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El pensamiento mitológico

El gran antropólogo escocés James G. Frazer expone en su célebre obra "La rama dorada: magia y religión", publicada en 1890, que la base de un mito es la magia y el pensamiento relacionado con los profundos e irracionales impulsos de nuestra naturaleza.

Frazer sostiene que en los mitos un efecto se parece a su causa, y que “cosas que han estado alguna vez en contacto continúan actuando una y otra vez, a distancia y a través del tiempo”. Frazer confiaba en que, con el progreso y el desarrollo de la ciencia y la tecnología, tanto la magia como la religión desaparecerían y que los fines a los que servían serían llevados a cabo en forma más segura y eficiente a través de la ciencia.

Los mitos son algo así como sueños públicos y compartidos; Carl Jung (psicólogo y ensayista) dice que los mitos, como la religión, sirven a fines vitales de manera positiva, y por esa razón han sobrevivido milenios y nunca podrán ser desplazados por los descubrimiento científicos, que según Jung tienen más que ver con el mundo externo que con el interior de la psique humana.

Por ejemplo: gran parte del pensamiento y conocimiento de los griegos llegó, a través de Persia, a la India, incluso a China. Sin embargo, cada uno de esos mundos orientales ya poseía “su propio estilo” de pensamiento mitológico; por esa razón, el pensamiento objetivo, realista e inquisitivo de los griegos no fue asimilado. Algo así como: “¿Mitos? Para mitos, los nuestros, eh...”.

Otro ejemplo: para el griego Aristarco (275 a.C.) la Tierra ya era una esfera en órbita alrededor del Sol; Eratóstenes (250 a.C.) ya había calculado correctamente la circunferencia de la Tierra, etc. Pero Justiniano, emperador del Imperio romano de Oriente, deseaba instalar la unidad religiosa para garantizar la hegemonía del Imperio bizantino, y dictó un edicto en 529 d.C. proscribiendo y prohibiendo la enseñanza de la filosofía griega y obligando a cerrar las escuelas paganas. A cambio de eso, nuestra civilización ha heredado “la ciencia de la Biblia” (una escritura oriental) y con ella el Génesis, con una orientación totalmente diferente (de rechazo a la ciencia) y con su consiguiente retraso.

Otro ejemplo es el Islam, que establece que la palabra de Dios revelada en el Corán es la única fuente y vehículo de la verdad, considerando que el pensamiento científico llevaba a “la pérdida de creencia en el origen del mundo y en el Creador”.

La mitología es tan antigua como la existencia de la especie humana sobre el planeta, y sus temas fundamentales han sido constantes a través de la historia desde que el hombre existe. El rasgo distintivo del ser humano es el desarrollo del pensamiento abstracto, y en relación a eso, su atributo psicológico más distinguible es la organización de la vida de acuerdo con lo mítico. Si nos preguntamos cómo un impulso así se ha transformado en dominante en la vida humana a lo largo de toda su historia, la respuesta es que el humano, consciente de sí mismo como tal en forma metafísica (cosa que no ocurre en las demás especies animales), constata que algún día morirá. Este reconocimiento de la mortalidad y la necesidad de trascender más allá de ese inexorable destino es el primer gran impulso hacia la mitología. La segunda conclusión a la que llega el hombre es la de la “permanencia del orden social”: el grupo en el que cada humano nace y vive existía antes de él y seguirá existiendo después de su muerte. Y el tercer factor que alimenta la importancia de los mitos es el intento de comprender el mundo natural y el universo, y la relación de los mismos con la existencia humana. Estas tres cuestiones fundamentales (la inevitabilidad de la muerte, la permanencia del orden social y la relación del hombre con el universo cercano y lejano), de rasgos solipsistas aunque solapados, constituyen la fuerza principal de los mitos, y con ellos, los ritos sociales a lo largo del tiempo.

En relación a los primeros libros de La Biblia, existía la costumbre (tanto en judíos como en cristianos) de tomar las narraciones al pie de la letra, como relatos verídicos sobre el origen del universo y sobre lo que vino después. La creación en siete días, un Dios de llegada exclusiva al pueblo judío, Eva creada a partir de la costilla de Adán, el jardín del Edén, el árbol del Bien y del Mal, la prohibición de comer sus frutos, la serpiente, la tentación, la expulsión del Edén, el castigo a la humanidad por el pecado original, el arca de Noé, etc. La humanidad (desde sacerdotes hasta científicos, desde gobernantes hasta filósofos) ha creído sin decir ni mu todo eso hasta hace apenas un siglo. Estas ficciones han tenido aceptación en todo el mundo, han servido incluso como fundamento de varias religiones y han sido repetidas (con cambios en los símbolos pero no en el fondo) como historias (mitos) fundacionales de corrientes filosóficas o espirituales.

