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El obsesivo serial

Por más que uno no sepa nada de arte y sin siquiera haber pisado un museo, es muy probable que uno haya estado expuesto alguna vez a una imagen de Marilyn Monroe pintada de diferentes colores o de una lata de sopa Campbell's. Esa es la genialidad de Andy Warhol. Su arte, a veces criticado por su falta de sentimiento como frío e industrial, fue creado con la idea de ser masivo, de invadirlo todo, y hoy, en algunos casos a más de 50 años de su creación, las obras de Warhol siguen vivas.

Su nombre de nacimiento fue Andrew Warhola y su vida comenzó el 6 de agosto de 1928 en Pittsburgh. Fue el menor de tres hijos de una pareja de clase obrera de inmigrantes checoslovacos, pero siendo delicado y afeminado, no tenía nada que ver con sus otros dos hermanos. El pequeño Andy prefería quedarse en su casa jugando con Julia, su madre, dibujando y recortando revistas en vez de ir al colegio o jugar con otros niños. Su infancia fue complicada y estuvo marcada por varios eventos traumáticos que luego reaparecerían en su obra, entre ellos el haber sufrido la enfermedad de Huntington conocida como “baile de San Vito” – algo que le produjo no solo la incapacidad de controlar sus movimientos, sino también secuelas visibles en la piel – y la muerte de su padre cuando tenía 13 años.

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Se graduó del secundario con dificultad, sufriendo de dislexia y de otros problemas para escribir, pero llegado el momento, gracias a su ya probada creatividad, Andy fue el elegido entre sus hermanos para ir a la universidad. Se inscribió en el Carnagie Institute of Technology en la carrera de diseño gráfico. No logra aprobar el primer año de sus estudios y además sufre un nuevo trauma cuando su madre es diagnosticada con cáncer de colon y sufre la pérdida de parte de su intestino, pero finalmente logra recibir su diploma.

En 1949, a poco de recibirse, se mudó a Nueva York y en 1950 lo siguió su madre. Vivirían juntos hasta la muere de Julia a inicios de los setenta, pero esos años iniciales – en los que compartían hasta la cama con unos 25 gatos – configuraron lo que luego Warhol llamó “el cielo de los mininos”, presente en las primeras obras elaboradas en conjunto por Julia y Andy, libros como 25 Cats Name Sam and One Blue Pussy (1954) y Holy Cats by Andy Warhols’ mother (1957).

Su trabajo en la década del ‘50 es exitoso y logra ganar mucho dinero y notoriedad en poco tiempo. Conjugaba el trabajo comercial, como diseñador, con el artístico y, en esa primera rama, encontrará lo que definirá más tarde su forma de trabajo y su estilo. Andy descubrió que si conseguía ayudantes que hicieran el trabajo manual por él, podía dedicar el tiempo a buscar más clientes y así conseguir más encargos.

A inicios de los sesenta el trabajo artístico de Warhol cambió y él empezó, por primera vez, a concentrarse en cosas que le gustaban, que veía y que conocía: productos comerciales, comics o estrellas de cine. Este tipo de representaciones, en general asociadas al arte pop, no solo conjugaban y revalorizaban la ilustración comercial con la artística, sino que en el caso de Warhol merecen especial atención ya que son parte de una curaduría especializada. No sólo se limita a pintar el mundo que lo rodea, sino que, según su biógrafo Wayne Koestenbaum, estas imágenes guardan una relación muy especial con su historia y, especialmente, con su cuerpo.

Warhol mismo pasa por un proceso de transformación (o “popización) a inicios de los sesenta. Su cuerpo, que ya había comenzado a trasformar con una rinoplastia a fines de la década del ’50, se vuelve un ícono artístico cuando decide adoptar una peluca plateada en 1963.

Sus cuadros son expuestos por primera vez en 1961, no en una galería, sino en la vidriera de la tienda departamental Bonwit Teller. Esta conexión con el comercio, tan anti artística, se intensificó cuando en 1962 comenzó a utilizar la técnica de serigrafía. Este proceso le permitía tomar imágenes y reproducirlas infinitas veces a gran velocidad, generando así esta idea de lo serial tan presente en sus famosísimos trabajos como los retratos de esta época de Marilyn Monroe o de Elvis Presley.

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La idea de lo serial, del ensamblaje, está tan presente en el pensamiento warholiano que también es visible en ese otro gran ícono de los sesenta: su taller-museo conocido como The Factory, literalmente una fábrica. Para alguien tan inseguro como Andy Warhol, tan convencido de que era feo, rodearse de gente bella era una forma de desaparecer y de darse relevancia a la vez. Andy contrató a hombres guapos como Gerard Malanga o Billy Name, sus ayudantes, para actuar de carnada y atraer a “bichos raros” tan dispares como la adinerada Edie Sedgwick o la drag Queens Mario Montez. La Factory fue un centro cultural, un lugar donde caían marginados y niños ricos rebeldes por igual, un espacio donde hasta el más ignoto se podía transformar en una superestrella.

