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El libre albedrío

La presencia del mal en el mundo es el desafío más grande a la idea de que existe un dios omnipotente, omnisciente y lleno de amor. Ante esa observación, los teístas sostienen que el mal existe porque los humanos tenemos libre albedrío y tomamos nuestras propias decisiones.

Argumentan que el libre albedrío humano es un regalo divino de enorme valor y que Dios nos lo concedió aún a riesgo de que lo usáramos mal. Eso eximiría a Dios de la responsabilidad de las cosas malas que ocurren, que pasarían a ser responsabilidad exclusivamente nuestra. Palabras más, palabras menos, el concepto es ese. Así, el libre albedrío es la respuesta teísta a la pregunta: “¿por qué permite Dios que ocurran cosas malas?”

Esto remite, por lo tanto, al “problema del mal”, que desde el punto de vista filosófico se plantea y se discute desde el siglo III a. C. Y fue Agustín de Hipona (San Agustín) quien, en el siglo IV d.C., escribió extensamente sobre el libre albedrío.

San Agustín plantea la relación entre la libertad y la existencia del mal, y la aborda desde el punto de vista de su relación con la existencia de un dios creador, omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno; ante ese Dios, el hecho de que el hombre pueda elegir el mal y que el mal exista plantea posibles contradicciones que el autor intenta resolver.

San Agustín fue un converso. En su juventud había adoptado el maniqueísmo, una secta dualista que admitía dos grandes principios: un dios bueno y otro malo. Según el pensamiento maniqueo, el hombre no era responsable de actuar mal, dado que su voluntad no era libre; simplemente, cuando actuaba mal lo hacía porque estaba dominado por el dios malo. A los 30 años de edad San Agustín abandonó esa mirada y se volcó al neoplatonismo, y dos años más tarde se hizo cristiano. A los 37 años fue ordenado sacerdote y a los 42, obispo. San Agustín se fue liberando intelectualmente de todo el bagaje ideológico anterior y procuró encontrar soluciones distintas a los problemas filosóficos que le prerocupaban. Y entre ellos, uno de los más trascendentes era el problema del mal.

Agustín encaró el problema del mal dividiéndolo en dos: el “mal físico” (una enfermedad) y el “mal moral” (una mala acción o, en términos religiosos, un pecado). Para resolver el problema de la existencia del “mal físico” recurrió al platonismo, que le hizo ver que el mal no es una entidad real, sino que más bien es ausencia del bien; es decir, el mal no es algo positivo, sino negativo. Una respuesta más dialéctica y teórica que concreta, pero que al menos da una explicación. En cuanto al “mal moral”, San Agustín desarrolló sus ideas en sus extensos escritos “Del libre arbitrio”. San Agustín expone allí que la voluntad del hombre es libre y, como tal, puede decidir acercarse al bien eterno e inmutable que es Dios o puede alejarse de él, poniendo sus miras en cuestiones del alma ajenas a Dios o en los asuntos corporales. Esto es la base del libre albedrío: Dios quiere tanto al hombre que no lo obliga a unirse a Él, que es la suma del bien, sino que le permite elegir ser díscolo y actuar alejado del bien. “El libre albedrío fue concedido al hombre para que fuera bueno no por necesidad, sino por libre voluntad”, dice Agustín.

Sostiene que la misma perfección de Dios es la que “permite” la existencia del mal. Y ahí aparece el concepto del “libre albedrío”, que se refiere a nuestra libertad para escoger –de manera totalmente libre– llevar una vida con un valor moral elevado que nos permite entablar una relación con Dios. Pero también podemos usar mal nuestra libertad y escoger mal. Según Agustín, para alcanzar un grado real de elevación moral es necesario que exista la posibilidad de lo contrario, es decir, de elegir el mal. Si no, sería “muy fácil”, y no habría ningún mérito en “elegir el bien”.

Muchas autoridades religiosas apoyan este concepto, que ha sido criticado por pensadores tales como Spinoza, Schopenhauer, Marx, Nietszche y otros, que lo veían como una expresión individualista. El principio del libre albedrío tiene implicancias religiosas, éticas, científicas, psicológicas, jurídicas, económicas, etc. En la ética supone que los individuos son responsables de sus propias acciones; en la psicología, implica que la mente controla algunas de las acciones conscientes del cuerpo. Se pueden buscar muchas rendijas por las que se desliza el principio del libre albedrío. Sin embargo, el nudo central de la discusión está centrado en lo filosófico y religioso.

