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El maravilloso mundo de Quino

Breve y modesta historia de los 86 primeros años del papá de Mafalda.

Joaquín Salvador Lavado, más conocido como Quino, nació el 17 de julio de 1932 en Mendoza. Sus padres eran inmigrantes españoles y pasó su infancia rodeado por extranjeros, al punto de, como él recuerda con gracia, tener que aprender a hablar en «argentino» cuando entró a la escuela.

Su interés por el dibujo empezó cuando él era todavía muy pequeño y vino de la mano de su tío Joaquín. En una situación que Quino refiere como un momento fundacional en su vida, recuerda tener tres años y ver a su tío dibujar una noche que se quedó cuidándolos a él y a sus hermanos. En ese instante, cuando vio la cantidad de cosas que podían «salir de un lápiz», quedó impresionó al punto de querer dedicar su vida a eso.

A los 14 años, luego de la muerte de su madre, se empezó a plantear más en serio el tema del dibujo y en 1945 se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de Mendoza. Su paso por esta institución fue breve, ya que consideraba que para ser dibujante humorístico no hacía falta una educación formal. Luego se arrepentiría, pero recuerda que en ese momento estaba apurado por ir a la Ciudad de Buenos Aires y triunfar. Ese primer intento, sin embargo, no tuvo éxito. Con horror, además, descubrió que tenía que volver a Mendoza a hacer el servicio militar, algo que a Quino le resultaba especialmente horroroso debido a la enseñanza que sus padres –republicanos, anticlericales y antimilitaristas– le habían impartido. De cualquier modo, su paso por la colimba no fue todo sufrimiento y recuerda haber recibido con alegría trabajos creativos como pintar el banderín del equipo de polo de los oficiales.

En 1954, una vez terminado el servicio militar, volvió a probar suerte en Buenos Aires y empezó formalmente su carrera haciendo dibujos para las revistas Esto es y Qué. El mítico dibujante Divito reconoció el valor de su trabajo y decidió apadrinarlo. Lo llamó para dibujar en su medio, Rico Tipo, y lo ayudó a conseguir otros proyectos en paralelo. Gracias a ésta ayuda, a fines de los 50 e inicios de los, 60 Quino ya era reconocido y su trabajo se podía ver en Vea y Lea, Leoplán -la revista de su amigo Brascó-, Damas y Damitas, Panorama o Tía Vicenta. Casi todos los chistes de esta época eran mudos, es decir, no tenían texto y se sostenían exclusivamente en lo visual. Si bien Quino pensaba que esto los hacía universales, Divito le sugirió que incluyera algún texto porque, según él, la gente que compraba revistas «necesita material».

En 1963 publicó Mundo Quino, un compilado de algunos de sus dibujos, pero su momento de mayor éxito se inaugurará en 1964 con la primera publicación de la tira Mafalda. Este proyecto que lo volvería internacionalmente famoso inició de forma bastante modesta. Brascó le comentó que en la agencia publicitaria Agens estaban buscando dibujantes para promocionar una nueva marca de electrodomésticos llamada Mansfield. La idea era generar un tipo de publicidad encubierta o subliminal en el marco de una tira cómica que se regalaría a los diarios. Ésta debía representar a una familia tipo y el objetivo no era hablar loas de los productos, sino simplemente mostrar a los personajes usando alguno de los productos que después venderían. Al final no hubo interés y el proyecto quedó inconcluso, pero Quino se quedó con el material.

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Éste tuvo una nueva vida cuando, después de un breve paso de la tira por la revista Leopold, su amigo Julián Delgado se la pidió para mandarla al semanario Primera Plana. Sin que le avisaran, el 29 de septiembre de 1964 la tira salió publicada. En este punto Quino recuerda que sintió algo de pánico: de la nada se encontró con que tenía un encargo semanal y con que tenía que familiarizarse con esos personajes que él desconocía. Lo único que tenía claro es que Mafalda, el personaje, le atraía por la posibilidad de cuestionar la realidad, aprovechando la inocencia de la infancia. Para él era muy interesante y contradictoria la idea de pedirle, como adulto, a un chico o chica que se portara bien y que respetara a los demás, cuando después este mismo niño podía prender la tele y ver en los noticieros la violencia y la injusticia que los adultos perpetraban en todo el mundo.

