maestras.

A propósito de nuestras maestras, no podemos dejar fuera de la iconografía a la famosa revista Billiken, que acompañó nuestra infancia inculcando el espíritu del relato iniciado por Ramos Mejía de acertada instrumentación en su momento pero que quizás, y a mi entender, se prolongó más allá de lo necesario, creando una historia de buenos impolutos y malos diabólicos.

Mi homenaje aquí a Lino Palacio, Carlos Lugo, Roberto Bernabó y Raúl Manteola, algunos de los ilustradores de esas láminas que crearon las bases de nuestros sentimientos patrios.

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