El concepto del “libre albedrío” enfrenta dos tipos de argumentos en contrario: el primero de ellos está dado por el determinismo, doctrina filosófica que apareció en el siglo XVIII, que sostiene que todo acontecimiento, tanto el pensamiento como las acciones humanas, está determinado causalmente por la irrompible cadena causa-consecuencia: el estado actual está de alguna manera predeterminado y, por el mismo principio, el estado actual determina el futuro. Sostiene que no existen sucesos genuinamente aleatorios sino que el futuro es potencialmente predecible a partir del presente. Es una cadena de causalidad que se asemeja al efecto dominó, en el que una ficha cae porque la golpea la anterior, y así sucesivamente. Cualquier acontecimiento tiene una causa previa; por lo tanto, yendo hacia atrás, no es posible aceptar que el hombre decide libremente sus actos. Nuestros actos están causalmente determinados y la idea de que son “actos libres” es ilusoria. A pesar de esto, algunos deterministas más moderados sí aceptan el libre albedrío, argumentando que puede existir una libertad de acción “suficiente y satisfactoria”, concepto que oscurece en vez de aclarar.

El segundo argumento que se pone en la vereda de enfrente del concepto del libre albedrío es el de la existencia del mal. Este argumento divide al mal en dos tipos: el “mal natural” (los desastres naturales, las enfermedades, terremotos, incendios, plagas, pestes, epidemias, etc) y el “mal moral” (los actos y cosas malvadas que surgen cuando los individuos usan su libertad para escoger mal). Entonces, el abordaje de este asunto se apoya en la indiscutible existencia del “mal natural” en el mundo. ¿Cómo es posible que Dios malogre nuestro libre albedrío “castigando” con una plaga o un diluvio a un montón de personas que han usado bien su libertad, sólo porque hay otras personas que la usaron mal? Los teístas responden que las pestes y todas esas cosas son obra del diablo, no de Dios. Y, redoblando la apuesta, se remontarán hasta el primer episodio de “mal moral”: el pecado original. Ese primer “mal moral”, dicen, es la causa de que existan todos los “males naturales”, según el argumento teísta. Este argumento no es muy convincente, por supuesto.

Carl Sagan decía que el libre albedrío es un argumento “especial” para salir del paso ante la falta de comprensión en cuestiones espinosas, como por ejemplo “¿cómo puede un Dios compasivo condenar al tormento a las generaciones futuras porque, contra sus órdenes, una mujer indujo a un hombre a comerse una manzana?” O “¿cómo podía permitir Dios que los seguidores del cristianismo, judaísmo e islam, obligados a ser por su misma religión amables y compasivos, perpetraran tanta crueldad durante tanto tiempo?”

Siempre existen los argumentos teístas clásicos y conocidos que apelan a la fe o que explican que “los designios del Señor son inescrutables”, pero la cosa no parece muy lógica.

Quienes se oponen a la existencia del libre albedrío sostienen que el libre albedrío es el responsable de la inacción de Dios ante problemas de la humanidad como el hambre, la esclavitud, la injusticia social, la pobreza, etc. Sostienen también que el mismo Dios, que nos otorgó como un don divino el libre albedrío, fue históricamente el primero en no permitirlo o contradecirlo, ya que “intervino” permanentemente de diversas formas: amenazando, exigiendo el cumplimiento de reglas, atemorizando, castigando (diluvio, plagas, matanzas, etc), resucitando personas (Lázaro), etc. Dicen que aceptar que el libre albedrío es real es como pretender que los personajes de un libro o película tienen “libre albedrío” porque, aparentemente, eligen opciones, cuando en realidad no es más que un guión pre-escrito por su autor.

El primer paso de cuestionar el libre albedrío deriva en que Dios no pudo habérselo concedido al ser humano porque Él mismo no se lo ha dejado usar a los humanos lo largo de la historia; el segundo paso del cuestionamiento implicaría cuestionar a Dios mismo. Porque si Dios permite la existencia del mal (para que el hombre tenga libre albedrío), entonces no es el Ser-suma-de-todo-lo-bueno. Y si no lo permite, como el mal existe de todas maneras, entonces Dios no sería omnipotente, porque no puede eliminarlo ni evitar que exista. Queda una tercera opción: que Dios ignore la existencia del mal; peor todavía, porque eso significaría que no es omnisciente.

De esta manera, el problema del libre albedrío, el problema de la existencia del mal y de la existencia de Dios tal como se lo conoce, terminan entrelazados inexorablemente.

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