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Estos individuos muchas veces eran luego utilizados en otra rama del arte de Warhol: aquella asociada con la experimentación cinematográfica. Sus películas son completamente originales y, como mucho de su arte, tienen una especial relación con lo corporal. A Warhol le interesa entender qué mueve a un cuerpo, que lo modifica, en varios sentidos. Por un lado, lo sexual está extremadamente presente, de forma más o menos explícita, en trabajos como Kiss (1963), Blow Job (1964), y Blue Movie (1969). Pero lo corporal también se acerca a la exploración de la tortura, no sólo en lo que elige mostrar, como es el caso de Vinyl (1965), adaptación de La Naranja Mecánica de Anthony Burgess, sino también un tipo de tortura más psicológica. Esta se inflige al sujeto filmado, por ejemplo, en las más de 500 “screen tests” o “pruebas de cámara” en las cuales obligaba a sus representados a quedarse quietos y soportar ser filmados. Pero también se inflige, de alguna forma, al espectador, especialmente en sus películas de más largo aliento como Empire (1964) o Sleep (1964), de 8 y 5 horas respectivamente, donde la inmovilidad y el aburrimiento se choca con la incertidumbre y la posibilidad de que efectivamente haya alguna acción, por mínima que sea, que de sentido a lo observado.

El trabajo de Warhol en la década del ‘60 se asocia también a roles menos tradicionales, como el patronazgo de la banda de rock The Velvet Underground o la, por llamarla de alguna forma, organización de eventos o happenings, como fue, por nombrar tan solo un ejemplo, la fiesta de 1965 organizada para “Los cincuenta personajes más bellos”. Junto con estas facetas visibles, en la década del ’60 Warhol también tienen un “lado B”, una producción bastante menos recordada y celebrada que tiene que ver con trabajos de gran carga erótica, en su mayoría homosexual. Muchos de quienes frecuentaban la Factory recuerdan que Warhol disfrutaba de sacar fotos de genitales a todo aquel que se dejara fotografiar. Estas fotos no fueron publicadas mientras Warhol vivió, pero lo que sí era conocido eran las películas pornográficas que producía para un cine neoyorkino, normalmente llamadas “nudies”. En general elaboradas para el público gay, estas cintas “escandalosas” hicieron que el FBI lo tenga en la mira y que muchas de ellas terminaran siendo confiscadas y declaradas como obscenas.

A pesar de su celebridad (o quizás justamente a causa de ella), la década de 1960 no terminó bien para Warhol. El 3 de junio de 1968 podría haber sido recordado como una de esas fechas que marcaron el fin de la década, esto es, si el intento de asesinato de Warhol a manos de su ex colaboradora, la feminista radicalizada Valerie Solanas, hubiera sido exitoso. Warhol fue herido de gravedad y casi murió en este evento, debiendo pasar dos meses recuperándose en el hospital. Si el tiro hubiera sido fatal, sin duda la celebridad de Warhol habría sido mayor de lo que ya es hoy. Habría quedado inmortalizado, siempre joven, transformado en el mártir del arte pop, y la crítica no habría evitado tener que “lidiar” con su producción posterior.

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La realidad, a veces incómoda, es que Warhol, si bien hoy es sinónimo de los sixties, no murió con la llegada de 1970. Su carrera continuó evolucionando unos veinte años más y tomó nuevos rumbos, a veces difíciles de asociar con el pop que lo había hecho famoso.

Para empezar, con la llegada de los setenta el modo de producción cambió completamente. No sólo Warhol decidió en 1972 sacar todas sus películas de circulación, sino que decidió, por una cuestión de seguridad, cerrar la Factory. Ahora, ese antro de arte, sexo, drogas y locura se formalizó y empezó a funcionar como una empresa con cubículos y departamentos. La profesionalización de la operación de Warhol hizo que empezaran a aparecer nuevos proyectos, como la revista Interview o la generación de los polémicos retratos por encargo. Estos últimos, para muchos considerado como el síntoma definitivo de que Warhol se había “vendido”, en realidad venían a cumplir un doble propósito. Por un lado, Warhol se garantizaba un jugoso ingreso estable, gracias a la venta de unos 50 a 100 cuadros por año en unos 50 mil dólares cada uno. Por otro, venían a cumplir el sueño de los ricos y famosos de transformarse en un personaje warholiano, a sabiendas de que uno era, de alguna manera, un impostor. Uno de estos cuadros, muy fácil de encontrar en la Ciudad de Buenos Aires, fue hecho por para Amalia Lacroze de Fortabat en 1980 y en él se puede ver como “la dama del cemento” deviene en una especie de Elizabeth Taylor porteña. Hacer un retrato de este tipo, si bien era relativamente fácil, implicaba un proceso bastante largo que comenzaba con una sesión de fotos –en la cual se tomaban cerca de 150 polaroids del sujeto– seguida de una rigurosa selección y culminando con la serigrafía final.