Esta idea del cuestionamiento empezó como algo bastante simple e inocente, pero siempre firmemente basado en las ideas que Quino había mamado desde su infancia. Luego por diversas apropiaciones -ya fueran por derecha o izquierda- la tira empezó a crecer y a asociarse con otro tipo de ideales al punto que muchos ironizan con el hecho de que el libro no podía faltar en ningún hogar «progre» de la Argentina de los 60 y 70.

En marzo de 1965, con el mundo de Mafalda ya consolidado e incluyendo a la mayoría de los personajes clásicos, la tira se mudó al diario El Mundo y al poco tiempo se produjo otra novedad. Jorge Álvarez, dueño de la editorial que llevaba su mismo nombre, había notado que los empleados bancarios o del correo decoraban sus cubículos con los cómics de Mafalda recortados del diario. Con un gran olfato para los negocios, Álvarez se acercó a Quino y le propuso armar un libro que recopilara algunas de sus tiras para ser vendido en quioscos y librerías. Quino accedió y la primera tirada de 5 mil ejemplares resultó ser insuficiente: se agotó en 2 días. El éxito estaba asegurado y finalmente salieron 10 de estos «libritos» a lo largo de los años. Jorge Álvarez publicó hasta el número 5 y, por discusiones referidas a retrasos en los pagos de derechos de autor, Quino se acercó a Daniel Divinsky, abogado y dueño de Ediciones de la Flor, para tratar de conseguir ayuda legal. Finalmente la cuestión monetaria se resolvió a través de una mediación, pero Mafalda terminó cambiando de editor. A partir del número 6, publicado en el año 70, los libros empezaron a ser editados por De la Flor.

En 1968 la tira volvió a un semanario, esta vez la revista 7 Días, pero el 25 de junio de 1973, Quino se despidió de sus lectores y nunca más dibujó a Mafalda. Aunque muchos han tratado de darle una explicación política, específicamente relacionada con el retorno de Perón, Quino dice que dejó la tira porque se cansó y porque no quería quedar atado a un solo personaje. Por supuesto que la popularidad de las tiras no disminuyó con el cese de su publicación. Los libritos siguieron saliendo y los quioscos se llenaron de materiales asociados a la tira, siendo el más famoso quizás el poster del «palito de abollar ideologías», una representación que tuvo especial relevancia en el contexto argentino de inicios de los 70.

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Si bien Quino nunca aprobó el uso político de Mafalda, éste último ejemplo muestra como tal cosa era ineludible en ese momento. Por un lado, el póster fue apropiado por parte de los círculos más conservadores a inicios de 1975, cuando la ciudad apareció empapelada con una versión adulterada de aquél. El afiche mostraba a Manolito en el lugar de Mafalda señalando la cachiporra del policía y diciendo «¡Ves Mafalda! Gracias a este palito, hoy podés ir a la escuela».

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A los pocos meses de este episodio, Quino recuerda que López Rega se le acercó con la intención de conseguir que le hiciera unos dibujos para una campaña de prensa y él se negó. A los pocos días, un grupo armado entró a la fuerza a su casa donde, por casualidad, no se encontraban ni él ni su esposa. A poco de éste episodio, atemorizado, decidió irse a vivir a Italia.

Aún con Quino en el exilio y con el Proceso ya en marcha, Mafalda siguió vendiéndose. Sin embargo, si bien se toleraba, queda claro que había quienes consideraban que el contenido de la tira podía ser subversivo. El póster de Mafalda y el policía tuvo en este contexto un nuevo uso político al quedar asociado a las imágenes de la infame Masacre de los Palotinos en 1977. En las fotos tomadas después del hecho se lo ve extendido sobre los cadáveres de los sacerdotes asesinados, como muchos han entendido, a modo de advertencia.

Hoy, a los 86 años de Quino, su legado se mantiene vigente con Mafalda a la cabeza. No sólo ha recibido múltiples premios y homenajes, sino que sus obras continúan siendo leídas por millones de personas en todo el mundo. Junto con Borges y Sábato es el escritor argentino más traducido y sus historietas se pueden encontrar en más de 20 idiomas.

Si bien Quino se alegra cuando se acercan padres a decirle que gracias a Mafalda sus hijos aprendieron a leer, el percibe la vigencia de su humor con pesimismo. Para él, que los chistes 50 años sigan teniendo relevancia, es un síntoma de que nada ha cambiado.

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