¿Cómo puede explicarse algo así? ¿Por qué estas cuestiones han sido creídas reverencialmente? No son productos de carácter totalmente imaginario, ya que hablan de acontecimientos concretos y externos. Tampoco son cuestiones históricas, ya que nada de eso es comprobable. Pero parece indudable que nos hablan de cosas fundamentales para nosotros, importantes para nuestra especie. Son mensajes directos que se interpretan como referencia a acontecimientos que tienen lugar en el “espacio-tiempo” pasado y que marcan nuestro destino, así como sus símbolos (las grandes herramientas de todo mito) se transforman en guías a las que les adosamos significados que nos han sido inculcados desde chicos, cuando en nuestra mente había mucho espacio libre. En ese contexto, esa unión imagen-símbolo-mensaje trascendente se hace imborrable.

En la leyenda bíblica predominante en Occidente hay un árbol (el del Edén, símbolo de la sabiduría, del bien y del mal) y una serpiente (símbolo de la tentación y lo abyecto). En Oriente, en la leyenda india que hace referencia a Buda, también hay un árbol (el árbol Bodhi, la higuera en la que Siddhartha Gautama se sentó a meditar y en el que alcanzó la iluminación espiritual para transformarse en Buda) y una serpiente, que en este caso simboliza la sabiduría y la energía inmortal que reside en cada criatura sobre la tierra. La serpiente muda de piel, por lo tanto renace, y esto en Oriente se conecta con la reencarnación del espíritu. En una de las leyendas, la serpiente es maldecida; en la otra, aceptada. En ambas, la serpiente está asociada al árbol y ha gozado de sus frutos. En una leyenda, el fruto del árbol genera la condena eterna; en la otra, la iluminación. Los mismos elementos simbolizan cosas diferentes según lo que el mito quiera imponer.

El hombre usa símbolos para crear leyendas y esas leyendas para reafirmar su pasado y su existencia.

Cada mitología es una organización de signos y símbolos culturalmente condicionados. Vistos de esta manera, es indudable que la mitología cumple al menos dos funciones de cierta trascendencia para el hombre. La primera, ofrecer una imagen del universo acorde al conocimiento de la gente a la que va dirigida. La segunda, apoyar y sostener las normas de un orden moral específico: el de la sociedad a la que va dirigida.

En todo el mundo y a lo largo de la historia se encuentran los mismos temas mitológicos. Existen mitos y leyendas sobre un dios nacido de una virgen, encarnaciones y reencarnaciones, muertes y resurrecciones, juicios o batallas finales, dioses combativos, demonios, la vida después de la muerte, etc, en todas las grandes mitologías y tradiciones humanas. Todas las mitologías, además, muestran un etnocentrismo histórico irremediable. Diferencias de forma, nada más.

Las primeras pruebas tangibles del pensamiento mitológico datan del período del hombre de Neanderthal, hombre que habitó en Europa, cercano Oriente, medio Oriente y Asia central entre 250.000 y 40.000 años a.C. Esas pruebas incluyen enterramientos con víveres o herramientas, animales sacrificados, etc, lo que sugiere la idea de algún tipo creencia, si no de inmortalidad, al menos de algún otro tipo de vida a la cual llegar luego de dejar esta.

El proceso de putrefacción de los animales y de la vegetación da paso al nacimiento de nuevos brotes y mejora la calidad de la tierra; ese proceso ha inspirado la mitología de “la muerte como generadora de vida”; de ahí nace la idea de que para aumentar la vida hay que aumentar la muerte. Durante milenios, el resultado de esa creencia ha sido la tendencia general al sacrificio. Sacrificios de animales, de recién ncidos, de enemigos, de viudas, de “víctimas voluntarias”, como parte de una especie de pacto entre el mundo natural y el humano. Las ceremonias de sacrificios son como muestras de una fuerza mágica que sostiene que los cuerpos materiales son simples disfraces utizados por espíritus o entidades invisibles que pueden ir y venir desde un mundo invisible hacia el nuestro.

Todo ronda alrededor de lo mismo: el pensamiento mitológico, el que hace creer al hombre que es más trascendente de lo que en realidad es.

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