Aunque los encargos fueron una parte muy importante de su producción, en la década del 70 Warhol también decidió extender este deseo de la copia a todo lo que pudiera alcanzar. En un ataque de “promiscuidad” se dedicó a hacer serigrafías de todo tipo de objetos y personas, incluidos los famosos cuadros de temas comunistas como su serie Mao de 1972 y las hoces y martillos de 1976, hechas, según dicen, con el fin de satisfacer a sus críticos europeos de ideología marxista.

La producción pictórica de Warhol sorprende definitivamente cuando a finales de la década eligió entregarse a la abstracción. De esta época son series tan interesantes como Sombras (1978-9) y las controversiales y escatológicas Oxidación (conocida también como los “cuadros de pis”) y los “cuadros del semen” que, como sus nombres indican, resultaban de la aplicación de los fluidos corporales sobre el lienzo.

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Su serie <i>Sombras</i>.
Su serie Sombras.

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<i>Piss Painting </i>(cuadro hecho con orina) de Andy Warhol.
Piss Painting (cuadro hecho con orina) de Andy Warhol.

Quizás menos llamativo, pero para Warhol igual de abstractas, son las obras que pertenecen a las series Torsos y Partes Sexuales de 1977. Warhol decidió tomar fotografías, en la tradición de esas Polaroids de genitales que ya había comenzado a capturar en la década del 60, y expandirse sobre diferentes partes del cuerpo, descuartizando, de alguna forma, al sujeto fotografiado.

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Hacia el inicio de los ochenta, Warhol, aunque seguía trabajando, se encontraba en una situación completamente distinta. Luego de la muerte de su madre en 1972 y de diferentes fracasos amorosos, en 1980 Warhol cayó en una depresión de la que nunca más saldrá. La sensación era que ya nadie lo recordaba, su nombre pertenecía al pasado, y sentía, en definitiva, que sus 15 minutos de fama se habían acabado.

Es interesante, porque esta depresión, esta “muerte”, no lo paralizó, sino que fue algo sobre lo que el reflexionó mucho en su trabajo de esta década. El tema que recorre su obra de los ochenta son los grupos y, específicamente, su desaparición o transformación. Así es que hay series dedicadas a la desaparición del star system, como Myths (1981), series referidas a los animales en extinción, Endangered Species (1983), e incluso series que reflexionan sobre la desaparición de las comunidades nativas americanas como su serie Cowboys and Indians (1986).

Sus cuadros de estos últimos años contienen también referencias explícitas a la brutalidad y a la violencia, algo que por cierto no era nuevo en el arte de Warhol. A sus series de accidentes y de sillas eléctricas de los sesenta, Warhol sumó en 1981 cuadros de pistolas y de cuchillos y, quizás tangencialmente, las pinturas de la serie Zeitgest de 1982, donde se ven inquietantes imágenes de monumentos, de espacios urbanos, vacíos.

Una última novedad de los ochenta, es la “reaparición” de Warhol. Por primera vez usará su propia imagen, su propio cuerpo, extensamente en su obra. Ejemplo de esto son sus autorretratos de la serie Camuflajes de 1986, pero también el uso de su propio cuerpo como escultura en performances, como su aparición en un pedestal que llevaba su nombre en la discoteca Area en 1985. Este uso de su propia imagen en esta década también lo llevó a incursionar en otros medios como el modelaje o la televisión, llegando a tener sus propios programas, Andy Warhol’s T.V. para el cable y Andy Warhol’s Fifteen Minutes para MTV.

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Habiendo vivido su vida de forma intensa e incansable, sorprendió a muchos el hecho de que esta llegara a su fin de forma prematura e inesperada en 1987. Luego de su intento de asesinato y de la muerte de su madre en 1972, había desarrollado terror a los hospitales. En 1987 sus médicos le aconsejaron que se hiciera de urgencia una operación de vesícula que tenía pendiente desde 1973. Asustado, entró el 20 de febrero al New York Hospital y fue operado con éxito. El post operatorio, sin embargo, no fue tan feliz y la enfermera a cargo, distraída leyendo la Biblia, no notó que había entrado en paro. Cuando finalmente se dio cuenta de que Warhol no respiraba, todos los esfuerzos por reanimarlo fueron fútiles.

Unos días después, el 26 de febrero de 1987, su cuerpo volvió a Pittsburgh, donde sigue enterrado hoy a metros de sus padres, en una sencilla tumba rodeada de latas de sopa que le dejan sus admiradores a modo de homenaje.

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